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Un desfiladero que se hace cada vez más angosto y sinuoso

No sólo los sectores privados de la economía padecen fuertemente los efectos del parate de la cuarentena. El propio Estado en sus niveles municipal y provincial encuentra severas dificultades para afrontar sus costos con ingresos en derrumbe

En un mar de incertidumbre y en el que cada uno que llega a la punta del carajo marca un rumbo distinto para los barcos que intentan sortear el bravo oleaje de la tormenta del Covid-19, hay una certeza para el caso argentino: la pandemia sanitaria llegará a su fin antes que una brutal crisis económica que se montará sobre las severas dificultades que venía arrastrando el país desde 2018, en que se desató una profunda devaluación que continuó casi sin pausa hasta las elecciones primarias del año pasado, que volvieron a marcar el arranque de otra pérdida de valor impresionante del peso. Pero también se podría pensar que en realidad 2016, signado por la primera gran devaluación de la era Macri, fue un momento de crisis y deterioro. Apenas el 2017 se recorta como un año con tranquilidad económica para los argentinos, pero artificialmente creado bajo la vieja receta de pisar el dólar para mejorar la competitividad de los salarios y montar así una ilusión apenas momentánea de la mano del consumo. Nada demasiado creativo para la historia argentina, repleta de estos veranitos de laboratorio. Y como cada uno de ellos, llegó el momento en que la tapa de la olla a presión voló por los aires y entonces la realidad volvió a imponerse y las dificultades irresueltas se hacen dueñas de la escena. Millones que caen escalones abajo y quedan embarrados en la pelea por cubrir las necesidades básicas.

Esa realidad nacional tiene desde hace décadas un cúmulo de pagarés en el sistema sanitario, educativo, de seguridad y también en el plano social. La explosión de 2001 hizo notar eso con máxima crudeza y aunque después vinieron años de crecimiento que permitieron a muchos recuperar posiciones, lejos estuvieron los viejos problemas de encontrar soluciones. Y si como se remarcó, entre 2016 y 2019 apenas el 2017 fue artificialmente aceptable en marteria económica, la Argentina no crece desde 2011. El PBI se mantuvo constante en aquellos años y finalmente comenzó a caer después. Con mayor población, el cruce explica que cada argentino es un poco más pobre que hace una década. Y será bastante más pobre cuando termine este año. Siempre hablando de promedios, con las injusticias que eso implica. No a todos les va igual, o no todos cruzan el mar en el mismo barco. Por eso en la estadística siempre hay un frase que grafica la cuestión: “En el promedio, los enanos se ahogan”.

De hecho, el Observatorio de la Deuda Social de la UCA ya advirtió algo que todos intuían: la pobreza creció fuerte desde fines de marzo y hoy se estima que el 45% de los argentinos está bajo esa línea. El Indec reforzó esa estimación la semana anterior cuando publicó que para no ser pobre una familia necesita más de 42 mil pesos mensuales. ¿Cuántos salarios están hoy por debajo de esa cifra y por lo tanto muestra que ni contar con un empleo formal alcanza ya para zafar de la pobreza? No es descabellada entonces la cifra del Observatorio.

Pero el Covid-19 metió al mundo en un dilema irresuelto y que obliga a revisar medidas constantemente. Los países se debaten entre cuarentenas estrictas como fue el primer mes en Argentina, o el comienzo de la historia cuando China admitió la pandemia, y otros como Suecia, que apenas sugirió algunas consignas a la población pero en términos generales subordinó lo sanitario a la actividad económica. Y hasta acá no le fue mal y de hecho es un caso de estudio, aunque difícilmente traspolable a otras naciones, especialmente de esta parte del globo. Lo complejo y el nudo central de todo esto es hasta cuándo se prioriza lo sanitario de manera contundente por sobre los demás planos. ¿Hasta cuándo se puede sostener el parate económico? ¿En qué punto empieza a generar tantos problemas el freno en la actividad como la pandemia? Estamos seguramente mucho más cerca de ese límite. Y no sólo pensando en los actores privados, que muchas veces son acusados de hacer lobby para que se deponga la cuarentena y volver a facturar. Al propio Estado se le hace cada vez más empinado el camino. Y más aún a los municipios y provincias que ven un deterioro marcado de sus ingresos, que ya no eran brillantes antes del 20 de marzo. Hay cálculos sobre derrumbes en los ingresos que preocupan y mucho. El intendente Juan Manuel Llamosas lo dejó en claro hace dos semanas en una entrevista radial: “Será muy difícil sortear el desafío económico si no existe una ayuda importante de la Nación”. A las pocas horas tuvo una videoconferencia con el presidente Alberto Fernández y justamente el tema estuvo en esa charla. A la Provincia no le pasa algo muy distinto. Los impuestos que gravan la actividad muestran el mismo derrotero que la economía: van en picada.

Entonces, más allá de las urgencias de los actores privados que padecen desde hace 46 días la falta de trabajo, el propio Estado sufre las consecuencias y está en la encerrona. De todos modos, el valor que tuvo la prioridad sanitaria es que alejó el pico de contagios y permitió que el país, dentro de sus limitaciones, refuerce su sistema de salud en los puntos críticos y hoy esté en mejores condiciones para afrontar el vendaval en los centros de salud.

Pero el camino se hace cada vez más estrecho. En mejores condiciones en lo sanitario, el país debe decidir si abre más su actividad y relativiza la cuarentena otro poco y así le da oxígeno a la economía. Otra vez el dilema de Fernández para esta semana que comienza.