El letrado Carlos Azocar, reconocido por sus años de militancia estudiantil y dentro del Partido Justicialista, se refirió a los 35 años del regreso de la democracia a la Argentina. El exjuez dijo que, más allá de las deudas pendientes, “la peor de las democracias es mejor que cualquier dictadura”.
-¿Cómo fue su etapa de militante?
-Fui militante estudiantil en la Universidad Nacional de Córdoba en una agrupación que se denominaba Integralismo, un espacio de extracción cristiana que proponía un pensamiento nacional. Llegamos a ser mayoría en la Universidad, en la época del cogobierno. Es decir, en la Universidad había democracia, pero en la sociedad todavía existía una fuerte proscripción sobre el peronismo. De hecho, ni siquiera se podía decir la palabra Perón. Milité hasta el año 1966, cuando las agrupaciones estudiantiles fueron proscriptas por la dictadura de (Juan Carlos) Onganía. Dimos una resistencia muy fuerte en Córdoba. Hicimos la huelga de hambre más grande por tiempo indeterminado que duró meses. Además, desde “la juventud comprometida” hicimos una marcha caminando hasta Buenos Aires, donde fuimos detenidos por el gobierno. Al mismo tiempo, constituimos la organización nacional que se llamó Unión Nacional Estudiantil que tuvo importancia en muchas provincias del país. Antes de llegar a 1973 decidí retirarme para completar mis estudios. Fue así que me recibí de abogado y empecé a dedicarme a la docencia. Trabajé como profesor de sociología y de introducción a la filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba. Me despidieron en 1976, cuando empezó la última dictadura militar, por los antecedentes que tenía como militante estudiantil (fue reincorporado en el año 1984, tras el regreso de la democracia). Después del inicio de la dictadura me trasladé a Río Cuarto y abrí mi estudio. En los años 80 se empezó a dar un nuevo movimiento en las fuerzas políticas para la recuperación de la democracia. Si bien trabajé para el peronismo, hice grandes amigos radicales, como Miguel Ángel Abella y Conrado Storani. Fue una gran alegría el retorno de la democracia que al día de hoy, 35 años después, seguimos disfrutando. En ese sentido, tengo claro que la peor de las democracias es mejor que cualquier dictadura. Lo digo por experiencia de vida y por todas las cosas que les tocó pasar a los argentinos.
-Las nuevas generaciones, que no vivieron la última dictadura, a veces no valoran la democracia como deberían…
-Pero tienen sus razones. El proceso democrático es una transición que se fue produciendo. Casualmente, (Raúl) Alfonsín fue el hombre de la transición de un sistema dictatorial a uno democrático. Todavía estamos en una transición. La democracia argentina necesita mejorar todos los elementos que tiene porque está retrasada. Hasta ahora, lo que no ha acompañado a la democracia es la prédica de los valores del bien común, la promoción integral de la persona, la protección de los débiles, la solidaridad y el abandono del individualismo, como dice el papa Francisco. La democracia debe mejorarse, no es completa. En estos 35 años, todos los gobiernos han tenido defectos. Se ha puesto el acento solamente en la economía y no en la política. Y, en lo que refiere a la política, no se priorizaron los principios que la deben guiar, que son los principios profundos de la humanidad.
Azocar comentó que en la década de 1960 los jóvenes plantearon una fuerte crítica a las concepciones consumistas y economicistas de la época.
“No es que pretenda que se vuelva atrás 50 años, en los tiempos del Cordobazo o del Mayo Francés, pero sí que se vuelva a repensar en los principios humanos, como la solidaridad, el amor al prójimo y los grandes valores. Están faltando predicadores de grandes valores. Vivimos bajo el paradigma de la tecnocracia y de la concepción mágica del mercado sin reglas. Creo que hay que atreverse a hablar de la integralidad de la vida humana, de la necesidad de alentar y conjugar los grandes valores. Hay que festejar los 35 años de la democracia y seguir planteando, en una sociedad pluralista, la mejora de los caminos a recorrer por el Estado”, agregó Azocar.
-¿No ocupó cargos en el 83?
-En ese momento tuve una militancia mucho menor que la que desarrollé en la etapa anterior. Siempre fui un militante consagrado a la lucha. En la etapa democrática cuesta, para un hombre de barricada como yo, acostumbrarse a las reglas de confraternidad, pero lo he logrado. Tengo muchos amigos de todos los partidos políticos. Años más tarde, en el 2000, me retiré definitivamente de la política para dedicarme más a la profesión y a la militancia en los colegios de abogados y en la Federación Argentina de Abogados.
-¿En qué se especializó?
-Como abogado laboralista y abogado de los sindicatos, realizando formación de cuadros gremiales. En 1983 milité dentro del peronismo en la Lista Verde que era opositora a la conducción (y que proponía a José Manuel de la Sota como candidato a gobernador por el PJ, quien perdió la interna frente a Raúl Bercovich). Sobre finales de la década del 80, apoyé la lista de Antonio Cafiero que perdió frente a la de Carlos Menem. De todas formas, nunca tuve cargos gubernamentales ni electivos, aunque sí cargos partidarios secundarios. Después del 2000, decidimos, junto a varios compañeros de similares trayectorias, concursar en la Justicia. Fue allí cuando ingresé como camarista del trabajo en Villa María. Luego, también por concurso, rendí para venir a Río Cuarto. Tiempo más tarde, mediante el consenso de los partidos políticos y de los legisladores, me integré al Tribunal Electoral. En ese marco, se instaló como objetivo principal, ante los defectos del sistema electoral que había hecho una eclosión en Córdoba, lograr un perfeccionamiento para elevar la calidad de la democracia. De esa manera, se avanzó hacia la boleta única que, más allá de que pueda tener defectos, fue elogiada por todos los observadores internacionales y recibió premios nacionales e internacionales a la transparencia por los comicios del 2011 y 2015. Últimamente me ofrecieron seguir, pero no acepté.
-Después de 1983, no hubo otro momento de efervescencia en la sociedad por la política…
-Creo que la democracia fue recibida con mucho entusiasmo en 1983. Entiendo que los gobernantes de la democracia en su conjunto tienen una deuda con la sociedad argentina que los colocó en ese lugar.
-Fui militante estudiantil en la Universidad Nacional de Córdoba en una agrupación que se denominaba Integralismo, un espacio de extracción cristiana que proponía un pensamiento nacional. Llegamos a ser mayoría en la Universidad, en la época del cogobierno. Es decir, en la Universidad había democracia, pero en la sociedad todavía existía una fuerte proscripción sobre el peronismo. De hecho, ni siquiera se podía decir la palabra Perón. Milité hasta el año 1966, cuando las agrupaciones estudiantiles fueron proscriptas por la dictadura de (Juan Carlos) Onganía. Dimos una resistencia muy fuerte en Córdoba. Hicimos la huelga de hambre más grande por tiempo indeterminado que duró meses. Además, desde “la juventud comprometida” hicimos una marcha caminando hasta Buenos Aires, donde fuimos detenidos por el gobierno. Al mismo tiempo, constituimos la organización nacional que se llamó Unión Nacional Estudiantil que tuvo importancia en muchas provincias del país. Antes de llegar a 1973 decidí retirarme para completar mis estudios. Fue así que me recibí de abogado y empecé a dedicarme a la docencia. Trabajé como profesor de sociología y de introducción a la filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba. Me despidieron en 1976, cuando empezó la última dictadura militar, por los antecedentes que tenía como militante estudiantil (fue reincorporado en el año 1984, tras el regreso de la democracia). Después del inicio de la dictadura me trasladé a Río Cuarto y abrí mi estudio. En los años 80 se empezó a dar un nuevo movimiento en las fuerzas políticas para la recuperación de la democracia. Si bien trabajé para el peronismo, hice grandes amigos radicales, como Miguel Ángel Abella y Conrado Storani. Fue una gran alegría el retorno de la democracia que al día de hoy, 35 años después, seguimos disfrutando. En ese sentido, tengo claro que la peor de las democracias es mejor que cualquier dictadura. Lo digo por experiencia de vida y por todas las cosas que les tocó pasar a los argentinos.
-Las nuevas generaciones, que no vivieron la última dictadura, a veces no valoran la democracia como deberían…
-Pero tienen sus razones. El proceso democrático es una transición que se fue produciendo. Casualmente, (Raúl) Alfonsín fue el hombre de la transición de un sistema dictatorial a uno democrático. Todavía estamos en una transición. La democracia argentina necesita mejorar todos los elementos que tiene porque está retrasada. Hasta ahora, lo que no ha acompañado a la democracia es la prédica de los valores del bien común, la promoción integral de la persona, la protección de los débiles, la solidaridad y el abandono del individualismo, como dice el papa Francisco. La democracia debe mejorarse, no es completa. En estos 35 años, todos los gobiernos han tenido defectos. Se ha puesto el acento solamente en la economía y no en la política. Y, en lo que refiere a la política, no se priorizaron los principios que la deben guiar, que son los principios profundos de la humanidad.
Azocar comentó que en la década de 1960 los jóvenes plantearon una fuerte crítica a las concepciones consumistas y economicistas de la época.
“No es que pretenda que se vuelva atrás 50 años, en los tiempos del Cordobazo o del Mayo Francés, pero sí que se vuelva a repensar en los principios humanos, como la solidaridad, el amor al prójimo y los grandes valores. Están faltando predicadores de grandes valores. Vivimos bajo el paradigma de la tecnocracia y de la concepción mágica del mercado sin reglas. Creo que hay que atreverse a hablar de la integralidad de la vida humana, de la necesidad de alentar y conjugar los grandes valores. Hay que festejar los 35 años de la democracia y seguir planteando, en una sociedad pluralista, la mejora de los caminos a recorrer por el Estado”, agregó Azocar.
-¿No ocupó cargos en el 83?
-En ese momento tuve una militancia mucho menor que la que desarrollé en la etapa anterior. Siempre fui un militante consagrado a la lucha. En la etapa democrática cuesta, para un hombre de barricada como yo, acostumbrarse a las reglas de confraternidad, pero lo he logrado. Tengo muchos amigos de todos los partidos políticos. Años más tarde, en el 2000, me retiré definitivamente de la política para dedicarme más a la profesión y a la militancia en los colegios de abogados y en la Federación Argentina de Abogados.
-¿En qué se especializó?
-Como abogado laboralista y abogado de los sindicatos, realizando formación de cuadros gremiales. En 1983 milité dentro del peronismo en la Lista Verde que era opositora a la conducción (y que proponía a José Manuel de la Sota como candidato a gobernador por el PJ, quien perdió la interna frente a Raúl Bercovich). Sobre finales de la década del 80, apoyé la lista de Antonio Cafiero que perdió frente a la de Carlos Menem. De todas formas, nunca tuve cargos gubernamentales ni electivos, aunque sí cargos partidarios secundarios. Después del 2000, decidimos, junto a varios compañeros de similares trayectorias, concursar en la Justicia. Fue allí cuando ingresé como camarista del trabajo en Villa María. Luego, también por concurso, rendí para venir a Río Cuarto. Tiempo más tarde, mediante el consenso de los partidos políticos y de los legisladores, me integré al Tribunal Electoral. En ese marco, se instaló como objetivo principal, ante los defectos del sistema electoral que había hecho una eclosión en Córdoba, lograr un perfeccionamiento para elevar la calidad de la democracia. De esa manera, se avanzó hacia la boleta única que, más allá de que pueda tener defectos, fue elogiada por todos los observadores internacionales y recibió premios nacionales e internacionales a la transparencia por los comicios del 2011 y 2015. Últimamente me ofrecieron seguir, pero no acepté.
-Después de 1983, no hubo otro momento de efervescencia en la sociedad por la política…
-Creo que la democracia fue recibida con mucho entusiasmo en 1983. Entiendo que los gobernantes de la democracia en su conjunto tienen una deuda con la sociedad argentina que los colocó en ese lugar.

