Una elección mirada de reojo
Lo particular, lo que se aparta de lo percibido como normal, suele despertar interés. Un hecho o un proceso requieren, generalmente, de esa cualidad para captar la atención. Y si existe un momento apartado de lo típico en Argentina es este. Tal vez haya acostumbramiento pero el país votará este 12 de septiembre en un contexto inusual; las Paso de hoy no son sólo el preludio de unas legislativas de medio término sino que representan la posibilidad concreta de manifestarse sobre cómo actuó el gobierno en una crisis inédita, que combina lo sanitario, lo económico, lo social y lo laboral. Una crisis total, en un país habituado a las crisis.
No parece menor. No lo es.
Sin embargo, si una característica han tenido estas primarias ha sido la apatía. De los ciudadanos, que se dedicaron a mirar de reojo y sólo esporádicamente lo que fue ocurriendo. Pero también de los candidatos, que encararon sus campañas hasta con desgana: como si no tuvieran demasiado interés en convencer a nadie. Fue una campaña para ratificar posicionamientos. Nada más.
Las elecciones no sólo son importantes por lo que se elige sino también por lo que se dice, por lo que se expresa. Las Paso nacieron como una instancia de participación compulsiva en la interna de los partidos;pero, a medida que los frentes políticos fueron dejando de exponer sus diferencias a la consideración general, las primarias fueron mutando en su sentido y se convirtieron en la posibilidad de exteriorizar un mensaje. De hecho, hoy, cuando se vote, se elegirá poco y nada de manera concreta. Pero será un momento en el que se cristalizará el estado de relación entre el gobierno que debió enfrentar la pandemia y la gente.
Estas elecciones de medio término ya hubieran sido una instancia desafiante para Alberto Fernández incluso si no hubiera existido el coronavirus. Porque su propia gestión, su presidencia, desde el inicio, conllevó la particularidad de basarse en un poder no propio sino derivado. Su desafío inicial era construirse a sí mismo. Eso no implicaba renegar de sus socios ni tirarlos por la ventana, sino de ser algo diferente. Hoy sigue atravesado por la indefinición y, muchas veces, asume una identidad en el discurso y otra en los hechos. Padece de una dualidad que también lo define: absorbe de la oposición todas las críticas que podrían caberle al más kirchnerista de los kirchernistas, pero para los kirchneristas convencidos es un producto híbrido, algo desabrido, que no moviliza el entusiasmo ni la identificación.
El resultado de hoy será relevante para Alberto, pero con una ventaja: las Paso habilitan la posibilidad de que se apliquen correcciones si lo que surge de las urnas es un resultado negativo.
Para la oposición tampoco será una oportunidad intrascendente, ni mucho menos. Porque lo que surja de la votación de hoy comenzará a configurar liderazgos, figuras emergentes y decrecientes, posturas validadas y otras repudiadas.
Si hay tanto en juego, ¿entonces a qué se debió el desinterés que se vio en la campaña?
Hay una tendencia general que nos tiene como protagonistas a los ciudadanos y es el desprendimiento cada vez mayor que existe con respecto a lo público, a lo común y a lo comunitario que es, en definitiva, la materia de la política. Pero, conociendo de antemano que esa configuración social y cultural existe, las fuerzas políticas tienen un desafío adicional a la hora de la seducción electoral.
La apatía habla del gobierno. Pero también de la oposición. De la política en general. De los dos grandes polos que hoy configuran el escenario nacional.
¿Por qué alguien participa en un proceso político?Sólo a grandes rasgos puede decirse que existe, en la base, un sentimiento de identificación. Con un gobierno, con un partido o con un dirigente. Pero actualmente, con una crisis tan profunda, está relacionado con un segundo componente menos identitario y más pragmático: el interés en la política parece estar directamente vinculado con el convencimiento de que pueda contribuir a solucionar problemas. O que al menos genere la expectativa de una solución.
Si ha existido el desapego que se evidenció en la campaña fue porque esos dos componentes mutuamente necesarios aparecen disipados para una porción no menor de la población. Y es un déficit de la política en general, no sólo del oficialismo. Porque las debilidades evidentes del gobierno para generar expectativa o adhesión también parecen aquejar a la oposición. De lo contrario, la reacción a la campaña hubiera sido otra.
Existe un tercer elemento que influye en la participación y se manifestará únicamente hoy: la obligación. Los argentinos no tienen la opción de no votar y el porcentaje de afluencia de este domingo indicará si prevaleció la apatía previa o la imposición.
En Córdoba, las primarias tienen sus propias características.
Hacemos por Córdoba, conducida monolíticamente por el gobernador Juan Schiaretti, ha optado por resignificar la elección.
Habitualmente, en las legislativas nacionales -o en sus preparatorias- los gobernadores se exponen en función de su referenciamiento nacional:el resultado en sus provincias habla de la opinión de esa población con respecto al gobierno federal y de la capacidad de cada gobernador de traccionar votos a favor o en contra del oficialismo. Pero la referencia central suele ser el acompañamiento o la oposición al Presidente.
El peronismo de Córdoba, como viene ocurriendo incluso desde los gobiernos de De la Sota, se posicionó de diferente manera:transformó la elección nacional en un plebiscito provincial. Esta vez con un elemento diferenciador:Schiaretti no se puso enfrente del oficialismo nacional, como ocurrió en otras ocasiones, sino que se presentó como un modelo distinto, ni kirchnerista ni antikirchnerista, sino ajeno a la grieta. La elección de hoy será, según lo presentó la Provincia, una oportunidad de convalidar el “modelo Córdoba”.
En los últimos días de campaña, el Frente de Todos, con Carlos Caserio y Martín Gill a la cabeza, intentó desbaratar esa estrategia y presentar al schiarettismo como un proyecto funcional al macrismo. Le reprocharon a Schiaretti haberse sentido más cómodo con Macri que con Alberto. Lo hicieron en busca del voto justicialista, en un ensayo por trasladar la grieta al interior del peronismo cordobés.
Pero no hay interna en las dos expresiones del PJ;cada uno va por su lado. Una realidad opuesta es la de Juntos por el Cambio, que contiene a cuatro listas después de un proceso que en algún momento amagó con la unidad pero que terminó explotando por los aires y en una confusión tal que algunos candidatos que en principio iban en una lista terminaron en otra.
El interés está centrado en la pulseada entre las listas que encabezan Mario Negri-Gustavo Santos y Luis Juez-Rodrigo de Loredo. De las urnas saldrán los candidatos pero también la configuración de la oposición cordobesa hacia adelante. Y un dato no menor:Mauricio Macri, que sigue sintiéndose dueño de los votos de Córdoba, se metió decididamente en apoyo de Negri y Santos en una compulsa de resultado incierto y que podría ser gravitante para el expresidente en un momento en que intenta reposicionarse dentro de la coalición a nivel nacional.
En Río Cuarto, que hace 10 meses tuvo su propia elección en pandemia, Juan Manuel Llamosas también se expuso y salió a ratificar abiertamente su alineamiento con el peronismo de Schiaretti. Su apuesta es convertirse en uno de los dirigentes expectables dentro de la estructura oficial para dentro de dos años, cuando empezará a disputarse el poder provincial ya sin el gobernador como candidato.
La política argentina, por la inestabilidad del país y por la magnitud de sus crisis, suele ser impronosticable a más de una semana de plazo. De todas formas, los dirigentes siguen usando cada elección -o al menos intentándolo- como un escalón más hacia el próximo destino.