La firma del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea ha sido recibida en la Argentina con una amplia gama de reacciones que van desde el entusiasmo acrítico hasta el rechazo más tajante, a partir de lecturas totalmente opuestas sobre las consecuencias que la aplicación de un instrumento semejante tendría para el futuro del país. Más allá del papel que la importante novedad -producto de negociaciones extendidas a lo largo de décadas, que en más de una oportunidad dieron la impresión de no conducir a ningún lado- en la particular coyuntura marcada por la campaña electoral, no caben dudas de que se abre una instancia cargada de expectativas, pero también de incertidumbre, para los actores económicos y para la sociedad en general.
Más allá del papel que vaya a jugar el flamante acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea en la particular coyuntura marcada por la campaña electoral en la Argentina, no caben dudas de que se abre una instancia cargada de expectativas, pero también de incertidumbre, para los actores económicos y para la sociedad en general.
En principio, si se sigue el marco teórico que promueve este tipo de acuerdos, se sostiene que la apertura de cada parte a un mayor intercambio comercial con la otra multiplicará las posibilidades de hacer negocios y generar riqueza, en contraposición al estancamiento que aparece como el destino fatal de las economías cerradas. Desde luego, si las cosas fueran tan simples resultaría imposible de explicar por qué las negociaciones han resultado tan engorrosas, a punto tal de que incluso después del “logro” anunciado la semana pasada todavía quedan muchos obstáculos por superar a ambos lados del Atlántico.
El caso es que incluso en la eventualidad de que el acuerdo resulte globalmente beneficioso para los dos bloques, y para todos los países involucrados individualmente -algo ciertamente difícil de creer-, habrá sectores particulares de las economías de algunos de ellos que se verán perjudicados, hasta el punto de desaparecer. Acaso sea cierto que la necesidad acuciante de hacer frente a la nueva situación vuelva a algunos sectores más competitivos, pero parece más probable que la mayoría de ellos se vea arrasada, junto con los puestos de trabajo que más allá de su ineficiencia generan. Y cabe aquí preguntarse si la certeza acerca de esas pérdidas puede verse compensada por la esperanza de que sean reemplazados por los hipotéticos nuevos empleos en las áreas que se verán estimuladas por la vigencia del acuerdo.
En otros términos, se trata de ver si en el nuevo estado de cosas que se configurará como consecuencia de la negociación, la ecuación entre costos y beneficios cerrará con un saldo favorable para el país. Esto es, si la destrucción que sobrevendrá sin ninguna duda en las áreas más expuestas y vulnerables tendrá una contraparte más poderosa en esa energía creativa que quienes promueven y ensalzan el acuerdo descuentan que aparecerá para desplegarse en abundancia, junto con las inversiones necesarias para canalizarla.
En rigor, no parece que la información disponible sobre el entendimiento alcanzado sea suficiente como para efectuar ya mismo un cálculo semejante, aunque la desproporción entre ambos bloques comerciales en términos de poderío económico invita automáticamente a la desconfianza en cuanto a las posibilidades del más débil de imponer sus criterios a la hora de proteger su propia conveniencia. En cualquier caso, la falta de cohesión en los respectivos frentes internos de la Argentina y de Brasil -sumada a las disidencias que ya se dan a conocer desde la propia Unión Europea- sugiere que al acuerdo le queda todavía un largo camino por delante para volverse operativo.
El caso es que incluso en la eventualidad de que el acuerdo resulte globalmente beneficioso para los dos bloques, y para todos los países involucrados individualmente -algo ciertamente difícil de creer-, habrá sectores particulares de las economías de algunos de ellos que se verán perjudicados, hasta el punto de desaparecer. Acaso sea cierto que la necesidad acuciante de hacer frente a la nueva situación vuelva a algunos sectores más competitivos, pero parece más probable que la mayoría de ellos se vea arrasada, junto con los puestos de trabajo que más allá de su ineficiencia generan. Y cabe aquí preguntarse si la certeza acerca de esas pérdidas puede verse compensada por la esperanza de que sean reemplazados por los hipotéticos nuevos empleos en las áreas que se verán estimuladas por la vigencia del acuerdo.
En otros términos, se trata de ver si en el nuevo estado de cosas que se configurará como consecuencia de la negociación, la ecuación entre costos y beneficios cerrará con un saldo favorable para el país. Esto es, si la destrucción que sobrevendrá sin ninguna duda en las áreas más expuestas y vulnerables tendrá una contraparte más poderosa en esa energía creativa que quienes promueven y ensalzan el acuerdo descuentan que aparecerá para desplegarse en abundancia, junto con las inversiones necesarias para canalizarla.
En rigor, no parece que la información disponible sobre el entendimiento alcanzado sea suficiente como para efectuar ya mismo un cálculo semejante, aunque la desproporción entre ambos bloques comerciales en términos de poderío económico invita automáticamente a la desconfianza en cuanto a las posibilidades del más débil de imponer sus criterios a la hora de proteger su propia conveniencia. En cualquier caso, la falta de cohesión en los respectivos frentes internos de la Argentina y de Brasil -sumada a las disidencias que ya se dan a conocer desde la propia Unión Europea- sugiere que al acuerdo le queda todavía un largo camino por delante para volverse operativo.

