Opinión | Editorial |

El ARA San Juan y los interrogantes que siguen abiertos

Con el hallazgo del submarino ARA San Juan, producido luego de una demora que había llegado a parecer interminable, se comienza a saldar una deuda con los familiares de las víctimas y con el conjunto de la sociedad, aunque de ningún modo queda agotada la búsqueda de respuestas sobre los motivos de la mayor catástrofe naval sufrida por el país en tiempos de paz en toda su historia.

A pocas horas de cumplido el año de su desaparición en las aguas del océano Atlántico, el submarino ARA San Juan ha sido hallado a una corta distancia del sitio donde una anomalía detectada por un organismo internacional de vigilancia hacía presumir que había ocurrido el siniestro. De esta manera, y luego de una demora que había llegado a parecer interminable, se comienza a saldar una deuda con los familiares de las víctimas y con el conjunto de la sociedad, aunque de ningún modo queda agotada la búsqueda de respuestas sobre los motivos de la mayor catástrofe naval sufrida por el país en tiempos de paz en toda su historia.



En rigor, en este tiempo se han difundido numerosas versiones sobre lo que pudo haber ocurrido, desde intentos serios de reconstrucción basados en los indicios existentes hasta historias fantasiosas encuadradas en hipótesis conspirativas nacidas de mentes afiebradas o con intereses creados. Lamentablemente, las dificultades para acceder a las circunstancias de un suceso ocurrido en un escenario remoto se vieron aumentadas por una información oficial por momentos contradictoria y a veces condicionada por un “secretismo” no siempre debidamente justificado.



Con el hallazgo, tal como expresó la jueza actuante, muchas de las teorías más absurdas quedan descartadas, así como la sospecha de que el ocultamiento de la Armada llegaba al extremo de mentir sobre el verdadero derrotero del submarino y su localización en el momento de su desaparición. Esto no exime de culpas ni de responsabilidades a nadie, ni en relación con el siniestro en sí ni en lo concerniente al retaceo de información que en los primeros días llegó a denunciar la propia magistrada, pero al menos atenúa la gravedad de cualquier inconducta en la que pueda haberse incurrido desde la institución.



Se ha abierto ahora un debate en torno de la posibilidad de rescatar la nave, algo que sería deseable no solamente para que los cuerpos de las víctimas queden a disposición de sus seres queridos –lo ocurrido recientemente con las identificaciones en el cementerio de Darwin en Malvinas es un reflejo de lo importante que esto es para las familias de los fallecidos–, sino para que pueda examinarse el que ha pasado a ser el testigo más fiel de lo ocurrido, el propio submarino. Quedan muchas especulaciones por descartar, más allá de que la verdad a la que se llegue será forzosamente parcial e incompleta.



En cualquier caso, también está pendiente un debate que trasciende la búsqueda del ARA San Juan y su resultado: el que tiene que ver con la operatividad de la Armada y de las otras dos fuerzas, y de las condiciones en que deben trabajar sus integrantes. Algo que la Argentina –por razones en su origen comprensibles, aunque su subsistencia a esta altura se sostiene exclusivamente en el prejuicio–, viene postergando por demasiado tiempo, y no debería seguir esquivando.