Luego de que las expectativas y temores que despertó a lo largo de todo el año se intensificaran en los días previos a su concreción, la Argentina y el gobierno de Mauricio Macri parecen haber salido airosos de la cumbre del Grupo de los 20 desarrollada en Buenos Aires, más allá de algún tropiezo que en definitiva no pasó de lo anecdótico. Al margen de la carga de subjetividad que puede tener cualquier balance sobre un hecho con tantas aristas y ángulos de abordaje, el que constituyó el evento más importante en su tipo celebrado en nuestro país en toda su historia concluyó con resultados ambiguos, aunque acaso superiores a los anticipados por las predicciones en su mayoría pesimistas conocidas antes de su realización.
En efecto, aun cuando se supone que las cumbres son el corolario de múltiples reuniones previas durante las cuales se llevan a cabo las negociaciones y se alcanzan los acuerdos que habrán de formalizarse en la instancia decisiva, en esta ocasión se llegó hasta último momento sin la certeza sobre si se podría o no firmar un documento final. Uno de los principales motivos de las dudas residía en la particular personalidad y los antecedentes del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, proclive a los desplantes y a los portazos, que al parecer considera métodos legítimos para discutir desde una posición de fuerza.
Aunque desde luego se volvió a ver algo de eso en esta oportunidad, la mera existencia de un documento como el anunciado ayer ya puede entonces ser interpretada como un éxito, tanto más cuando se trata de un texto extenso y no de un par de páginas de compromiso redactadas para evitar el fiasco total. Sin embargo, y aun cuando abarca una amplia variedad de temas en sus 31 puntos, el acuerdo también tiene omisiones importantes que no pueden dejar de señalarse incluso si se prefiere destacar la “mitad medio llena” del vaso, sobre todo porque conciernen a los temas a priori más controvertidos: el comercio y el ambiente.
En ese sentido, la estrategia de poner entre paréntesis o relativizar con asteriscos las cuestiones sobre las que existen diferencias insalvables también puede ser evaluada de dos maneras: como un recurso válido y legítimo para no desbaratar por completo un foro cuya preservación es considerada clave para mantener dentro de ciertos parámetros las relaciones internacionales, y lograr que exista un orden mundial imprescindible no sólo para aceitar los vínculos económicos sino a veces para mantener la paz; pero también como un atajo para esconder debajo de la alfombra diferencias profundas que seguirán estando allí y harán inevitablemente eclosión pese a los intentos de disimular su existencia.
Para el país anfitrión, en tanto, la satisfacción porque todo haya funcionado medianamente bien -una conclusión que se potencia hasta el infinito si se efectúa la comparación con lo ocurrido en la previa cumbre del G20, celebrada en Hamburgo hace un año, huérfana de acuerdos y con una carga de violencia desaforada- no despeja las dudas sobre la marcha del proceso de integración con el mundo en el que está empeñada la administración de Mauricio Macri desde su inicio, con la rémora de producirse justamente cuando tantos integrantes de la comunidad internacional, incluidos varios protagonistas centrales, se retraen sobre sí mismos. O bien, en otros términos, subsiste el interrogante sobre si no se está esperando demasiado de un mundo que más allá de los gestos de aceptación y buena voluntad hacia la Argentina que tanto destaca el Presidente, está básicamente en otra cosa.
Aunque desde luego se volvió a ver algo de eso en esta oportunidad, la mera existencia de un documento como el anunciado ayer ya puede entonces ser interpretada como un éxito, tanto más cuando se trata de un texto extenso y no de un par de páginas de compromiso redactadas para evitar el fiasco total. Sin embargo, y aun cuando abarca una amplia variedad de temas en sus 31 puntos, el acuerdo también tiene omisiones importantes que no pueden dejar de señalarse incluso si se prefiere destacar la “mitad medio llena” del vaso, sobre todo porque conciernen a los temas a priori más controvertidos: el comercio y el ambiente.
En ese sentido, la estrategia de poner entre paréntesis o relativizar con asteriscos las cuestiones sobre las que existen diferencias insalvables también puede ser evaluada de dos maneras: como un recurso válido y legítimo para no desbaratar por completo un foro cuya preservación es considerada clave para mantener dentro de ciertos parámetros las relaciones internacionales, y lograr que exista un orden mundial imprescindible no sólo para aceitar los vínculos económicos sino a veces para mantener la paz; pero también como un atajo para esconder debajo de la alfombra diferencias profundas que seguirán estando allí y harán inevitablemente eclosión pese a los intentos de disimular su existencia.
Para el país anfitrión, en tanto, la satisfacción porque todo haya funcionado medianamente bien -una conclusión que se potencia hasta el infinito si se efectúa la comparación con lo ocurrido en la previa cumbre del G20, celebrada en Hamburgo hace un año, huérfana de acuerdos y con una carga de violencia desaforada- no despeja las dudas sobre la marcha del proceso de integración con el mundo en el que está empeñada la administración de Mauricio Macri desde su inicio, con la rémora de producirse justamente cuando tantos integrantes de la comunidad internacional, incluidos varios protagonistas centrales, se retraen sobre sí mismos. O bien, en otros términos, subsiste el interrogante sobre si no se está esperando demasiado de un mundo que más allá de los gestos de aceptación y buena voluntad hacia la Argentina que tanto destaca el Presidente, está básicamente en otra cosa.

