La gran inversión que desde Glasgow, Escocia, confirmó esta semana, en el marco de la Cumbre Ambiental, el gobierno nacional sumará unos 8.400 millones de dólares que destinaría la empresa australiana Fortescue Future íntegramente a Río Negro con la finalidad de producir hidrógeno verde. La noticia resulta de alto impacto por varios motivos: el hecho de que capitales extranjeros anuncien un emprendimiento de esa envergadura económica; por los puestos de trabajo que sumarían 15 mil cuando el proyecto esté terminado; y la búsqueda de descarbonizar la matriz energética en el mundo con una iniciativa surgida desde la Patagonia argentina, aparecen como los fundamentales.
Sin embargo, el tamaño de la inversión puede contrastarse con otras que se realizan en el país y que corresponde al sector más pujante de la economía nacional: el agro.
En cada ciclo agrícola, los miles de productores argentinos ponen en marcha inversiones que superan lo que la firma australiana realizará para 2029. Según el último trabajo realizado por la Bolsa de Comercio de Rosario sobre las últimas campañas, el campo destinó entre 10 y 11 mil millones de dólares cada año.
Es un cálculo de la inversión total necesaria para la siembra, pulverización y los insumos requeridos para las hectáreas que se destinaron a los principales seis cultivos (soja, maíz, trigo, cebada, girasol y sorgo) para las campañas entre la 2016/17 y 2020/21.
El cálculo se focaliza puntualmente en las erogaciones que se deben efectuar de manera previa a la cosecha, por lo que no considera costos de comercialización. Además, la necesidad de inversión se calcula en base a la superficie sembrada de cada cultivo, por lo que no releva aquellos casos en los que la compra de insumos se realizó, pero no pudo aplicarse por la causa que sea, incluidos déficits o excesos de humedad en el suelo.
“Analizando la evolución histórica de los costos de siembra, pulverización e insumos se puede afirmar que los montos totales invertidos se mantuvieron prácticamente constantes entre la campaña 2016/17 hasta la 2018/19 donde la variación entre el mínimo y el máximo registro, campañas 2017/18 y 2018/19, respectivamente, fue de 150 millones de dólares. Esto supone una baja variación, dado que los montos absolutos de estas campañas superaron los 10.000 millones de dólares estadounidenses y dicha variación representa un movimiento de 1,4% en términos relativos”, explicó el trabajo de Federico Di Yenno, Alberto Lugones y Emilce Terre.
Por el contrario, el monto invertido para la producción en la campaña 2019/20 supuso el máximo desembolso del último lustro, cuando la inversión estimada ascendió a 11.600 millones de dólares, 10% por encima del máximo anterior. En la campaña 2020/21 (la última completa) este monto sufrió una merma estimada del 14%, a un valor aproximado de 10.000 millones de dólares ante la caída en la superficie sembrada por el faltante de humedad en el suelo, por un lado, y el menor valor en dólares de los insumos y servicios relevados, por el otro. Cosa que ahora tuvo un cambio significativo porque en el caso de la urea su precio se duplicó en dólares y eso está motivando replanteos entre los productores.
Por segmento
Dentro de la evolución de la inversión absoluta en la siembra, pulverización e insumos, juegan un papel muy relevante los costos de estos rubros, junto con la evolución de la superficie total a la que se dedicará esta inversión. En este sentido, se puede afirmar que la caída en el territorio sembrado en la campaña 2017/18 actuó de contrapeso ante la suba de los costos, lo que permitió que dicho incremento no se vea reflejado en un aumento total de la inversión. Por otra parte, el aumento de casi 1,5 millones de hectáreas sembradas entre los ciclos 2017/18 y 2018/19, no se tradujo en un incremento tan grande en las necesidades de inversión por la caída del costo promedio en dólares por hectárea. Finalmente, a diferencia de lo sucedido en los ciclos anteriores, en las últimas dos campañas la siembra y los costos se han movido en similar dirección generando mayores movimientos, primero al alza (en la campaña 2019/20) y luego a la baja (2020/21).
En otro orden de factores que influyeron sobre la inversión nacional necesaria para la siembra se encuentran las variaciones en las hectáreas sembradas de cada cultivo. El desenvolvimiento de los últimos años muestra importantes modificaciones en las decisiones productivas. Uno de los principales puntos a destacar es la caída en la superficie sembrada de soja, pasando de 20,5 millones de hectáreas en 2015/16 a 16,9 millones en la campaña 2020/21. Incluso, dentro de esta caída, se da una variación muy importante en la participación relativa de la soja de primera y de segunda. En efecto, la soja de segunda ganó un terreno muy significativo de la mano del crecimiento en las siembras de cereales de invierno, aumentando la superficie casi un 40% desde el inicio del período considerado. Lo que antes era un 80% de soja de primera y un 20% de soja de segunda, hoy se encuentra próximo a un 70% y 30%, respectivamente. Esta modificación impacta considerablemente en el global de los costos, puesto que la inversión por hectárea de la soja de segunda es un 24% menor.
Otras variaciones de superficies que influyeron sobre la inversión nacional fueron los aumentos en el área sembrada de maíz y de trigo. En este sentido, el aumento de superficie de casi el 40% para el primero y del 60% para el segundo implican incrementos relativos en los costos de siembra, puesto que ambos cultivos poseen requerimientos de inversión superiores a los de la soja.
Todo esto resulta en una menor participación de la soja dentro de los costos nacionales de siembra y un incremento del maíz y del trigo. El resto de los granos presentan variaciones leves. No obstante, cabe destacar las mermas en la participación de los costos del girasol, que pasó de representar el 5% del gasto nacional al 3,5%. Por otra parte, la cebada representa el 5% y el sorgo morigeró la caída que estaba presentando su participación: sería el 1,8% del costo total.

