La democracia que supimos conseguir
Ayer, 10 de diciembre, se celebró el Día de la Democracia. Ya han transcurrido 38 años de aquella histórica jornada en la que el radical Raúl Ricardo Alfonsín recibía la banda presidencial, tras haber ganado las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 1983. Fue el regreso definitivo de la democracia a la Argentina luego de la más sangrienta dictadura militar que vivió el país. Y desde ese año se viene manteniendo el período democrático más extenso de nuestra historia, dado que los anteriores siempre fueron objeto de golpes de Estado. Ya partir del 2007 el Congreso de la Nación sancionó la Ley 26.323, que también se denomina Ley de Restauración de la Democracia, por la cual se instituyó la conmemoración del Día de la Democracia todos los 10 de diciembre. “Declárese Día de la Restauración de la Democracia el 10 de diciembre, el que será celebrado en todo el ámbito del territorio nacional, mediante actos pedagógicos y académicos que promuevan los valores democráticos, resaltando su significado histórico, político y social”, dice textualmente la norma que fue aprobada tanto por la Cámara de Diputados como por la de Senadores de la Nación.
Ese día, el discurso de Alfonsín fue realmente emocionante. “Venimos a exponer a vuestra honorabilidad cuáles son los principales objetivos del gobierno en los diversos terrenos en que debe actuar: la política nacional e internacional, la defensa, la economía, las relaciones laborales, la educación, la salud pública, la Justicia, las obras de infraestructura, los servicios públicos y todas las otras cuestiones que reclaman la atención del pueblo, de los gobernantes y de los legisladores”. expresó. “Hay muchos problemas que no podrán solucionarse de inmediato, pero hoy ha terminado la inmoralidad pública. Vamos a hacer un gobierno decente. Ayer pudo existir un país desesperanzado, lúgubre y descreído. Hoy convocamos a los argentinos, no solamente en nombre de la legitimidad de origen del gobierno democrático, sino también del sentimiento ético que sostiene a esa legitimidad”, agregó. “La democracia aspira a la coexistencia de las diversas clases y actores sociales, de las diversas ideologías y de diferentes concepciones de la vida. Es pluralista, lo que presupone la aceptación de un sistema que deja cierto espacio a cada uno de los factores y hace posible así la renovación de los partidos y la transformación progresiva de la sociedad. La Argentina pudo comprobar hasta qué punto el quebrantamiento de los derechos del pueblo a elegir sus gobernantes implicó siempre entrega de porciones de soberanía al extranjero, desocupación, miseria, inmoralidad, decadencia, improvisación, falta de libertades públicas, violencia y desorden. Mucha gente no sabe qué significa vivir bajo el imperio de la Constitución y la ley, pero ya todos saben qué significa vivir fuera del marco de la Constitución y la ley”, indicó. Y remató: Vamos a establecer definitivamente en la Argentina la democracia que todos los argentinos queremos, dinámica, plena de participación y movilización popular para los grandes objetivos nacionales, en el marco bien definido, pero históricamente flexible de nuestra Constitución, que garantiza todos los derechos, todas las libertades, todos los avances sociales y culturales del mundo moderno, a la vez que asegura la responsabilidad de los gobernantes ante el pueblo a través de los mecanismos jurídicos y políticos de control que la misma Constitución ha previsto, y de la periódica renovación de los poderes mediante el ejercicio del sufragio”.
La de la Argentina sigue siendo una democracia joven en comparación con otras que se ejercen en otras latitudes del mundo. Por eso, a esta democracia que supimos conseguir hay que seguirla cuidando con las mismas ganas del primer día. Es que a lo largo de estos casi 40 años ininterrumpidos de vida democrática hay deudas que la dirigencia política no ha saldado. La pobreza, por ejemplo, es una de ellas. Es inconcebible que casi la mitad de los argentinos sea pobre en un país rico desde cualquier punto de vista con que se lo mire. También son inadmisibles los niveles de deserción escolar que existen hoy en la Argentina, cuando la educación es el pilar fundamental para el desarrollo de los pueblos soberanos. Y ni qué hablar de los altos índices de inseguridad con los que los ciudadanos conviven diariamente, que hoy se caracterizan por la violencia que conllevan en sí mismos y que están cruzados por el flagelo de la drogadicción. Ya todo esto hay que sumar el fuerte desempleo que atraviesa el país, dado que la falta de trabajo lleva al hombre a la depresión y potencia la violencia familiar. Por eso, esta columna busca ser un humilde llamado a la reflexión de nuestra clase dirigente: hoy más que nunca se tienen que dejar de lado las actitudes soberbias y sentarse a una mesa de diálogo para tratar en serio los problemas de fondo que tiene la Argentina. La campaña ya terminó. Es la hora de construir consensos en torno de una serie de ideas eje para sacar al país de la difícil crisis que atraviesa. La Mesa del Diálogo Argentino es una muy buena experiencia a replicar.