Opinión | Editorial |

Otro reflujo en la política cambiaria del Banco Central

Si bien el abandono de criterios que en los últimos siete meses de “flotación libre” demostraron no ser aptos para controlar la volatilidad del mercado cambiario generó en lo inmediato un efecto positivo, es inevitable preguntarse hasta qué punto la aplicación de una política que ha fracasado en el pasado está en condiciones de mantener la tranquilidad por un plazo más largo.

En un contexto de marcada inestabilidad financiera, caracterizado no sólo por las renovadas presiones sobre la cotización del dólar sino por la persistencia de altos niveles de inflación, el fuerte aumento del riesgo país y el derrumbe de bonos, acciones y cualquier activo argentino, entre otras contrariedades, se ha anunciado un cambio de estrategia basado en la mayor intervención en el mercado cambiario del Banco Central. Si bien el abandono de criterios que en los últimos siete meses de “flotación libre” demostraron no ser aptos para controlar la volatilidad generó en lo inmediato un efecto positivo, es inevitable preguntarse hasta qué punto la aplicación de una política que ha fracasado en el pasado está en condiciones de mantener la tranquilidad por un plazo más largo.



Según han destacado los analistas económicos, el giro aparece como contradictorio con las reglas que el Fondo Monetario Internacional suele imponer a los países con los que acuerda programas de asistencia como el vigente en la Argentina. En general, la entidad quiere que el tipo de cambio sea establecido libremente por el mercado, y se opone a la utilización del dinero que presta para fijarlo, entre otras cosas porque según la experiencia esos intentos a veces sirven únicamente para financiar fugas de capitales. 



Aun así, en la renegociación realizada el año pasado dio su “permiso” para que el Banco Central saliera a vender o a comprar dólares, según correspondiera, en caso de que la cotización quedara por encima o por debajo de una banda que iría variando con el paso de los meses. Pero incluso los movimientos del tipo de cambio dentro de esa banda resultaron unos implacables proveedores de zozobra en un momento en que la cercanía de las elecciones proporciona un factor de incertidumbre adicional, más allá de que este factor político no tendría el peso que tiene si las inconsistencias económicas no lo alimentaran.



El aval a que venda dólares incluso dentro de esa banda podría estar indicando que el FMI empieza a comprender que ciertas reglas consideradas de validez universal por la ortodoxia económica no funcionan de la misma manera en la Argentina, un país cuyos habitantes han dejado de confiar en su moneda y en las promesas gubernamentales relacionadas con la marcha de la economía en el futuro inmediato. El “pecado” que implica la intervención del Banco Central, hoy suficientemente provisto de reservas, podría morigerar la certeza de que el dólar no puede hacer otra cosa que subir y darle a la entidad un arma para ponerle freno no tan dañina como la mantención de tasas de interés astronómicas que ahogan la actividad productiva.



Sin embargo, salir a vender dólares para mantener a raya su cotización es una práctica respecto de la cual la Argentina tiene una larga y nada edificante experiencia, cuyo capítulo de 2018, durante la gestión de Luis Caputo como presidente del Banco Central, es apenas el último de una saga reiterativa: la de una secuencia en la que se invierten miles de millones para evitar una devaluación que de todas formas termina por producirse, pero con las reservas internacionales mucho más flacas. Así se fueron 15 mil millones de dólares el año pasado, sin evitar que la cotización se más que duplicara.



Se entiende, claro está, que la urgencia es terminar con la volatilidad de hoy. Pero no se pueden restaurar la confianza y las expectativas, ni las del mercado ni las de la gente, con un instrumento que goza de semejante reputación.