En enero de 1904 aparece en Buenos Aires la obra teatral “Canillita”, escrita por el dramaturgo y periodista Florencio Sánchez. De ella surge el término con el que se conoce a los vendedores de diario en Argentina, debido a la caracterización que hace el escritor del protagonista, un jovencito “de piernas delgadas” que llevaba los ejemplares bajo el brazo. Hoy en día, los vendedores de diarios ya no son esos jóvenes que voceaban las noticias en la calle, el paso de los años y las condiciones difíciles de su trabajo dibujaron arrugas en sus rostros. En Río Cuarto, Juan Coronel es uno de los 50 canillitas que acercan el diario a los lectores, desde su puesto fijo en la esquina de calles Constitución y Fotheringham. “Con tantos años en la calle, el cariño de la gente es lo mejor que me ha pasado en la vida”, confiesa Juan.
No importa si llueve, si hay viento, si hace frío o calor; el canillita sale a vender el diario. Hace 43 años que para Juan no existen los fines de semana o los días de descanso. Si las noticias se imprimen, el diariero sale a la calle.
Actualmente un grupo de 45 lectores que disfrutan del hábito de comprar el diario, circula todas las mañanas por la esquina de Fotheringham y Constitución, donde los espera Juan. Probablemente tomándose un café o apoyado en una de las contenciones de tránsito de la esquina, Juan aguarda la llegada de los clientes. Es allí que tras el bocinazo de alguno de ellos y un cálido “¡Juan! ¿Cómo andas?”, el canillita deja de ser sólo el nexo que permite que la tinta se impregne en los dedos del lector, para convertirse en el diariero amigo. “Cuando uno siembra cariño, recibe el cariño de la vida”, reflexiona Juan.
Para que las noticias lleguen a manos del cliente, el canillita comienza su día a las 4.20 de la mañana, pone la pava y prepara el café que lo acompañará durante la jornada. A eso de las 5, deja su casa, donde vive con sus ocho hermanos, y se dirige en bicicleta a la agencia Perfil, donde los ejemplares esperan su llegada listos para la venta. Ni siquiera la pandemia y el aislamiento preventivo pudieron contra el oficio, porque incluso en momentos en que el país y el mundo se paralizaron, el diariero continuó con su labor.
Cerca de las 7 de la mañana Juan termina el reparto de diarios y llega a su esquina, aquella que el Sindicato le asignó cuando comenzó con el oficio, a los 17 años. Allí, en la vereda de una de las farmacias Grassi, el canillita aguarda. Y es en ese mismo horario en que, de lunes a viernes, comienzan a circular por allí una gran cantidad de adolescentes: los alumnos del Colegio Hispano Argentino.
Como es usual en Río Cuarto, el horario de ingreso de los colegios, convierte a las calles en el escenario de caos. Padres y madres apurados, autos estacionados en doble fila y el tránsito en una hora crucial para calles que se encuentran en el microcentro, hacen que cruzar la calle se vuelva una tarea difícil y, en ocasiones, peligrosa para los chicos. Pero Juan no se queda en el lugar de un simple espectador y sale a la ayuda.
- ¿Cómo es la relación con los chicos del Hispano?
Muchas veces he estado ayudando a los chicos del colegio, es muy peligroso el tránsito, ya no es como antes, la ciudad va creciendo y la calle se vuelve peligrosa. Entonces estoy ahí, cuido que no los agarre un auto, porque tengo esta forma de ser. Uno nace así, es de familia. Soy como mi mamá, la gente de antes tenía esa forma de ser, no miraba las diferencias. Fuimos una familia muy humilde, de gente trabajadora pero si alguien necesitaba algo o le pasaba algo, lo ayudábamos.
Los chicos también entran en confianza y amistad, charlo con ellos. Hay muchos chicos que venían al colegio y hoy son abogados o gente ya recibida y pasan y te tocan bocina, siempre me dicen que se acuerdan de mí. Se acuerdan y me dicen ‘Tanto tiempo Juan, tantas cosas que charlamos’. Son tantos los años en la calle que uno ve pasar las generaciones. Tantos años en la calle… esto me emociona. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Tal es el cariño de las y los alumnos, que en 2021 el curso de segundo año, división A, organizó un pequeño festejo de cumpleaños para Juan. Una de las alumnas señaló a un medio de la ciudad: “Estuvimos hablando entre las mamás y los alumnos, queríamos hacerle un regalo porque él está siempre, todas las mañanas, ayudándonos a cruzar la calle y frenando a los autos para que nosotros pasemos. Él es como parte del colegio y sabemos que es importante para todos, es amigo de todos”. Otro de los alumnos afirmó: “Juan es el que está siempre, quien nos ayuda, está siempre atento a que no te pase nada”.
Su futuro en el oficio
- Con tantos años de trabajo, ¿Piensa en retirarse?
Este es un trabajo muy sacrificado. La mayoría se está jubilando, y los comprendo, uno ya no es como antes, son muchos años de trabajo en la calle. Cuando llegue mi tiempo, en cuatro años, me voy a jubilar. Ya lo tengo pensado.
Así, el reloj comienza su cuenta regresiva. Sin dudas, la esquina de Fotheringham y Constitución no será la misma. Pero hasta mientras, Juan seguirá allí, el amigo del fiel lector y de los chicos del Hispano.

