Luego de un período durante el cual abundaron las referencias a una “fiesta” que además serviría para venderle la Argentina al mundo a partir de uno de sus productos más atractivos, la frustrada final de la Copa Libertadores de América terminó por ratificar lo que el fútbol argentino viene siendo desde hace mucho tiempo, y cada vez de manera más descarnada: una representación particularmente grosera de la cara más intolerante de una sociedad que en sus momentos menos felices aparece como sumida en una espiral de degradación incapaz de tocar fondo.
Es preciso resistir la tentación de suscribir la versión más tranquilizadora de lo ocurrido, aquella que hace foco en el “pequeño grupo de inadaptados” que arruinó lo que iba a ser una jornada histórica para las decenas de miles presentes en el estadio Monumental y los millones que seguían los acontecimientos a mayor o menor distancia. Porque la agresión no está sólo en la acción directa. Desde hace tiempo, el nivel de violencia verbal que circula por las redes sociales, y frecuentemente desborda hacia los medios de comunicación, llama a preguntarse por qué extraño milagro los estallidos de violencia con heridos y destrozos no irrumpen con más frecuencia.
Es cierto que los “pequeños grupos de inadaptados” actúan en un determinado contexto, donde en realidad a veces se presentan como demasiado “adaptados” a un modo de hacer negocios, por medio de la violencia y la intimidación, que en el fútbol argentino se ha venido naturalizando a punto tal que sus practicantes lo defienden como un derecho adquirido. Una de las hipótesis acerca del ataque del sábado al ómnibus de Boca apunta precisamente a una “venganza” de quienes fueron perjudicados por un procedimiento reali- zado en el marco de una investigación judicial que afecta a barrabravas de River que por algún motivo contaban con entradas oficiales.
Pero si la complicidad dirigencial o la connivencia con las fuerzas de seguridad -que en este caso ha alumbrado sospechas de una supuesta “zona liberada”- le dan aire a los “inadaptados” y multiplican su poder de daño, mucho más lo hace la tolerancia y hasta el estímulo del resto de la hinchada, la parte supuestamente “sana”. Que está muy lejos de una toma de conciencia que lleve a reconocer que el verdadero enemigo no es el adversario deportivo, sino los energúmenos antisociales o los oportunistas profesionales de la violencia que en la práctica detrás de la supuesta pasión por los colores del club sólo atienden sus propios intereses personales.
Combatir este estado de cosas con la sanción de leyes más rigurosas o el reemplazo de un funcionario que quedó pagando a partir de un escándalo puntual, reclamar un recambio dirigencial imposible, en vista de que debería surgir de un colectivo en su mayor parte contaminado por las pautas de comportamiento que deberían modificarse, son “soluciones” que ya se han ensayado. Más de una vez. Y el resultado es un cuadro de situación en que hasta la mera sugerencia de que los espectadores visitantes vuelvan a las canchas parece un acto de suprema irresponsabilidad que ignora cuestiones básicas sobre cómo funciona el mundo del fútbol, aunque el autor de la ocurrencia haya sido uno de sus actores más conspicuos.
Una vez más, el fútbol ha avergonzado al país, y lo ha hecho en una dimensión acaso inédita, justo en vísperas de un acontecimiento que entre otras cosas pone la cuestión de la seguridad en primer plano. Pero imaginar que se ha tocado fondo sería tan ingenuo como esperar que en esta ocasión sí se pueda, por fin, aprender de la experiencia.
Es cierto que los “pequeños grupos de inadaptados” actúan en un determinado contexto, donde en realidad a veces se presentan como demasiado “adaptados” a un modo de hacer negocios, por medio de la violencia y la intimidación, que en el fútbol argentino se ha venido naturalizando a punto tal que sus practicantes lo defienden como un derecho adquirido. Una de las hipótesis acerca del ataque del sábado al ómnibus de Boca apunta precisamente a una “venganza” de quienes fueron perjudicados por un procedimiento reali- zado en el marco de una investigación judicial que afecta a barrabravas de River que por algún motivo contaban con entradas oficiales.
Pero si la complicidad dirigencial o la connivencia con las fuerzas de seguridad -que en este caso ha alumbrado sospechas de una supuesta “zona liberada”- le dan aire a los “inadaptados” y multiplican su poder de daño, mucho más lo hace la tolerancia y hasta el estímulo del resto de la hinchada, la parte supuestamente “sana”. Que está muy lejos de una toma de conciencia que lleve a reconocer que el verdadero enemigo no es el adversario deportivo, sino los energúmenos antisociales o los oportunistas profesionales de la violencia que en la práctica detrás de la supuesta pasión por los colores del club sólo atienden sus propios intereses personales.
Combatir este estado de cosas con la sanción de leyes más rigurosas o el reemplazo de un funcionario que quedó pagando a partir de un escándalo puntual, reclamar un recambio dirigencial imposible, en vista de que debería surgir de un colectivo en su mayor parte contaminado por las pautas de comportamiento que deberían modificarse, son “soluciones” que ya se han ensayado. Más de una vez. Y el resultado es un cuadro de situación en que hasta la mera sugerencia de que los espectadores visitantes vuelvan a las canchas parece un acto de suprema irresponsabilidad que ignora cuestiones básicas sobre cómo funciona el mundo del fútbol, aunque el autor de la ocurrencia haya sido uno de sus actores más conspicuos.
Una vez más, el fútbol ha avergonzado al país, y lo ha hecho en una dimensión acaso inédita, justo en vísperas de un acontecimiento que entre otras cosas pone la cuestión de la seguridad en primer plano. Pero imaginar que se ha tocado fondo sería tan ingenuo como esperar que en esta ocasión sí se pueda, por fin, aprender de la experiencia.

