Tal como era de esperar a la luz del penoso desempeño de la economía en casi todos los rubros, y la propia sensación imperante en el ambiente, el último informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) resultó uno de los más duros en la historia del instrumento, al considerar que casi un tercio de los hogares argentinos, y más del 40 por ciento de los habitantes del país, se encuentran alcanzados por el flagelo de la pobreza. Más allá de las suspicacias por el momento en que se dio a conocer el trabajo que da cuenta de la medición realizada en el tercer trimestre del año, a menos de una semana del cambio de gobierno y pocas horas antes de que el presidente Mauricio Macri comunicara por cadena nacional una reseña de su gestión, es preciso tomar nota acerca de la profundización de un desafío frente al cual nadie, y no solamente la fallida administración que agoniza, ha estado a la altura.
Como suele ocurrir, las reacciones de los funcionarios que se sintieron interpelados por el informe –al que Macri no pudo aludir en su mensaje por haber sido grabado con anterioridad– eludieron el fondo de la cuestión al acusar a la UCA de actuar con “intencionalidad política” y reiterar ciertos cuestionamientos de base técnica, en otros tiempos adjudicados a una selección sesgada de la muestra, que llevan a que las mediciones de pobreza de la UCA den invariablemente cifras un poco más altas que las del Indec, obtenidas sobre la base de un universo más amplio. Y como se ha señalado aquí en otras oportunidades en que se planteó esta suerte de “competencia” entre estos dos relevamientos, lo que verdaderamente importa es aquello en lo que no discrepan en absoluto: ambos reflejan un marcado agravamiento del fenómeno.
Frente a las suspicacias que generaron las acusaciones de manipulación política, se ha respondido que en realidad las fechas para la difusión de estos informes se deciden con meses de antelación, y que no se trató de dejar mal parado a Macri en particular, en tanto la intención es “generar conciencia en la dirigencia política” en su conjunto. En cualquier caso, nadie debería olvidar que si hubo un gobierno incomodado de manera sistemática y persistente por el trabajo de la UCA fue el de Cristina Kirchner, cuyos voceros solían reaccionar en consecuencia, a veces de manera destemplada, con ataques mucho más virulentos que los de los funcionarios actuales.
Por cierto, es de una hipocresía indisimulable que aquellos que entonces defenestraban los informes del Observatorio de la Deuda Social ahora los utilicen para atacar a sus adversarios políticos, mucho más cuando su performance en materia de lucha contra la pobreza se limitó en mantenerla en porcentajes apenas menores que los actuales, con oscilaciones más relacionadas con el precio de la soja que con el desarrollo de políticas públicas eficaces. Y todavía peor, utilizaron como principal arma mentir al respecto, hasta que la mentira se hizo tan grotesca que abandonaron la medición oficial. Cabe esperar que el próximo presidente, que era jefe de Gabinete cuando se iniciaron las manipulaciones en el Indec, cumpla su promesa de no volver a incurrir en el despropósito que su compañera de fórmula mantuvo durante sus ocho años en el poder.
Por lo demás, por justo que parezca ante cifras como las difundidas el jueves ensañarse con Macri, teniendo en cuenta su pedido de que la pobreza fuera la vara para medir el éxito de su gestión, no debería olvidarse que el fracaso no es solo suyo, ni siquiera compartido con sus predecesores, sino que involucra a toda una sociedad que no consigue salir de la decadencia. Y que por el contrario tiende a consolidarla, en tanto la incidencia mucho mayor del flagelo en los jóvenes y niños que denuncia el informe insinúa un futuro aun más pesaroso que este presente.
Frente a las suspicacias que generaron las acusaciones de manipulación política, se ha respondido que en realidad las fechas para la difusión de estos informes se deciden con meses de antelación, y que no se trató de dejar mal parado a Macri en particular, en tanto la intención es “generar conciencia en la dirigencia política” en su conjunto. En cualquier caso, nadie debería olvidar que si hubo un gobierno incomodado de manera sistemática y persistente por el trabajo de la UCA fue el de Cristina Kirchner, cuyos voceros solían reaccionar en consecuencia, a veces de manera destemplada, con ataques mucho más virulentos que los de los funcionarios actuales.
Por cierto, es de una hipocresía indisimulable que aquellos que entonces defenestraban los informes del Observatorio de la Deuda Social ahora los utilicen para atacar a sus adversarios políticos, mucho más cuando su performance en materia de lucha contra la pobreza se limitó en mantenerla en porcentajes apenas menores que los actuales, con oscilaciones más relacionadas con el precio de la soja que con el desarrollo de políticas públicas eficaces. Y todavía peor, utilizaron como principal arma mentir al respecto, hasta que la mentira se hizo tan grotesca que abandonaron la medición oficial. Cabe esperar que el próximo presidente, que era jefe de Gabinete cuando se iniciaron las manipulaciones en el Indec, cumpla su promesa de no volver a incurrir en el despropósito que su compañera de fórmula mantuvo durante sus ocho años en el poder.
Por lo demás, por justo que parezca ante cifras como las difundidas el jueves ensañarse con Macri, teniendo en cuenta su pedido de que la pobreza fuera la vara para medir el éxito de su gestión, no debería olvidarse que el fracaso no es solo suyo, ni siquiera compartido con sus predecesores, sino que involucra a toda una sociedad que no consigue salir de la decadencia. Y que por el contrario tiende a consolidarla, en tanto la incidencia mucho mayor del flagelo en los jóvenes y niños que denuncia el informe insinúa un futuro aun más pesaroso que este presente.

