La decisión del gobierno nacional de formalizar el retiro de la Argentina de la Unasur aparece en principio como difícil de objetar si se tiene en cuenta el verdadero proceso de disolución que experimenta una organización pensada para un momento político muy diferente del actual y cuyo papel en el ámbito de América Latina se encuentra hoy totalmente desdibujado. Sin embargo, más allá de su previsibilidad, ese final resulta también una demostración palpable de la inconsistencia y la liviandad con que se llevan adelante procesos de integración regional que deberían desarrollarse de una manera menos dependiente de la dirección de la que soplan los vientos en cada coyuntura política en particular.
En rigor, la defección de la Argentina está lejos de ser una movida audaz e inconsulta que la ponga en riesgo de confrontar innecesariamente con otras naciones americanas. Ya habían manifestado su de- cisión de abandonar la Unasur su miembro más importante, Brasil, además de Chile, Colombia, Paraguay, Perú y Ecuador, con lo cual la posición minoritaria ha pasado a ser la de permanecer en un organismo cuya presencia en la agenda internacional es desde hace tiempo prácticamente inexistente.
Acaso la demostración más palpable de esa declinación sea el abandono de Ecuador, el país donde se construyó la sede de la organización, un fastuoso edificio que el gobierno de Lenin Moreno ha reclamado recuperar para hacer funcionar allí una dependencia propia. También ha hecho ruido la decisión de su parlamento, de gran carga simbólica, de retirar una enorme estatua del expresidente argentino Néstor Kirchner erigida en el sitio, como homenaje a uno de los mentores de la organización, vilipendiado ahora por sus escándalos de corrupción cuya difusión ha trascendido las fronteras.
En cualquier caso, y aun cuando queden voces que reivindican la Unasur y los principios bajo los cuales fue fundada, está claro que su fracaso se relaciona con su origen bajo el impulso de gobiernos de un determinado signo político, desde cuya perspectiva resultaba útil una agrupación alternativa a la OEA. Independientemente de la afinidad que se pueda tener con los lineamientos ideológicos más o menos coincidentes de la mayoría de los fundadores, lo cierto es que el sesgo sectario del alumbramiento ponía en riesgo las chances de supervivencia en caso de que el contexto político cambiara, como efectivamente ocurrió.
Un proceso de integración debe ser encarado como política de Estado y por lo tanto requiere de un consenso interno mayoritario en cada uno de los países que se comprometen a llevarlo adelante. No tiene futuro si se lo diseña para servir a los intereses coyunturales de facciones que, aunque suelan creerse eternas conductoras de las sociedades que representan, por lo general están de paso. Si la virtual desaparición de la Unasur implica un retroceso, lo es en relación con un salto que, a la luz de lo que se sabe hoy, parece haberse dado hacia ninguna parte.
Acaso la demostración más palpable de esa declinación sea el abandono de Ecuador, el país donde se construyó la sede de la organización, un fastuoso edificio que el gobierno de Lenin Moreno ha reclamado recuperar para hacer funcionar allí una dependencia propia. También ha hecho ruido la decisión de su parlamento, de gran carga simbólica, de retirar una enorme estatua del expresidente argentino Néstor Kirchner erigida en el sitio, como homenaje a uno de los mentores de la organización, vilipendiado ahora por sus escándalos de corrupción cuya difusión ha trascendido las fronteras.
En cualquier caso, y aun cuando queden voces que reivindican la Unasur y los principios bajo los cuales fue fundada, está claro que su fracaso se relaciona con su origen bajo el impulso de gobiernos de un determinado signo político, desde cuya perspectiva resultaba útil una agrupación alternativa a la OEA. Independientemente de la afinidad que se pueda tener con los lineamientos ideológicos más o menos coincidentes de la mayoría de los fundadores, lo cierto es que el sesgo sectario del alumbramiento ponía en riesgo las chances de supervivencia en caso de que el contexto político cambiara, como efectivamente ocurrió.
Un proceso de integración debe ser encarado como política de Estado y por lo tanto requiere de un consenso interno mayoritario en cada uno de los países que se comprometen a llevarlo adelante. No tiene futuro si se lo diseña para servir a los intereses coyunturales de facciones que, aunque suelan creerse eternas conductoras de las sociedades que representan, por lo general están de paso. Si la virtual desaparición de la Unasur implica un retroceso, lo es en relación con un salto que, a la luz de lo que se sabe hoy, parece haberse dado hacia ninguna parte.

