Opinión | Editorial |

El legado incompleto de un episodio clave de la historia moderna

A treinta años de la caída del muro de Berlín, puede decirse que el camino abierto por la larga noche que fue del 9 al 10 de noviembre de 1989 no cumplió con las expectativas generadas entonces, que, particularmente en cuanto a sus posibilidades de alumbrar un futuro de paz y prosperidad, demostraron ser excesivamente optimistas.

La celebración del trigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín llega en un momento en que se han desdibujado muchos de los sueños y aspiraciones que había encarnado aquel episodio, sin duda una de las bisagras más trascendentales, si no la más, de la historia contemporánea. Punto de partida a la vez objetivo y simbólico del colapso de la Unión Soviética, expresión del fracaso de un experimento político, económico y social cuyos principios de solidaridad y justicia venían siendo aplastados por un modelo sofocante y represivo, el camino abierto por la larga noche que fue del 9 al 10 de noviembre de 1989 no cumplió con las expectativas generadas entonces, que, particularmente en cuanto a sus posibilidades de alumbrar un futuro de paz y prosperidad, demostraron ser excesivamente optimistas.



El mundo venía de más de cuatro décadas de bipolaridad y “guerra fría”, confrontación de dos sistemas antagónicos que se expresaba a través de múltiples conflictos de mayor y menor intensidad, y en una carrera armamentista demencial a lo largo de la cual los principales representantes de cada bando, los Estados Unidos por las democracias capitalistas y la Unión Soviética por el llamado “socialismo real”, acumularon arsenales capaces de borrar por completo todo vestigio de vida sobre el planeta. La “destrucción mutua asegurada” volvía inviable una confrontación directa, pero ello no atenuaba la impresión de que la humanidad pendía de un hilo, de la buena voluntad de líderes que no siempre ofrecían garantías tranquilizadoras de buen juicio y racionalidad.



Sin duda, esperar que del final de semejante estado de cosas surgiera algo mejor no carecía de fundamentos. Pero así como ni siquiera los críticos más acérrimos del comunismo habían sido capaces de anticipar un derrumbe del sistema tan estrepitoso como el del propio muro, tampoco fue posible ver venir la miríada de conflictos que en cierta forma habían quedado encubiertos por el más crítico y peligroso, y brotaron ante el azoramiento de una comunidad internacional que muchas veces no estaba al tanto de su existencia.



Finalizada la guerra ideológica entre el este y el oeste -o en todo caso reducida a una expresión mínima, apenas útil para que el modelo ganador y dominante mantenga vivo el fantasma de un enemigo que ya no existe- proliferaron las guerras de base nacionalista o religiosa, en ocasiones en lugares donde ni siquiera se sospechaba la existencia de alguna animadversión latente, como en la ex Yugoslavia. Y el terrorismo mantuvo el protagonismo, e incluso lo acentuó, aun cuando el prestar un servicio a un dios implacable reemplazara a la construcción de una sociedad mejor como “fin superior” para justificar el asesinato indiscriminado y masivo.



Desde luego, esta descripción descorazonadora no debería desconocer que en muchos aspectos, seguramente la mayoría, el mundo ha evolucionado en el sentido correcto en estas tres décadas: hay menos pobreza, hambre y enfermedades, por ejemplo, aunque los desafíos en todas esas áreas siguen siendo mayúsculos, y el  agravamiento de los problemas ambientales tiene como contraparte una creciente toma de conciencia sobre su dimensión. Pero si se coteja el clima festivo que acompañó la caída del muro con el de estos tiempos, la impresión es que la energía positiva de la época ha sido enterrada por una beligerancia crónica que desde el principio de los tiempos se ha presentado como antagonista de las mejores cualidades de la naturaleza humana, y a veces se impone hasta anularlas por completo.