Opinión | Economía

Ades y el dilema del triángulo

El economista y trader argentino que vive en Manhattan fue la figura de la semana. Participó de una reunión de Gabinete invitado por Milei y en ausencia de Luis Caputo. El Gobierno debe resolver una ecuación de tres lados: actividad, dólar e inflación

Alberto Ades llegando a la Casa Rosada para participar de la reunión de Gabinete, invitado por Milei, en ausencia de Toto Caputo.

 

El frío de la economía real sumó en las últimas semanas el ruido de las variables financieras, que era un pilar importante de la gestión de Javier Milei. Ahora, se incorporó el rumor de diferencias internas sobre política económica que tiene el ministro Luis Caputo en el centro de la escena. No fue caprichoso esto último, sino que surgió de fuertes señales que se robustecieron esta semana cuando “el mejor ministro de la historia” pegó el faltazo en la reunión de gabinete y curiosamente ocupó su silla un colega: AlbertoAdes, un “trader” que irrumpió horas antes en algunos medios nacionales con entrevistas en las que respaldó el rumbo económico del Gobierno, pero marcó algunas diferencias, especialmente en la ubicación del tipo de cambio. Invitado por el Presidente, Ades, que vive frente al Central Park, en Manhattan, en la ciudad de Nueva York, llegó a la Argentina y expuso sus ideas sobre el rumbo económico ante el staff del Gobierno.

Luego de que empezaran a correr rumores sobre diferencias internas del gabinete con Caputo por la falta de reacción de la economía, esa escena con Ades no hizo más que echarle combustible.

La observación que dio el economista argentino que trabaja en los Estados Unidos sobre el tipo de cambio dio en un lugar sensible. No fue el primero que habló del tema: ya lo había hecho antes Gabriel Rubinstein, aunque justamente su palabra sufrió una fuerte devaluación tras su paso por el Ministerio de Economía en el Gobierno de Alberto Fernández. Rubinstein hasta mencionó un dólar a $ 3.500.

Cada vez que el debate por el tipo de cambio se instaló en los últimos años, el Gobierno acusó a los impulsores de integrar el “club de la devaluación”. Y en medio de la pelea por “pulverizar” la inflación no quiso ni arrimarse a esa posibilidad. Tiene en claro que cualquier cambio brusco puede terminar impactando en las góndolas y, mucho peor, en el principal capital acumulado por la gestión de Milei. En su cuenta de X, el asesor presidencial, Santiago Caputo, enumeró “10 verdades incómodas de la era Milei” y en el segundo escalón escribió: “Vamos a destruir la inflación a cualquier precio. Es la unica variable que importa”.

Eso supone que el Gobierno intentará no tocar el tipo de cambio. Entiende que, de cara a las elecciones, su carta ganadora será recordar que empezó con una inflación del 25% mensual y llegará con una próxima al 1,5%.

Pero siempre las decisiones en materia económica tienen costos. Del otro lado, habrá que ver qué pasa con la demanda de dólares habitual en años electorales. Y también, la evolución de la actividad económica. Y si hay demasiado ruido, las palabras del asesor parecen incluir, sin dudas, echar mano a la herramienta de las tasas, tal como ocurrió en 2025.

La encerrona parece clara: intentar acumular más reservas, reactivar la economía, recomponer ingresos y mantener a la baja la inflación asoman como incompatibles. Ahora, el mejor escenario electoral para el Gobierno necesita de todos esos ingredientes. Cuántos más resigne, menores serán sus chances de victoria.

La estrategia oficial fue hasta acá acumular divisas, esterilizando la mayor parte de los pesos emitidos para la compra de dólares y así evitar presiones inflacionarias. El torniquete de pesos es buena parte de la explicación del éxito inflacionario, pero al mismo tiempo de las dificultades en el despegue de la economía. De hecho, un reciente artículo del economista Maximiliano Gutiérrez del Ieral de la Fundación Mediterránea detalló que hasta fines de septiembre, el Banco Central compró US$ 14.800 millones y retiró 81 de cada 100 pesos volcados al mercado por esas compras.

En este último punto hay parte de la biblioteca económica que se anima a sugerir cierta flexibilidad y dejar una parte mayor de pesos en la calle. El argumento central de esa posición es que una tasa de inflación mensual del 1,5% o del 2,2% es asimilado de la misma manera por parte de la población y no cambia demasiado el contraste con el 25% del inicio, que el Gobierno busca de espejo. Pero al mismo tiempo podría implicar una mayor inyección de circulante y de actividad. La otra biblioteca le desconfía a esa decisión porque cree que esos pesos podrían ir a dos destinos: compra de dólares y presión sobre el tipo de cambio o a recalentar la inflación. De hecho, el presidente insiste en la premisa básica de que “el fenómeno inflacionario es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”, parafraseando a Milton Friedman.

Por eso, tipo de cambio, inflación y actividad son tres puntas de una manta corta. Al tirar de una de ellas, se destapan otras.

Lo cierto es que la inercia actual de la economía no es buena. Y hasta no hace mucho el Gobierno discutía sobre crecimiento argumentando que el promedio era positivo. Pero ese escenario se fue debilitando. La expansión de inicios de año, alentada por agro, minería e hidrocarburos, ya no es la que se observa actualmente; mientras sectores como la industria, el comercio y la construcción siguen sin reacción.

Ahí enraiza la inquietud al interior del Gobierno y que muchos atribuyen a la secretaria general, Karina Milei: si no se hace nada, el escenario electoral se dificultará. Eso no deja de ser una crítica solapada a la conducción de la política económica y el punto donde tallan las ausencias del ministro Caputo y la curiosa irrupción de Ades.