Poco después de la finalización de la reunión del Grupo de los 20 celebrada en Buenos Aires, la agenda mundial se ha desplazado, con menos presencia de nombres rutilantes pero un temario de gran importancia para el futuro del planeta, hacia la ciudad polaca de Katowice, sede de la cumbre del clima de la Organización de las Naciones Unidas conocida como COP 24. El encuentro, cuyo propósito es avanzar en el cumplimiento del Acuerdo de París para reducir las emisiones de dióxido de carbono y otros gases que contribuyen al calentamiento global, arranca en un contexto más alentador que el que se preveía pocos días atrás, aunque con las limitaciones impuestas por la posición asumida por un protagonista clave como los Estados Unidos.
En principio, funcionarios participantes del COP 24 y algunas organizaciones ambientalistas valoraron positivamente lo ocurrido en la capital argentina, en tanto lo interpretan como “un impulso” al foro que se extenderá hasta mediados de mes. En particular, porque el documento final incluye la ratificación del compromiso de adoptar políticas tendientes a poner coto al cambio climático, suscripto por 19 de los 20 participantes del encuentro.
La contracara está dada por el peso específico del único que no suscribió este punto, Estados Unidos, que ratificó el giro impreso por Donald Trump en este tema, que lo llevó a retirar a su país del Acuerdo de París a poco de asumir. De hecho, la insistencia en la postura negacionista respecto de que el calentamiento global verdaderamente esté ocurriendo, más el argumento falaz de que el viraje a tecnologías menos contaminantes costaría empleos, fue una de las causas del desplante del presidente norteamericano durante la reunión del G20 del año pasado en Hamburgo, donde fue imposible llegar a consenso alguno.
Si se piensa que antes de la reunión de Buenos Aires se especulaba con la posibilidad de que el fiasco se repitiera, o bien que incluso si había una declaración consensuada sólo consistiera en un texto formal de un par de páginas, el hecho de que el tema ambiental estuviera mencionado ya aparece como un éxito notable. En términos prácticos, sin embargo, sigue vigente el interrogante sobre hasta qué punto tiene sentido discutir cómo frenar el cambio climático cuando uno de los dos principales emisores de los gases que lo provocan se niega a asumir su responsabilidad en la materia.
No obstante, muchos observadores que lamentan la actitud de Washington consideran que en alguna medida lo tiene. Algunos importantes estados norteamerica- nos con gobernaciones demócratas, por ejemplo, han manifestado su disposición a seguir adelante con las obligaciones asumidas en el Acuerdo de París por más que su presidente las haya repudiado. Y desde luego está la esperanza de que una vez concluida la gestión de Trump, a quien le quedan dos años en la Casa Blanca si no consigue su reelección, Estados Unidos retome sus compromisos y vuelva a sumarse a un proceso que necesita de todos los integrantes de la comunidad internacional, pero sobre todo a aquellos que más contaminan.
De este modo, y más allá de sus resultados forzosamente limitados por la particular coyuntura internacional actual, la cumbre del clima de Polonia debe ser valorada en tanto ratifica que el compromiso de combatir el gran desafío ambiental de nuestro tiempo sobrevive hasta el momento a la amenaza encarnada por un actor particularmente poderoso. Acaso sea poco frente a las urgencias actuales, pero mejor que cualquier alternativa en un momento en que el negacionismo gana terreno en otras latitudes.
La contracara está dada por el peso específico del único que no suscribió este punto, Estados Unidos, que ratificó el giro impreso por Donald Trump en este tema, que lo llevó a retirar a su país del Acuerdo de París a poco de asumir. De hecho, la insistencia en la postura negacionista respecto de que el calentamiento global verdaderamente esté ocurriendo, más el argumento falaz de que el viraje a tecnologías menos contaminantes costaría empleos, fue una de las causas del desplante del presidente norteamericano durante la reunión del G20 del año pasado en Hamburgo, donde fue imposible llegar a consenso alguno.
Si se piensa que antes de la reunión de Buenos Aires se especulaba con la posibilidad de que el fiasco se repitiera, o bien que incluso si había una declaración consensuada sólo consistiera en un texto formal de un par de páginas, el hecho de que el tema ambiental estuviera mencionado ya aparece como un éxito notable. En términos prácticos, sin embargo, sigue vigente el interrogante sobre hasta qué punto tiene sentido discutir cómo frenar el cambio climático cuando uno de los dos principales emisores de los gases que lo provocan se niega a asumir su responsabilidad en la materia.
No obstante, muchos observadores que lamentan la actitud de Washington consideran que en alguna medida lo tiene. Algunos importantes estados norteamerica- nos con gobernaciones demócratas, por ejemplo, han manifestado su disposición a seguir adelante con las obligaciones asumidas en el Acuerdo de París por más que su presidente las haya repudiado. Y desde luego está la esperanza de que una vez concluida la gestión de Trump, a quien le quedan dos años en la Casa Blanca si no consigue su reelección, Estados Unidos retome sus compromisos y vuelva a sumarse a un proceso que necesita de todos los integrantes de la comunidad internacional, pero sobre todo a aquellos que más contaminan.
De este modo, y más allá de sus resultados forzosamente limitados por la particular coyuntura internacional actual, la cumbre del clima de Polonia debe ser valorada en tanto ratifica que el compromiso de combatir el gran desafío ambiental de nuestro tiempo sobrevive hasta el momento a la amenaza encarnada por un actor particularmente poderoso. Acaso sea poco frente a las urgencias actuales, pero mejor que cualquier alternativa en un momento en que el negacionismo gana terreno en otras latitudes.

