Pocos días después de la difusión de las estadísticas sobre el impactante aumento de pobreza denunciado por el estudio del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, el Indec dio a conocer su propio relevamiento que, tal como se descontaba a partir del comportamiento de otras variables a lo largo del año pasado, ha obtenido resultados equiparables. La creación de 2.700.000 nuevos pobres entre el primer y el segundo semestre de 2018 constituye la manifestación de una de las caras más dolorosas y lacerantes de las consecuencias de la corrida cambiaria que todavía no termina de ceder, pero también de las medidas con que se ha intentado sin demasiado éxito ponerla bajo control.
La creación de 2.700.000 nuevos pobres entre el primer y el segundo semestre de 2018 revelada por las estadísticas oficiales constituye una de las caras más pesarosas y lacerantes de las consecuencias de la corrida cambiaria que todavía no termina de ceder, pero también de las medidas con que se ha intentado sin demasiado éxito ponerla bajo control.
Si bien se trata de mediciones efectuadas con metodologías diferentes, el índice oficial de pobreza del 32% calculado sobre ingresos que este jueves dio a conocer el Indec coincide casi exactamente con el 31,3% de la UCA, un estudio multidimensional porque incluye otras variables como el acceso a la salud y la disponibilidad de infraestructura básica: agua corriente, cloacas, energía, etc. Ninguno de los dos, sin embargo, deja la menor duda en cuanto a que el principal generador de pobres ha sido el comportamiento desbocado, fuera de control, de los precios de los alimentos, que en un país con la capacidad de producirlos en exceso como el nuestro constituye una paradoja que ningún gobierno ha podido resolver por encima de las dificultades coyunturales que le tocó atravesar a cada uno.
La coincidencia entre las mediciones del Indec y de la UCA vuelve pertinente, sin embargo, recordar los tiempos recientes en que esto no ocurría, y los relevamientos de la entidad privada eran sistemáticamente ninguneados y descalificados desde el oficialismo de entonces. Es importante tenerlo presente porque aquella negación sistemática de la pobreza no fue en absoluto ajena a su consolidación a lo largo de un período durante el cual la disponibilidad de recursos era sensiblemente mayor que la actual y los pobres eran supuestamente una gran prioridad para las autoridades.
Desde luego, las posibilidades de descargar en aquel pasado nefasto las responsabilidades por este dramático presente no son las mismas que hace tres años. Mucho menos cuando al frente del Ejecutivo se encuentra alguien que llegó a la Casa Rosada no solamente con la consigna “pobreza cero” –que, aunque deba entenderse como un objetivo a largo plazo, no explica la marcha en sentido inverso al necesario para alcanzarlo-, sino con el pedido expreso de que su de-sempeño en esta área sea el parámetro principal desde el cual evaluar la eficacia de su gestión.
Se ha advertido que, así como el trabajo difundido el jueves es una radiografía del estado de cosas del último semestre del año pasado, será el resultado de la Encuesta Permanente de Hogares que se dará a conocer en septiembre la que reflejará la situación actual, que según todo lo indica se ha seguido deteriorando en estos meses de inflación desbocada y recesión profunda en casi todos los rubros de la economía. Con la última cifra de pobreza del presente período presidencial en los niveles que se imaginan, resultará muy difícil creer en la afirmación de que hoy el país está “mejor parado”, por mucha convicción y energía que se invierta en realizarla, cuando el aplazo es tan ostensible precisamente en la materia que el propio evaluado definió como la más importante.
La coincidencia entre las mediciones del Indec y de la UCA vuelve pertinente, sin embargo, recordar los tiempos recientes en que esto no ocurría, y los relevamientos de la entidad privada eran sistemáticamente ninguneados y descalificados desde el oficialismo de entonces. Es importante tenerlo presente porque aquella negación sistemática de la pobreza no fue en absoluto ajena a su consolidación a lo largo de un período durante el cual la disponibilidad de recursos era sensiblemente mayor que la actual y los pobres eran supuestamente una gran prioridad para las autoridades.
Desde luego, las posibilidades de descargar en aquel pasado nefasto las responsabilidades por este dramático presente no son las mismas que hace tres años. Mucho menos cuando al frente del Ejecutivo se encuentra alguien que llegó a la Casa Rosada no solamente con la consigna “pobreza cero” –que, aunque deba entenderse como un objetivo a largo plazo, no explica la marcha en sentido inverso al necesario para alcanzarlo-, sino con el pedido expreso de que su de-sempeño en esta área sea el parámetro principal desde el cual evaluar la eficacia de su gestión.
Se ha advertido que, así como el trabajo difundido el jueves es una radiografía del estado de cosas del último semestre del año pasado, será el resultado de la Encuesta Permanente de Hogares que se dará a conocer en septiembre la que reflejará la situación actual, que según todo lo indica se ha seguido deteriorando en estos meses de inflación desbocada y recesión profunda en casi todos los rubros de la economía. Con la última cifra de pobreza del presente período presidencial en los niveles que se imaginan, resultará muy difícil creer en la afirmación de que hoy el país está “mejor parado”, por mucha convicción y energía que se invierta en realizarla, cuando el aplazo es tan ostensible precisamente en la materia que el propio evaluado definió como la más importante.

