Opinión | crisis

El voto castigo y el tamaño de la crisis

A 2 meses de las Paso, ¿el gobierno nacional consiguió revertir los elementos que derivaron en la bronca que se plasmó en las urnas? Un perfil indefinido y la predominancia de la incertidumbre
 

Hace 60 días, en las primarias, el gobierno de Alberto Fernández recibió el cachetazo del voto castigo. La reprobación alcanzó una magnitud que nadie llegó a intuir y causó en el seno del poder una crisis política que desestabilizó al Presidente y lo dejó en un estado de debilidad aun mayor del que venía arrastrando.

Hoy, cuando los argentinos vuelvan a las urnas para elegir 127 diputados y 24 senadores, lo que reflejará el resultado es cuánto cambió, cuánto se modificó la realidad desde el 12 de septiembre a esta parte. Después de aquella derrota abultada, ¿fueron capaces Fernández y sus aliados de alterar no solamente la cotidianeidad de los argentinos sino fundamentalmente su percepción de futuro?

Un gobierno no está asentado sólo sobre lo que hace; otro componente fundamental es lo que construye como expectativa.

Los datos estadísticos marcan que no hubo un mejoramiento objetivo de los índices que influyen en una elección:sueldos, pobreza, comportamiento de los precios. El último dato, la inflación del 3,5 por ciento en octubre, es un ejemplo que exterioriza la impotencia del Ejecutivo para atacar los problemas más agudos de la economía.

O sea que la performance del gobierno hoy en las urnas dependerá más de la capacidad que haya tenido de articular un escenario de expectativas que de la coyuntura. En ese plano, si bien está compuesto de un alto porcentaje de subjetividad, tampoco parece haber avanzado significativamente desde el 12 de septiembre. La campaña estuvo atravesada más que nada por el desconcierto. El oficialismo no mostró una reelaboración argumental pero tampoco visual:ni siquiera renovó, por ejemplo, su estética publicitaria y conservó la que quedó asociada indisociablemente a la derrota.

Desde las Paso, el oficialismo nacional intensificó una característica que ya estaba presente desde el primer minuto. Es un gobierno atravesado por el desorden. No solamente funcional -después de una derrota suele predominar la confusión- sino fundamentalmente conceptual e identitario. ¿Qué es hoy el Frente de Todos? ¿Qué es el gobierno de Alberto?De esa indefinición se desprende una sensación que predomina por estas horas preelectorales:la incertidumbre.

La atención está más centrada en mañana que en hoy. ¿Cómo reaccionará el gobierno?¿Repetirá Cristina aquella semana irracional que desestabilizó al Presidente y a su equipo de gobierno? ¿Qué hará Fernández en cuanto al rumbo de la gestión si el oficialismo vuelve a ser derrotado? La incertidumbre no está motivada por el resultado sino por el gobierno mismo, por su sumatoria de elementos disonantes y por la incapacidad de alguno de imponerse sobre los otros.

Esos son los problemas del oficialismo. Pero lo que demuestra la elección de hoy es que la política argentina adolece además de debilidades profundas como sistema. Porque si el gobierno ha sido incapaz de convertirse en un generador de expectativas, en ese punto la oposición no está mucho mejor. Si el Frente de Todos no ha sabido atacar los problemas ingentes del país, tampoco Juntos por el Cambio ha demostrado ser una opción bien asentada en ese sentido. Saber aprovechar las equivocaciones y las inconsistencias de una gestión suele ser considerablemente menos complejo que establecerse como alternativa de gobierno racional y confiable. Sólo hay que repasar los diagnósticos simplistas y las soluciones chapuceras que proponen algunos integrantes de la oposición, Mauricio Macri por ejemplo, para comprobarlo.

Hoy, como suele ocurrir, se pondrán en juego más elementos que la asignación de las bancas. Por un lado, cómo quedará configurado el mapa político nacional pero, sobre todo, desde mañana en adelante, qué capacidad demuestra el sistema político argentino para corresponderse al tamaño de la crisis que tiene entre manos.

En Córdoba también empezará a delinearse el mapa del poder. Pero será precisamente eso:sólo un inicio. El camino al 2023 arranca hoy pero no hay un solo destino posible sino varios.

Lo dijo Luis Juez en el acto de cierre de campaña que se hizo en Río Cuarto. El candidato a senador ejecutó un discurso de corte netamente peronista en su concepción de poder.

Juez señaló que, en realidad, hasta ahora Juntos por el Cambio no consiguió nada en Córdoba, que las bancas que los votos le concederán hoy no son especialmente relevantes en términos de construcción de poder. Juez puso la mirada en 2023 con la experiencia de elecciones anteriores. La fuerza que antes era Cambiemos suele cosechar abultados triunfos legislativos, que después van desinflándose cuando lo que se discute es el poder provincial.

Porque ser una alternativa para la canalización del voto bronca no necesariamente transforma a una fuerza en un actor visualizado para ejercer el gobierno.

De ahora en más, el principal desafío de Juntos por el Cambio es Juntos por el Cambio, que deberá desprenderse de su propia historia, sembrada de divisiones internas, para mostrarse hacia afuera como una unidad en condiciones de conducir una provincia compleja como Córdoba.

Al frente, Juntos por el Cambio tiene como antagonista a una aceitada maquinaria que sumará 24 años de gobierno y que ha demostrado poseer un arraigado instinto de conservación del poder. La oposición caerá en un error de diagnóstico si cree que el 2023 se agota en el 2021.

Hacemos por Córdoba tiene hoy el objetivo fundamental, más allá de las bancas, de quedar como una fuerza bien asentada, capaz de captar alrededor del 30% del voto cordobés aun cuando lo que está en disputa es una discusión que lo trasciende.

Juan Schiaretti y sus candidatos desplegaron en el escenario un enorme esfuerzo discursivo y argumental para convencer a los cordobeses de que no es momento de volver a ejercer un antikirchnerismo desprendido de componentes provinciales sino, por el contrario, de reconvertirlo en un reclamo desde el interior.

El gobernador tuvo como logro haber configurado la agenda de la campaña con sus planteos críticos por los subsidios que perciben los porteños. Pero copar la agenda no necesariamente después se traslada a votos. Además, su estrategia tuvo como efecto haberlo hecho entrar en contradicción con el perfil mesurado que construyó en las Paso. Hoy se sabrá si fue un éxito o un fracaso.

En el gobierno provincial están convencidos de que Schiaretti será una figura relevante de la política argentina en el futuro inmediato. En Buenos Aires se publicaron versiones que lo ubican como posible presidente. En Córdoba, le quitan consistencia a esa posibilidad, que sólo podría concretarse si Alberto Fernández no consigue superar el trance del resultado de hoy. “El Gringo no va a ser presidente pero sí un gran armador de lo que se viene”, pronostican en El Panal.

El tiempo, un tiempo no demasiado lejano, dirá.