“Vamos a cruzar los dedos, pero hasta este momento está todo confirmado y el miércoles a las 8 de la mañana desde Roma vuelo a la Argentina”, contó ayer a Puntal Isabel Padula, la riocuartense que desde hace más de un mes está varada en Italia, en la localidad de Civitavecchia, el punto en el que terminó un viaje placentero en un crucero que finalmente se transformó en pesadilla.
Allí, en una habitación del Hotel Traiano, pasó en soledad y encerrada todos los días desde el 23 de marzo que fue llevada hasta allí tras un tormentoso raid.
Es que el 3 de marzo partió junto a su marido, Arturo Padula, en un crucero que tenía como destino las costas de Brasil y luego cruzaría el Atlántico para llegar a España e Italia. Pero en medio del océano se tensó la situación en Europa por el coronavirus y los países empezaron a cerrarse y con eso a no aceptar más barcos ni aviones. Y entonces el crucero inició un errático camino buscando un puerto en donde detenerse. En medio de ese periplo, Arturo comenzó con cuadros de fiebre que, como comentó luego Isabel, se montaron sobre un complicado estado de salud preexistente.
El cuadro fue atendido primero por el equipo médico del barco, pero luego esos mismos profesionales sugirieron que era necesaria una atención de mayor complejidad. Mientras el crucero seguía buscando dónde detenerse y ya había intentado sin éxito en España, había pasado por el Mediterráneo rumbo a Marsella. En la previa al arribo se había deslizado la posibilidad de que el gobierno de Emmanuel Macron habilitara un corredor sanitario hasta París y de allí volar a la Argentina. Pero nada de eso ocurrió. Las autoridades francesas sólo permitieron que descendieran del barco los viajeros de ese país y el resto siguiera a bordo.
Isabel y su marido permanecieron allí esperando poder tocar tierra y que Arturo fuera atendido en un continente que ya estaba arrasado por el Covid-19 y cuyos sistemas de salud se encontraban sobredemandados. El paso por Génova tuvo el mismo resultado que Marsella y entonces el crucero llegó a Civitavecchia, donde finalmente descendieron. En ese momento, Padula se encontraba algo mejor y entonces iba a ser parte del vuelo que desde Roma, a 80 kilómetros del puerto en el que habían descendido, saldría para Argentina. Isabel recuerda que en ese momento el estado de salud de su esposo empeoró y entonces debió ser intervenido en el hospital local. El camino a ese nosocomio fue el último que compartieron. Al llegar al centro de salud, el equipo sanitario internó a Arturo, mientras que a Isabel le prohibió el acceso.
A la intemperie
La mujer quedó en la vereda y luego de un buen rato en una jornada de lluvia, frío y mucho viento, fue derivada al hotel que la hospedaría por cuatro semanas. Sin ropa a mano, porque había despachado sus maletas en el avión que salió con argentinos de Roma a Buenos Aires, pensando que iban a ser parte de ese vuelo, y sólo con lo puesto vivió los primeros días allí, en un encierro total, mientras esperaba noticias de su marido. El 26, después de ser derivado a Roma, finalmente le informaron que había fallecido por la complicación que había tenido, aunque su cuadro respiratorio no tenía vinculación con el Covid-19.
El duelo en soledad de Isabel no tardó en impactar en los medio de comunicación y eso desató una ola de solidaridad que llegó hasta su habitación en Civitavecchia. Cientos de llamados ofreciendo ayuda y hasta ropa y libros llegaron al Traiano, en gestos que le permitieron a Isabel sortear el momento más difícil de su vida con algo de alivio. En paralelo, sus hijos en Argentina gestionando con autoridades de Cancillería e insistiendo para que la tuviern en cuenta en los vuelos de repatriación, fueron constantes. Todo ese esfuerzo finalmente tuvo un desenlace esperado, aunque algo demorado.
Este miércoles a las 8, un vuelo de Alitalia partirá de Roma rumbo a Buenos Aires para trasladar a unos 140 argentinos que quedaron del otro lado del Atlántico, cuando se agudizó la situación del coronavirus, se declararon las cuarentenas, se cerraron los aeropuertos y los aviones quedaron en tierra.
Se estima que hay más de un millar de argentinos en Italia esperando regresar, pero el 10% de ellos estaría dentro del grupo de vulnerabilidad, lo que implica que tienen más de 65 años o bien padecen patologías preexistentes. Isabel tiene 78 años y por eso fue ubicada con un asiento en el próximo vuelo. Ahora, en esa lejana ciudad portuaria, sigue cruzando los dedos para que esta vez todo salga como está planeado y de esta manera pueda subirse a ese vuelo y llegar a la Argentina a mitad de semana.
Gonzalo Dal Bianco - Redacción Puntal

