Más lejos de la paz y del respeto al derecho internacional
Tal como se esperaba, el pomposamente llamado “acuerdo del siglo” presentado por Donald Trump para la paz en Medio Oriente resulta totalmente sesgado en favor de una de las partes, es inaceptable para la otra, y no tiene ninguna posibilidad de realizar un aporte significativo a la solución de un conflicto demasiado complejo para dejarlo en manos que no se caracterizan precisamente por su ductilidad.
Sin que signifique necesariamente apelar a la ironía, podría decirse que el plan de paz para Medio Oriente presentado por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, está a la altura de las expectativas que su autor ha demostrado sobradamente ser capaz de generar, sobre todo en sus iniciativas de política internacional. Tal como se esperaba, el pomposamente llamado “acuerdo del siglo” resulta totalmente sesgado en favor de una de las partes, es inaceptable para la otra, y no tiene ninguna posibilidad de realizar un aporte significativo a la solución de un conflicto demasiado complejo para dejarlo en manos que no se caracterizan precisamente por su ductilidad.
Un somero examen de los gráficos que acompañan la propuesta indica que, en caso de llevarse adelante, el mapa de la región no se parecería al de ningún otro lugar del mundo. El complejo dibujo de enclaves separados entre sí y vinculados por túneles, puentes y “sitios estratégicos” en que quedaría transformado el Estado palestino, sembrado además de asentamientos israelíes que la comunidad internacional caracteriza como ilegales, da la impresión de justificar el calificativo de “disparate” con que lo rechazó el presidente Mahmud Abás.
La extravagancia del diseño parece responder a la voluntad de conformar a todas las exigencias de Israel, incluidas algunas que suponen avanzar sobre derechos reconocidos a los palestinos por la ONU, como el respeto a las fronteras emanadas de la partición realizada después de la guerra de 1967. La pérdida de territorio en Cisjordania, que incluye partes ya ocupadas por colonos judíos y otras que quiere controlar por razones estratégicas de seguridad, sería compensada por otros terrenos hoy israelíes, según todo lo indica de menor valor económico, histórico y cultural.
Tampoco es viable para los palestinos la imposición de Jerusalén como capital “indivisible” del Estado judío, que les deja una parte de la ciudad pobre y superpoblada como consuelo para emplazar su propia capital. El hecho de que Trump haya manifestado su disposición a colocar su embajada allí, como ya lo hizo con su legación en Israel contra la opinión de la mayor parte del mundo, constituye una oferta de valor apenas simbólico, que no tiene posibilidades de moderar el rechazo de la parte que obviamente se ve sensiblemente perjudicada. Y confirma que si ya en otras épocas, con presidentes como Bill Clinton y Barack Obama, a Washington le costaba presentarse como mediador imparcial en el conflicto, con Trump en la Casa Rosada cualquier pretensión de neutralidad aparece como ridícula.
No es extraño, mientras tanto, que el plan haya sido apoyado con entusiasmo por el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu; no porque espere que conduzca a la paz, sino porque podrá utilizarlo como una especie de aval para anexar formalmente las partes de Cisjordania que la propuesta le concede, por más que la comunidad internacional en su conjunto habrá seguramente de reprobarlo. Un paso adelante en lo que es una política de “hechos consumados” que le permite conservar popularidad y el poder a pesar de las graves acusaciones de corrupción en su contra, pero que garantiza nuevos estallidos de violencia, frente a la previsible radicalización de los palestinos per- suadidos de que nada pueden esperar de la vía de la negociación.
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Un somero examen de los gráficos que acompañan la propuesta indica que, en caso de llevarse adelante, el mapa de la región no se parecería al de ningún otro lugar del mundo. El complejo dibujo de enclaves separados entre sí y vinculados por túneles, puentes y “sitios estratégicos” en que quedaría transformado el Estado palestino, sembrado además de asentamientos israelíes que la comunidad internacional caracteriza como ilegales, da la impresión de justificar el calificativo de “disparate” con que lo rechazó el presidente Mahmud Abás.
La extravagancia del diseño parece responder a la voluntad de conformar a todas las exigencias de Israel, incluidas algunas que suponen avanzar sobre derechos reconocidos a los palestinos por la ONU, como el respeto a las fronteras emanadas de la partición realizada después de la guerra de 1967. La pérdida de territorio en Cisjordania, que incluye partes ya ocupadas por colonos judíos y otras que quiere controlar por razones estratégicas de seguridad, sería compensada por otros terrenos hoy israelíes, según todo lo indica de menor valor económico, histórico y cultural.
Tampoco es viable para los palestinos la imposición de Jerusalén como capital “indivisible” del Estado judío, que les deja una parte de la ciudad pobre y superpoblada como consuelo para emplazar su propia capital. El hecho de que Trump haya manifestado su disposición a colocar su embajada allí, como ya lo hizo con su legación en Israel contra la opinión de la mayor parte del mundo, constituye una oferta de valor apenas simbólico, que no tiene posibilidades de moderar el rechazo de la parte que obviamente se ve sensiblemente perjudicada. Y confirma que si ya en otras épocas, con presidentes como Bill Clinton y Barack Obama, a Washington le costaba presentarse como mediador imparcial en el conflicto, con Trump en la Casa Rosada cualquier pretensión de neutralidad aparece como ridícula.
No es extraño, mientras tanto, que el plan haya sido apoyado con entusiasmo por el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu; no porque espere que conduzca a la paz, sino porque podrá utilizarlo como una especie de aval para anexar formalmente las partes de Cisjordania que la propuesta le concede, por más que la comunidad internacional en su conjunto habrá seguramente de reprobarlo. Un paso adelante en lo que es una política de “hechos consumados” que le permite conservar popularidad y el poder a pesar de las graves acusaciones de corrupción en su contra, pero que garantiza nuevos estallidos de violencia, frente a la previsible radicalización de los palestinos per- suadidos de que nada pueden esperar de la vía de la negociación.
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