El peronismo cordobés atraviesa un estado anímico complejo, contradictorio. Viene de una victoria pero reaccionó como si hubiera sido una derrota. El ajustado triunfo de MartínLlaryora sobre Luis Juez por sólo 3 puntos exacerbó las internas y puso al oficialismo a escarbar dentro de sí mismo como ocurre cada vez que en política se produce un contratiempo traumático.
Las razones nunca son simples, pero tal vez la más directa y llana sea que el peronismo se preparó para un resultado contundente que las urnas le escatimaron. Como cuando un equipo y sus hinchas se relamen ante la perspectiva de una goleada arrasadora pero terminan ganando por 2 a 1, con un gol agónico y, encima, discutido en el VAR.
En términos históricos, el resultado del domingo puede compararse con dos precedentes directos:el de 2019, cuando fue electo Juan Schiaretti, y el de 2021, en la elección legislativa nacional. Uno le da al peronismo una perspectiva positiva;el otro, no tanto.
El antecedente más cercano es 2021. Si bien no son elecciones equiparables porque una fue ejecutiva y otra legislativa, hace apenas dos años Luis Juez salió de las urnas como la figura política preponderante en la provincia. El líder del Frente Cívico arrasó, con el 54,05 por ciento de los votos, y Hacemos por Córdoba quedó en un lejano y deslucido 25 por ciento. Los análisis entonces prefiguraban, mayoritariamente, que sólo había que sentarse a esperar por cuánta diferencia ganaría Juez en 2023 ante un oficialismo desgastado por 24 años en el poder. Ese pronóstico no se produjo y, a final de cuentas, el peronismo debería anotar esa reversión como un logro político.
Pero, en los hechos, no prevalece esa lectura. Porque la comparación se hace principalmente con 2019. Aquella vez, con una oposición fracturada, Schiaretti se alzó con un histórico 57,38 por ciento de los votos y le sacó casi 40 puntos a Mario Negri;el tercero fue RamónMestre con el 11,60 por ciento. La semana pasada, según el escrutinio provisorio, Hacemos Unidos por Córdoba obtuvo el 42,76% y perdió así 14,62 puntos.
Indudablemente, el peronismo retrocedió con respecto a la magnitud de aquel triunfo, que tuvo dimensiones de paliza. Pero se trata de una comparación con una elección atípica, inusual. Los 40 puntos de ventaja de Schiaretti fueron una excepcionalidad.
Lo que existió en la elección del 25 de junio fue un acotamiento en el volumen del poder. La sociedad puede parecer desinformada y desinteresada con respecto a la política pero tal vez esa sea una conclusión apresurada.
Si bien es cierto que las razones del voto son individuales, de las urnas sale un mensaje predominante, general. Y lo que acaban de hacer los cordobeses es darle al oficialismo una oportunidad más, un turno de cuatro años para demostrar si realmente puede renovarse e interpretar las necesidades actuales. Pero no lo hizo en los mismos términos que hace 4 años. En 2019 le dio un poder absoluto, casi sin atenuantes, con una oposición impotente en una Legislatura en la que el oficialismo tiene 49 de 70 miembros. Schiaretti tenía la facultad de disponer a su antojo. Ahora no, ahora las urnas diseñaron un equilibrio que obligará a Martín Llaryora a concebir un esquema de funcionamiento nuevo, distinto, inédito para Hacemos por Córdoba.
Al peronismo, el triunfo del domingo le alimentó la interna entre grupos y entre generaciones. Lo que tal vez no estén considerando es que la sociedad les regaló una advertencia. En otras ocasiones no suele ocurrir; el poder puede perderse sin previo aviso.
Hay una infinidad de factores que explican la victoria por sólo 3 puntos y ahí hay que incluir el hecho de que 24 años en el poder provocan desgaste y achaques;a eso hay que sumarle un último tramo del gobierno de Schiaretti atravesado por conflictos que fueron teniendo un efecto acumulativo negativo: los paros docentes y del personal de salud, la inseguridad, el caso Blas Correas, el choque de Oscar González, entre otros.
El oficialismo enumera, por supuesto, todo lo que hizo, pero una porción importante de la sociedad parece haber votado por lo que dejó de hacer. Un ejemplo: un dirigente peronista contaba asombrado en los últimos días que tuvo que visitar a un conocido que estaba internado y se sorprendió por el estado del Hospital San Antonio de Padua. “Me dio vergüenza. ¿Cómo va a acompañarnos después la gente que tiene que atenderse ahí?”, dijo.
Luis Juez, sin encarar una campaña brillante ni mucho menos, con un discurso lleno de ambigüedades y lagunas, capturó cuatro de cada diez votos.Es una especulación contrafáctica pero, tal vez, un candidato más solvente y un armado menos deshilachado habrían producido otro final.
Juez había dicho, antes de la elección, que esta era su última oportunidad. Sin embargo, esa afirmación ahora no está tan clara. ¿Se retira simplemente alguien que está parado sobre una montaña de votos? Todo dependerá de cómo conduzca el proceso el líder del Frente Cívico, que sabe como pocos políticos de picos y de caídas autogeneradas.
Al senador nacional no le alcanzó pero la propia configuración de la elección provincial volvió a incrementar su cuota de exposición a nivel nacional. Otra vez, aunque no tanto como en 2007, las inconsistencias del escrutinio provisorio le habilitaron un intento de victimización y espacio en los medios.
Un párrafo aparte para el papelón de la Justicia Electoral: contrató a una empresa que prometía inteligencia artificial pero que no fue lo suficientemente astuta como para chequear que las escuelas tuvieran conectividad. La consecuencia fue una lentitud exasperante en una época en que la transparencia suele asociarse, tal vez incorrectamente, con la velocidad. La precisión de los sistemas debe estar preparada no para diferencias de 10 o 12 puntos de ventaja sino para elecciones aguerridas como las del domingo. Ahí es cuando deben responder porque lo ajustado del resultado no necesariamente habilita una duda pero los traspiés del escrutinio sí.
De todos modos, la derivación no fue la de 2007: entonces, Schiaretti asumió como un gobernador afectado en su legitimidad y se vio obligado a encarar una reforma política;ahora, Llaryora se impuso por una diferencia corta pero no existen dudas de que se trató del ganador.
La fortaleza o la debilidad siempre es relacional. Llaryora tendrá límites a la hora de gobernar y en ese punto dispondrá, al menos en el arranque, de menos margen de maniobra del que tuvo la última versión de Schiaretti;pero hacia adentro, hacia del peronismo, lo que ocurrió el domingo instaló al nuevo mandatario provincial en una situación de fortaleza. Básicamente, porque el triunfo se lo debe a sí mismo: la diferencia de votos que obtuvo Hacemos Unidos por Córdoba surgió de la victoria por 7 puntos que Llaryora logró en Córdoba, la ciudad que gobierna, y de la paliza aplastante que consiguió en San Francisco, la otra ciudad que gobernó. Sin sus votos, el peronismo habría sufrido horrores. Por eso se dio el lujo de “jubilar” a toda una generación de peronistas en su discurso de la madrugada del lunes.
Ahora, en ese contexto, podrá ser él quien diseñe el armado de poder para encarar la primera etapa de su gestión. En ese punto hay innumerables incógnitas pero para el peronismo de Río Cuarto existe fundamentalmente una:¿qué lugar tendrá Juan Manuel Llamosas? ¿Le facturará Llaryora la derrota en Río Cuarto y en el sur al candidato que encabezó la lista?
En el Palacio Municipal desdramatizan el resultado y señalan que prevaleció la nacionalización de la elección en un territorio que se ha mostrado permeable a Juntos por el Cambio. Puede haber algo de razón en la explicación pero también deben haber incidido fenómenos particulares, privativos del sur, porque de lo contrario el resultado negativo se habría repetido en cada departamento y no fue así.
Como fenómeno de fondo, el peronismo puede preguntarse si no se quebró el pacto que tuvieron el peronismo y el sur de la provincia durante dos largas décadas. Ya no parece ser suficiente la memoria de lo que José Manuel de la Sota hizo, en términos simbólicos y políticos, para conseguir el acompañamiento en las urnas.
El departamento, que le respondió a Juez a pesar de no llevar a nadie en lugares expectables, tendrá una representación desdibujada en la Legislatura que se viene:allí estarán Llamosas por el PJ y Ariel Grich, el candidato que llevaba Juntos por elCambio. Río Cuarto, capital alterna de la provincia y una de las capitales alternas del país, será un territorio de presencia decididamente atenuada.

