Opinión | Editorial |

El impacto de una propuesta desconcertante

Más allá de las especulaciones sobre los motivos y los verdaderos propósitos de la presentación de la fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner, queda claro que un binomio cuyo componente de menor jerarquía tiene un peso específico muy superior que el que aparece a la cabeza transmite una sensación de desequilibrio que abre dudas sobre su estabilidad y delinea un escenario incierto hacia el futuro.

El lanzamiento de la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner para competir en las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias previas a las elecciones presidenciales de octubre ha sacudido profundamente el escenario político, al constituir una de las más inesperadas y audaces movidas en su tipo de que se tengan memoria. Más allá del inevitable catálogo de especulaciones sobre sus motivos y sus verdaderos propósitos, queda claro que un binomio cuyo componente de menor jerarquía tiene un peso específico infinitamente mayor que el que aparece a la cabeza transmite una sensación de desequilibrio que abre dudas sobre su estabilidad y delinea un escenario incierto hacia el futuro.



Fernández jugó un papel central durante el gobierno de Néstor Kirchner y lo conservó el primer año del de su ahora compañera de fórmula, con una incidencia en la “mesa chica” que no llegarían a tener en igual medida quienes lo sucedieron en la jefatura de gabinete. Pero luego de su traumática eyección, a raíz de la crisis del campo de 2008, pasó a ser un crítico sumamente duro -como cualquier somera revisión de los archivos de la última década puede confirmar- y a la vez blanco de ataques feroces de quienes lo acusaban de haber traicionado el proyecto al que prestó sus servicios incluso desde antes de haber dejado de formar parte de él.



Parte del enfrentamiento, exacerbado luego de la muerte de Néstor Kirchner en 2010, pasaba por el planteo de gruesas diferencias en temas institucionales, entre ellos, en primer plano, el de la relación del Ejecutivo con la Justicia: algo que podría conducir a la interpretación de que su candidatura se vincula con un deseo de tranquilizar las inquietudes que los antecedentes del kirchnerismo generan en esa materia. Sin embargo, esta misma semana se viene de escuchar a Fernández advertir severamente a los jueces sobre una supuestamente inminente rendición de cuentas que deberían efectuar por su actuación en expedientes sobre hechos de corrupción, en lo que constituyó una amenaza nada sutil que, si va a marcar el tono de su hipotética gestión futura, no puede menos que alarmar.



La desproporción entre los dos integrantes del dúo habilita otras especulaciones, entre las cuales no es menor la hipótesis de que será Cristina Kirchner quien verdaderamente ejercerá el poder real más allá de la ocupación formal de cada cargo, lo que abre la posibilidad de que la propuesta sea calificada de engañosa. Pero todavía más inquietante es la variante que habla de una renuncia del presidente para que asuma la vice, sea inmediatamente después de asumir o bien luego de algún tiempo, después de hacer el “trabajo sucio” a través de medidas impopulares. 



Acaso pueda parecer que se va demasiado lejos con especulaciones de este tipo, pero el carácter inédito de lo ocurrido ayer abre la puerta a realizarlas: difícilmente existan en el mundo muchos casos en que es el candidato a vicepresidente el que elige al que lo acompaña en la fórmula en un sitial superior. Se trata de algo demasiado extremo como recurso para facilitar la unidad de la oposición, que desde luego no garantiza, y más aún como golpe de mano para desconcertar a los rivales, un efecto que en rigor está generando por estas horas no sólo en ellos sino en toda la sociedad, independientemente de la filiación política de sus integrantes.