Opinión | Editorial

Bolivia, en una confrontación sin salida a la vista

Luego del desplazamiento forzoso de un presidente que, al margen de su polémica reelección, tenía mandato hasta enero, en Bolivia los interrogantes se multiplican frente a la imagen de una sociedad partida entre dos bandos inconciliables que no sólo se detestan mutuamente sino que no se reconocen legitimidad alguna, pero sin embargo no tienen otra salida que encontrar una fórmula para coexistir de un modo que no implique la supresión del otro.
Finalmente, la profundización de la controversia en torno del resultado de las elecciones presidenciales celebradas en Bolivia condujo a una situación cargada de incertidumbre, en la que la violencia política ha ganado un indeseable protagonismo y la posibilidad de una resolución de los conflictos en el marco de la ley y de las instituciones se desdibuja hasta prácticamente desaparecer. Luego del desplazamiento forzoso de un presidente que, al margen de su polémica reelección, tenía mandato hasta enero del año próximo, los interrogantes se multiplican frente a la imagen de una sociedad partida entre dos bandos inconciliables que no sólo se detestan mutuamente sino que no se reconocen legitimidad alguna, pero sin embargo no tienen otra salida que encontrar una fórmula para coexistir de un modo que no implique la supresión del otro.



Resulta penosa la polémica extendida desde el interior de Bolivia al mundo entero sobre si lo que está en curso -o más bien se puede dar por ya consumado- es o no es un golpe de Estado. Más allá de sutilezas de carácter técnico como las que entre otros ha desplegado el gobierno argentino, lo cierto es que la presentación de un jefe militar que deja de responderle a su comandante en jefe civil y le “aconseja” que renuncie es imposible de ser interpretada como otra cosa en una región donde imágenes como esa se resisten a quedar relegadas a un pasado infame y pernicioso.



Ello de ninguna manera debería cambiar el juicio crítico que merece el comportamiento previo de Evo Morales, que difícilmente pueda presentarse como un cruzado en la defensa de las instituciones que hoy se ven violentadas en su perjuicio. La grosera manipulación de las reglas del juego diseñadas por él mismo, motivadas por una ambición de perpetuarse en el poder tan propia de los políticos de nuestra región independientemente de su discurso ideológico, y las fundadas sospechas de fraude para evitar someterse a una segunda vuelta electoral que pondría en riesgo su continuidad, le brindan una buena excusa a quienes pretenden justificar su eyección a como dé lugar.



Sin embargo, lo cierto es que horas antes de ser obligado a renunciar, Morales había convocado a nuevas elecciones luego de remover a los miembros del organismo electoral que había consagrado oficialmente su victoria en primera vuelta. Quedaba por ver si ello bastaba para garantizar un proceso transparente, pero abría una oportunidad que sin duda era mucho mejor que el cuadro de situación que se despliega en este momento, en el que cualquier poder que emerja del estado de acefalía será muy vulnerable por el lado de la legitimidad, y probablemente también por el de la legalidad, y hasta no parece exagerado, por momentos, la agitación del fantasma de una guerra civil. 



La realización de elecciones en el menor tiempo posible aparece como una demanda lógica, la única capaz de ofrecer alguna chance de reencauzar una situación decididamente desmadrada. Pero cabe preguntarse qué garantías ofrecerá cualquier eventual organizador del proceso en términos de limpieza e imparcialidad. Y sobre todo si la mitad de la sociedad que resulte derrotada será capaz de aceptar ese resultado, luego de que tanto encono haya sido desplegado en un escenario donde el aplastamiento del adversario, para muchos actores, ha pasado a importar más que la preservación de mínimas reglas de convivencia entre unos y otros.