Opinión | Editorial

El despilfarro de alimentos en el mundo

El  lanzamiento a través de un seminario organizado en el Vaticano de una campaña global contra el desperdicio de alimentos pone el foco en un aspecto de la problemática del hambre injustamente descuidado, tanto por constituir una cara particularmente vergonzosa como por ofrecer buenas oportunidades de mejorar la situación con más inteligencia y practicidad que una inyección intensiva de dinero.
Más allá de las oscilaciones en el interés y la preocupación que despierta, al calor de la marcha de los procesos políticos y los vaivenes económicos, el hambre constituye un flagelo de alcance global cuya subsistencia interpela duramente cualquier consideración optimista sobre la evolución de la humanidad y el estado actual del mundo. En ese marco, el lanzamiento a través de un seminario organizado en el Vaticano de una campaña global contra el desperdicio de alimentos pone el foco en un aspecto de la problemática injustamente descuidado, tanto por constituir una cara particularmente vergonzosa como por ofrecer buenas oportunidades de mejorar la situación con más inteligencia y practicidad que una inyección intensiva de dinero.



El ámbito del lanzamiento aparece como apropiado, en vista de que el desperdicio de alimentos, aparte de síntoma del uso ineficiente de los recursos disponibles contrario a la racionalidad económica, es fácil de definir como un pecado, además de una muestra de la “cultura del descarte” cuya denuncia constante es uno de los ejes del Papado de Francisco desde sus comienzos. Pero fuera de toda consideración religiosa, se trata también de una “prioridad mundial”, declarada como tal en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (SDG) de la Organización de las Naciones Unidas. 



Y lo es no solamente por las razones obvias: ningún ser humano debería pasar hambre en tanto ello supone una clara violación de los derechos que lo asisten como tal, y los mecanismos como para que el flagelo pueda erradicarse por completo existen, con lo cual no emplearlos tiene que entenderse como un crimen. Pero además, el desperdicio de alimentos tiene efectos perniciosos desde el punto de vista ambiental, en tanto implica que se malgastan grandes volúmenes de energía en producciones destinadas a engrosar las ya inmensas cantidades de desperdicios que el hombre genera.



Durante la conferencia organizada en la Academia de las Ciencias del Vaticano, de la que participaron más de cuarenta expertos y líderes religiosos, se enfatizó que el comportamiento que se propone combatir "es perjudicial para el planeta debido a las emisiones de gases de efecto invernadero y al desperdicio del agua y de la tierra utilizadas como insumos”, y también “para las personas, en particular los pobres, cuya mano de obra es despilfarrada y cuyos medios de vida están comprometidos por esta pérdida". En ese marco se realiza “un llamamiento a la acción conjunta de políticas públicas y del sector privado”, se pide “un esfuerzo coordinado de comunicación para movilizar a la sociedad civil y a las comunidades religiosas" y finalmente se propone trazar "un camino hacia un plan de acción global y compromisos para abordar las brechas de conocimiento e investigación existentes y la promoción de soluciones concretas".



Para dar una idea de la dimensión del problema, basta consignar que según ha calculado la FAO -la dependencia de la ONU dedicada a la agricultura y la alimentación-, la proporción de alimentos que se desperdicia en el mundo es de nada menos que un tercio del total: una cifra que implica que con una distribución más eficiente se podría erradicar el hambre incluso con una baja de la producción. Está claro que en la Argentina, donde el gobierno que está a punto de asumir se ha mostrado fuertemente comprometido con la problemática, debería ser tenido en cuenta este enfoque.