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La distancia entre lo que llega y lo que se va

Llaryora empezó a construir su liderazgo en el peronismo, que ya explora líneas diferentes a las de Schiaretti. Emocionalidad y confrontación. Un resultado, el de Córdoba, que redefinió todo

En el perfil de WhatsApp de Daniel Passerini, el nuevo intendente de Córdoba, durante cinco días no apareció su cara sino la de Carlos Salvador Bilardo con una frase: “Para hablar hay que ganar, si no no podés hablar”.

Al ganador todo, principalmente el derecho a la palabra, al perdedor nada.

Passerini dio hace apenas una semana una de las sorpresas electorales del año:48 horas antes de la elección por la intendencia de Córdoba, Rodrigo de Loredo había vaticinado, en el cierre de campaña, que le daría una paliza al peronismo cordobés, ese que llevaba al médico de Cruz Alta y actual viceintendente como candidato. Fue al revés: Passerini se alzó con el triunfo por casi 8 puntos de ventaja. Más de 50 mil votos de diferencia.

El resultado, el desahogo por un triunfo que parecía casi imposible, operó un cambio en Passerini. Ese dirigente que habla suave y no parece inmutarse nunca se puso picante: chicaneó a De Loredo, a todo Juntos por el Cambio (“Construyeron una realidad ficticia que decía que De Loredo ganaba por paliza y la pomadita se la terminaron poniendo ellos”, dijo en una entrevista con Puntal), acusó a la oposición de montar un aparato mediático porteño y les reprochó haber hecho un obsceno despliegue de recursos económicos.

Passerini, ese Passerini, no desentonó con el Martín Llaryora que en la noche del domingo, a los gritos, les pegó “a los pituquitos de la Recoleta” que quieren enseñarles a los dirigentes del interior cómo gobernar. La frase rebotó en todo el país.

Pero más allá de la repercusión de esa expresión, que contiene un reclamo y una estrategia electoral, la retórica de Llaryora, y en menor medida la nueva faceta de Passerini, tienen un significado político:inauguran una nueva etapa en el peronismo cordobés, un liderazgo que no sigue el camino desapasionado de JuanSchiaretti, sino que apunta a revisitar la emocionalidad de la política y fundamentalmente del peronismo.

Un discurso del actual gobernador raramente podría desatar el fervor en los militantes;uno de Llaryora, por su forma y su contenido, sí. La mesura de Schiaretti, que es natural pero que también expresa una estrategia política pensada para un electorado como el cordobés, parece destinada al archivo en el peronismo provincial. Llaryora apunta a conectar más con el peronismo tradicional;lo hace desde el contenido, la gestualidad y el tono. Passerini es diferente; no es desbordante ni mucho menos, practica en las formas un estilo casi sacerdotal, pero le acaba de incorporar a su discurso un componente de confrontación que también genera identificación en el peronismo. Tal vez esté naciendo una dupla que se complemente como lo hicieron De la Sota y Schiaretti.

Llaryora, además, y aunque al schiarettismo no le agrade asumirlo, también empezó a avisar, como lo había hecho el 25 de junio aunque en otro contexto, que las líneas discursivas y políticas empezarán a transitar por otros andariveles, a responder a otras lógicas y otras estrategias. ¿Implica una confrontación con Juan Schiaretti?No una confrontación pero sí una diferenciación, una exploración por otros caminos.

El gobernador electo necesita configurarse a sí mismo como nuevo conductor del peronismo cordobés. Y, hasta ahora, parece ser un líder que no sólo no le escapa a la confrontación con la oposición, sino tampoco a la pretensión de protagonismo nacional. Llaryora, por lo que ha mostrado hasta ahora, parece dispuesto a abandonar la estrategia de alambrado que diseñó y ejecutó Schiaretti, que le impidió a otros entrar pero, a la vez, le dificultó a él salir.

¿Por qué eligió Llaryora interpelar a la oposición, alimentar la rispidez? Primero por una cuestión de construcción de liderazgo pero, además y no en menor medida, porque el contexto lo habilitaba.

La dinámica de la política cordobesa, que en el calendario duró un mes, estuvo cargada de elementos particulares. Uno de ellos es el caudal político que le otorgó al oficialismo. Primero lo limitó y después le dio un plus de legitimidad.

El 25 de junio, en la elección provincial, surgió un gobernador acotado por todos lados:con apenas 3 puntos de diferencia, sin quórum propio en la Legislatura, y con el Tribunal de Cuentas en contra. Una situación inédita para un mandatario cordobés desde la vuelta de la democracia:el votante le dio el poder pero, a la vez, lo encorsetó.

Esa configuración duró cuatro semanas:desde el 25 de junio al 23 de julio. El domingo pasado, con la victoria en Córdoba capital, por la manera en que se dio y la ventaja que surgió de las urnas, asomó otro Llaryora. El triunfo fue suyo.

El equilibrio formal sigue estando, por supuesto; el oficialismo y la oposición tienen 33 legisladores cada uno; sin embargo, el resultado en la ciudad que gobierna Llaryora y que gobernará Passerini desde el 10 de diciembre alteró el equilibrio político.

Llaryora es hoy más fuerte de lo que era. Política y anímicamente. Porque a la vez que le dio a Hacemos por Córdoba una épica y una mística que la ajustada victoria provincial le había negado, a Juntos por el Cambio lo desestabilizó. La derrota fue un mazazo político y emocional. Parecía que la oposición iba a quedarse con todo y se quedó sin nada. Los dos grandes referentes, Juez y De Loredo, cayeron en las urnas y ahora batallarán por liderar a una oposición que debe reconstruirse.

De todos modos, la coexistencia de dos liderazgos, uno que termina y otro que llega, provocó ruidos en el peronismo cordobés.

Hay que diferenciar dos aspectos: uno es el planteo de fondo que Hacemos por Córdoba viene sosteniendo desde hace varios años pero que se amplificó desde el domingo por la noche;el otro es el posicionamiento político.

Primero, el reclamo del PJ cordobés que es, además, un argumento electoral. Tanto Schiaretti, como Llaryora y Passerini siguen en ese punto una única línea:sostienen que la distribución de los recursos nacionales encierra una lógica centralista que perjudica al interior.

En las últimas horas, el oficialismo cordobés apuntaló esa afirmación con datos estadísticos. En un hilo de tuits, que Llaryora retuiteó y elogió, el ministro de Finanzas, Osvaldo Giordano, citó un trabajo que compara cuántos impuestos nacionales pagan los habitantes de cada provincia y cuánto de eso vuelve en gastos de la Nación. Hay seis provincias que pierden en esa relación; es decir, aportan más de lo que reciben. Una es Córdoba.Pero la más perjudicada es provincia de Buenos Aires: en 2022, tuvo un saldo desfavorable de 13.200 millones de dólares.

Como contrapartida, el distrito más beneficiado fue la Ciudad de Buenos Aires:llegaron 9.700 millones de dólares más que los impuestos que pagó.

Ese es el eje que usa Hacemos por Córdoba para sostener su argumentación a nivel nacional. Su lógica electoral busca una identificación con el interior y, sobre todo, con Córdoba, donde Schiaretti quiere obtener un caudal de votos que lo fortalezca.

Las diferencias entre los líderes aparecieron en el plano político:los pituquitos de Recoleta no es inocente sino que expresa la intencionalidad de Llaryora de ponerse enfrente de, por ejemplo, Horacio Rodríguez Larreta. Es el mismo dirigente con el que Schiaretti no descartó hace días cerrar un acuerdo para la segunda vuelta.

A pesar de que el schiarettismo haga esfuerzos por disimularlo, ahí aparece una contradicción. ¿Cómo aliarse con los mismos que encarnan el centralismo?El hecho de que el oficialismo haya tenido que salir a explicar que no existe tal contradicción deja en evidencia que, al menos, el mensaje es confuso.

Y, a sólo 2 semanas de las Paso, quien exploró la veta de esa diferencia fue Sergio Massa, quien desde el domingo a la noche les tiró flores a Llaryora y a Passerini, los tildó de “herederos de José Manuel de la Sota” y los elogió como gestores. En las últimas horas, el ministro y candidato hasta citó la ya célebre frase de los pituquitos, en un guiño hacia los dos ganadores.

De todos modos, Llaryora yPasserini se apuraron en aclarar que Massa no es un eventual aliado sino, al menos por ahora, un adversario.

El triunfo oficialista en Córdoba capital no sólo repercutió en el país y redefinió el escenario provincial sino que también impactó en Río Cuarto. Y en Juan Manuel Llamosas. Después de la derrota en la ciudad el 25 de junio y el cambio de gabinete posterior, la victoria de Passerini, que hasta días antes parecía una utopía, reactivó al oficialismo riocuartense. Ahora, la pretensión es subirse a la ola ganadora de la provincia y construir la continuidad en la intendencia.

En el Palacio creen que así como el domingo pasado significó una inyección de optimismo para ellos, fue un golpe para la oposición. No sólo psicológico y político sino, además, financiero. Imaginaban que un triunfo de De Loredo facilitaría el mecanismo de campaña para Juntos por el Cambio en la ciudad.

Ahora, sin apalancamiento provincial, los candidatos opositores deberán valerse por sí mismos.