Opinión | Covid-19 | Alberto Fernández | Cristina Fernández de Kirchner

La hora de que los que ya han vivido den un paso al costado

"El mejor regalo me lo hizo Cristina", debería haber declarado Alberto y no lo hizo, suponemos que la ausencia del debido reconocimiento a su mandante ha de ser un síntoma del Covid-19

Luego de quedarnos estupefactos ante la noticia de la incorporación de nuestro presidente a la lista de contagiados vip, nuestro talante naturalmente optimista nos invita a moderar la alarma y el pesar y, más que condolernos porque haya debido terminar su cumpleaños con una pálida semejante, destacar el balance ampliamente positivo que dejó el Viernes Santo. Esto es, las innumerables muestras de afecto recibidas, los incontables mensajes de apoyo remitidos por las redes sociales, las caricias para el alma tipo: “Hoy conmemoramos la muerte de una estrella y el nacimiento de otra”, etc. Y, sobre todo, el mejor regalo, el generoso silencio, al menos público, de la amiga que cuando escribe mensajes lo hace para hablar de funcionarios que no funcionan, sugerir falta de energía para descalabrar el lawfare y dejarles en claro al FMI y a los poderes concentrados que las condiciones para que nos perdonen las deudas y nos traigan inversiones las ponemos nosotros. “El mejor regalo me lo hizo Cristina”, debería haber declarado Alberto y no lo hizo, suponemos que la ausencia del debido reconocimiento a su mandante ha de ser un síntoma del Covid-19.

Antes de la infausta noticia, habíamos estado dedicando este período propicio para la reflexión y el recogimiento, cuando hasta los más belicosos entierran las hachas para priorizar los mensajes de paz, de conciliación y de amor por el semejante, a seleccionar entre los sucesos destacados de la semana aquellos que mejor representan el espíritu pascual. Había varios candidatos. Por ejemplo, en la invitación de Coco Silly a Fernando Iglesias a descargar tensiones en un cuerpo a cuerpo liberador, luego del cariñoso acercamiento del diputado a Estela de Carlotto motivado por la expresión de deseos de ésta respecto de dónde debería estar escribiendo su próximo libro Mauricio Macri para que nadie interrumpiera sus dolidas autocríticas, y así sucesivamente, teníamos, si no una cadena de oración, al menos un rosario de bendiciones y gestos de reconocimiento entre devotos feligreses del templo laico de la realidad nacional. Pero en tren de buscar no solo riqueza conceptual, profundidad filosófica y apertura al diálogo fecundo, condiciones que en esta tierra piadosa son cosa de todos los días, sino una generosidad sutilmente transgresora que no recordábamos desde la Madre Teresa y su “hay que dar hasta que duela”, nos vamos a quedar con nuestro admirable Gerardo Romano y su aseveración de que hay que usar las pocas vacunas disponibles en los jóvenes, porque los viejos ya han vivido bastante y -esto creemos que no lo dijo, pero nadie pueder negar que queda implícito- ya es hora de que dejen de andar ocupando un espacio que sería mejor aprovechado por las nuevas generaciones.

Posiblemente él no crea haber sido inspirado por la proximidad con el finde santo, pero la profunda reflexión de Gerardo, que nos cuesta determinar si destaca más por su sabiduría o por su sensibilidad, nos lleva a preguntarnos si no será un verdadero creyente y no lo sabe. No sería la primera vez que a un microorganismo se lo vincula con los designios de Dios, recordemos que treinta o cuarenta años atrás no eran pocos los piadosos pastores que atribuían al HIVa la voluntad del creador de castigar a un tipo de pecador tan recalcitrante que no le daban ganas de esperar su llegada al infierno para darle su merecido. Entonces, ¿no podría ahora estar castigando esa arrogancia que sus criaturas demuestran con su empecinamiento en alargarse la vida con sistemas de cloacas, antibióticos y pasteurizaciones, engendros humanos de los que los libros sagrados no hacen mención alguna? El coronavirus vendría a poner las cosas en su lugar para que se mueran los que se tengan que morir cuando les toque y no cuando quieran ellos. Y el mundo le quede a la joven militancia revolucionaria que viene a reconstruirlo sin el lastre de los que ya no producen nada. Salvo, claro está, algunos y algunas que son personal esencial, suponemos que no será a ellos y a ellas a quienes alude Gerardo cuando los y las declara prescindibles.

Es más, la voluntad divina sería, en este caso, congruente con la selección natural darwinista, a la cual el Covid-19, que contagia a todos pero mata sobre todo a viejos y enfermos, vendría a prestar una contribución invalorable. ¡La gran oportunidad de cerrar la grieta entre ciencia y religión! En tal caso, las vacunas vendrían a estropear este proceso virtuoso, que además equilibraría las cuentas de los sistemas previsionales con más eficacia que cualquier fórmula de actualización elucubrada por los políticos. Pero solo patearían en contra si se las usa precisamente en aquellos en quienes una visión estereotipada y simplista del problema ve como sus destinatarios más necesitados. Estos son, en realidad, los jóvenes, sobre todo si son militantes o becarios, no porque el Covid-19 suponga un gran riesgo para ellos, sino porque cada vacuna que se ponen se la sacan a un anciano que, al cumplir con su destino de morirse de una buena vez, le haría a la sociedad el único bien que en su decrepitud está en condiciones de hacerle.

Mientras seguíamos sacándole el jugo al juicioso razonamiento de Gerardo, un día después su inconmensurable poder de iluminación nos sirvió para sacarnos las anteojeras y echar una mirada diferente sobre todo este bardo del aumento de la pobreza. Así como nos había remitido a las consideraciones sobre el sida de los más estrictos custodios de las almas y de los cuerpos de aquellos tiempos, nos trajo a la memoria la frase de otro pastor de similares cualidades empáticas y rigor intelectual, cuando interpelado sobre un súbito aumento de la cantidad de menesterosos que dejaba al flagelo en un número que entonces se consideraba ingenuamente terrorífico, y que sus herederos actuales miran hoy con nostalgia y envidia, emitió una perla de la sabiduría a la altura de su formidable reputación en la materia: “Pobres habrá siempre”. Aunque sus méritos para crear pobres y excusas sobre la pobreza hayan sido igualados y ocasionalmente superados ampliamente por cada sucesor, compañero o no tan compañero, Carlos Saúl siempre estará entre nosotros, con esa sapiencia para presentar un aserto cargado de fatalista resignación como variante de esa picardía criolla que supo cultivar como nadie.

El cálido recuerdo del azote de la tristeza de los niños ricos casi nos tienta a sugerir que abandonemos a los pobres con la misma falta de culpa con que Gerardo nos invita a abandonar a los viejos, total ya está, total para qué... Está bien que una estrategia de optimización de recursos suena como esa cosa capitalista de la que siempre hemos dicho que abominamos, pero una redistribución orientada primordialmente a los redistribuidores también forma parte de nuestras más caras tradiciones históricas, heredadas de aquel castizo principio, tan sólidamente incorporado por la militancia juvenil actual, de que la caridad bien entendida empieza por casa. Sin embargo, cuando estábamos a punto de abogar por dejar, también en lo que a los pobres se refiere, que se mueran los que se tengan que morir, de golpe, menos mal, nos cae la ficha y nos damos cuenta de la aberración en la que estábamos incurriendo con una idea tan irreflexiva y espantosa:¡nos habíamos olvidado de que los pobres votan! Y, a diferencia de lo que ocurre con los viejos, necesitamos más y no menos para que nos garanticen que siempre vamos a estar a su disposición para tenderles una mano sensible y solidaria.