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Dos cordobeses para una interna

Juntos por el Cambio, ganador en las elecciones, está a punto de partirse en Diputados. De un lado quedará Mario Negri y, del otro, dispuesto a conducir un bloque disidente, está Rodrigo de Loredo.

En política, hay triunfos que son ordenadores y otros que generan el efecto contrario.

Juntos por el Cambio, que se alzó en las legislativas de noviembre con una victoria que arañó los 9 puntos de ventaja a nivel nacional, está embarcado desde el día después de la elección en disputas internas en todos los frentes, que se multiplican y se expanden. Casi todos los actores dicen, excepto por supuesto la inefable Elisa Carrió, que cualquier pelea tiene como límite la unidad de Cambiemos, que nadie va a dejar que la sangre llegue tan lejos.

Pero las disputas suelen tener un principio definido y un final impredecible; se sabe cuándo empiezan pero no dónde terminan.

Los resultados de una elección de alcance nacional, por supuesto, contienen efectos diversos y no siempre convergentes. En Córdoba, por ejemplo, los resultados tanto de las Paso como de las legislativas fueron ordenadores: dirimieron una disputa que venía sosteniéndose durante años. El veredicto popular actuó en favor de Luis Juez y de Rodrigo De Loredo en detrimento de Mario Negri y Ramón Mestre. Unos y otros ganaron y perdieron inapelablemente.

El ordenamiento en ese punto está generado por una imposibilidad que se deriva del voto: Negri y Mestre ya no disponen, al menos temporariamente, de la posibilidad de plantarse políticamente ante los ganadores. No es que no posean vocación de pelea; lo que no tienen son las herramientas.

Pero el mismo resultado del 14 operó a nivel nacional en sentido contrario. Juntos por el Cambio ganó indudablemente pero no surgió de las urnas un liderazgo inapelable. Ni siquiera Horario Rodríguez Larreta quedó establecido, como se había insinuado en las primarias, como el presidenciable indiscutido.

Andrés Malamud, politólogo y docente de las universidades de Buenos Aires y de Lisboa, que se define radical, planteó en una entrevista realizada esta semana que el resultado de las legislativas fue mucho más ambiguo para Juntos por el Cambio que para el oficialismo. Al gobierno lo definió mientras que en la oposición se inauguraron algunos liderazgos mientras que no necesariamente se fortalecieron otros.

Un escenario que refleja esa ambigüedad resultante es el Congreso. Allí, la disputa vuelve a poner en escena a dos protagonistas cordobeses, que ya se enfrentaron hace poco. Uno es Mario Negri, el otro Rodrigo de Loredo.

Negri, un histórico de la Cámara de Diputados, admitió las consecuencias de la elección en Córdoba y se retiró a un segundo plano; sin embargo, no actuó de la misma forma en el Congreso, donde hizo valer su capacidad de negociación, los acuerdos preexistentes y sus alianzas y consiguió los votos necesarios para mantenerse como jefe del bloque radical, que desde el 10 tendrá 45 miembros.

Pero, como era de prever, la derrota de Negri en Córdoba derivó en un cuestionamiento de su liderazgo legislativo. La voz cantante de esa movida la lleva Emiliano Yacobitti, diputado porteño alineado con Martín Lousteau, que argumentó públicamente que la permanencia del actual jefe de bloque se contrapone con el resultado de la elección. Según ese sector, el radicalismo debe tener desde ahora liderazgos legislativos que sean una respuesta al mensaje de las urnas.

A Negri le facturan la derrota en Córdoba. Y su largo tiempo en el cargo. A Yacobitti le retrucan que, en realidad, él no ganó nada.

Pero la avanzada del legislador porteño no es personal. Su actuación sería parte de una estrategia clásica: aparecer y forzar un enfrentamiento para después postular a una tercera figura que pueda unificar las posiciones.

En este caso, la opción es Rodrigo de Loredo. Mañana habrá una reunión en el bloque radical y allí no se definirá la jefatura del bloque -Negri se aferrará a las 26 firmas que cosechó- sino otro elemento no menor: si el radicalismo se quiebra o no en Diputados.

El sector que cuestiona a Negri sostiene que si el cordobés sigue siendo el jefe de la bancada, entonces armarán un bloque aparte. En un principio eran 20 legisladores; hoy serían 12 o 13, entre los que están De Loredo, Yacobitti, Lousteau, Martín Tetaz, entre los nombres más conocidos.

Y De Loredo está dispuesto a encabezar ese espacio. “No hay que tenerle miedo a la diversidad dentro del radicalismo; tiene que haber una representación de lo que la gente votó. Estaríamos desoyendo el mensaje de la gente si le respondemos diciéndole que nuestro vocero va a seguir siendo el mismo de los últimos 20 años”, dicen dirigentes que militan en el grupo del diputado electo.

Si la ruptura se concreta, habrá dos cordobeses dirigiendo dos bloques de genética radical. A Negri le permitirá sostener la visibilidad; a De Loredo la dará la oportunidad de posicionarse en el escenario nacional.

Más allá de si el quiebre finalmente se produce o no, no es difícil imaginar que la convivencia será compleja, conflictiva, dentro de lo que será Juntos el Cambio, un bloque opositor que no se alzó con la mayoría en las urnas sino que depende de su capacidad de abroquelamiento para poder ostentar fortaleza ante el oficialismo.

Como señal hacia afuera, Cambiemos pasó de estar dispuesto a arrebatarle la presidencia de la Cámara a Sergio Massa a enfrascarse en una pelea intestina por los cargos que vienen.

En las últimas horas, un diputado cordobés decía, medio en broma, que la oposición se empeñó en las últimas semanas en desgastar su propio capital político.

El estado de situación de Juntos por el Cambio es un reflejo de la ambigüedad derivada de la elección de la que habla Malamud y, por otro lado, de la incapacidad que están mostrando los socios de la coalición opositora no sólo para establecer liderazgos sino también posicionamientos. Esa coyuntura además genera interrogantes hacia adelante en cuanto a la potencialidad de esa fuerza política para construirse como opción de poder en 2023 y una opción que no sólo dependa de los tropiezos e imposibilidades del gobierno sino de sí misma.

La crisis económica, financiera y social que vive el país tiene un correlato también en la política. Los dos grandes polos en los que está dividido el escenario, y que en la última elección captaron más del 70 por ciento del electorado, están atravesados por internas feroces. En el caso del gobierno, la gravedad se acentúa porque el proceso tiene efectos inmovilizantes en términos de gestión: en el Ejecutivo conviven visiones que no terminan por imponerse sino que parecen anularse mutuamente.

La actualidad de la política hace alarde de una crisis sistémica: unos no pueden o no saben responder al mandato que recibieron al ser elegidos para gobernar; los otros tropiezan para transformarse en una alternativa de gobierno.

“Después no nos sorprendamos si empiezan a surgir otras opciones por fuera. Lo de Milei fue un aviso”, graficaba ayer un dirigente cordobés de proyección nacional.

En definitiva, lo que está en cuestión es si la política encuentra los caminos para dirimirse y para enfrentar a la vez los ingentes problemas que golpean al país.