Opinión | Editorial |

La privacidad de las comunicaciones, bajo fuego

La crisis diplomática entre los Estados Unidos y el Reino Unido a raíz de la difusión de las opiniones del embajador británico en Washington sobre Donald Trump  se presenta como una nueva demostración de cómo la vulnerabilidad de las comunicaciones está demoliendo en esta época la idea de privacidad, un fenómeno que ha afectado las vidas de numerosas personas y aquí repercute en el delicado campo de las relaciones internacionales.

El fuerte cortocircuito de los últimos días entre dos países estrechamente aliados como los Estados Unidos y el Reino Unido, que derivó en la renuncia del embajador británico en Washington, ha desplegado ante la opinión pública otro de los bochornosos espectáculos que suele protagonizar el presidente Donald Trump, producto de su incapacidad de poner los intereses de su país y el sentido común por encima de su vanidad y su megalomanía. Sin embargo, también se presenta como una nueva demostración de cómo la vulnerabilidad de las comunicaciones está demoliendo en esta época la idea de privacidad, un fenómeno que ha afectado las vidas de numerosas personas y aquí repercute en el delicado campo de las relaciones internacionales.



El escándalo estalló con la publicación en un periódico londinense de documentos enviados por el embajador a la Cancillería de su país, en los que definía al gobierno de Trump como “disfuncional” y al propio mandatario como “i-nepto”, a punto tal que sólo era posible entenderse con él presentando “argumentos simples y hasta rudos”. El ofendido descargó una artillería verbal sin sentido de la proporción, no sólo contra el redactor de esos textos sino contra varios de sus superiores en el gobierno británico, incluida la primera ministra Theresa May, y contra actos de gobierno que nada tienen que ver con los Estados Unidos.



En rigor, la reacción no hace más que confirmar la tosca simplicidad atribuida a Trump, incapaz de comprender que las palabras del embajador no habían sido escritas para que él las leyera. Y que un diplomático, si bien debe manejarse con extrema prudencia y discreción cuando trata con los funcionarios del país donde está asentado, también tiene que expresarse con franqueza y sin eufemismo a la hora de transmitir sus experiencias y sus opiniones a sus superiores, autoridades del servicio exterior del país que tiene el deber de representar.



Lo que la difusión periodística de sus comunicaciones viene a demostrar es una creciente dificultad para desempeñar esa función apropiadamente, algo que de hecho ya había sido sugerido por las filtraciones de wikileaks que en su momento dejaron mal parados a líderes de numerosos países, incluida la Argentina. No son las figuras del espectáculo a las que les hackean los teléfonos con imágenes comprometedoras las únicas víctimas de esta clase de inseguridad propia de la era de las nuevas tecnologías.



Afortunadamente, y para bien de todos, la mayor parte de la clase dirigente mundial no está predispuesta a actuar en “modo berrinche” como el presidente de los Estados Unidos frente a la menor contrariedad. Sin embargo, está claro que si en el campo de las relaciones internacionales -y en el de la política en general, pero también en el de las relaciones empresariales y hasta en el de las familiares- no se puede mantener ningún secreto, es imposible esperar otra cosa que un aumento de la rispidez y de los conflictos.