Un acto que importa más que la coyuntura en la que se realiza
La ciudadanía va hoy a las urnas en un contexto en que la mezcla de desazón, temor y esperanza presenta diversas proporciones según el punto de vista del votante. Lo hace en medio de una de las crónicas crisis económicas que afligen y enervan a una población harta de las decepciones, pero no por ello eximida de la obligación de seguir apostando por la búsqueda de una salida dentro del único sistema de convivencia capaz de proporcionarla a pesar de las periódicas frustraciones que también insiste en proveer.
Al cabo de un extenso período en el que la agenda pública estuvo condicionada en extremo por el proceso electoral, como ocurre invariablemente en la Argentina en los años impares, particularmente en aquellos en que se renueva la Presidencia de la Nación, la ciudadanía va hoy a las urnas en un contexto en que la mezcla de desazón, temor y esperanza presenta diversas proporciones según el punto de vista del votante. Lo hace en medio de una de las crónicas crisis económicas que afligen y enervan a una población harta de las decepciones, pero no por ello eximida de la obligación de seguir apostando por la búsqueda de una salida dentro del único sistema de convivencia capaz de proporcionarla a pesar de las periódicas frustraciones que también insiste en proveer.
Se trata de la novena elección presidencial en los últimos treinta y seis años, desde la que el 30 de octubre de 1983 consagró a Raúl Alfonsín en un momento en que la expectativa de que la democracia que acababa de recuperarse tuviera una existencia prolongada en el tiempo se sostenía más en los deseos colectivos que en una evaluación objetiva de la situación que pusiera en la balanza la ajetreada historia de este país. Un país que llevaba más de medio siglo durante el cual el respeto por las instituciones venía siendo la excep- ción y la apuesta para transformarlo en regla era cuanto menos un alarde de audacia, cuando justamente emergía de un ciclo de violencia política extrema enervada por el regimen criminal que acababa de ceder el poder pero seguía en alguna medida al acecho.
Aquellas fueron las circunstancias en las que arrancó este ciclo virtuoso que ya lleva treinta y seis años, que millones de votantes no tienen demasiado presentes porque carecen de la experiencia directa de vivir dentro de un régimen dictatorial, y por lo tanto están en condiciones de dar, felizmente, la democracia por sentada. Recordarlas en un día como hoy resulta oportuno para revalorizar el acto de introducir un sobre en una urna, convertido en rutinario pero no hace tanto tiempo vedado debido a su poder transformador.
Desde luego, sería una necedad negar que desde 1983 las amenazas contra la democracia parecen haber cambiado y ahora las más graves parecen anidar en su propio seno, enarboladas por algunos de quienes pretenden ser protagonistas activos de la vida pública sin una praxis acorde con los valores intrínsecos del sistema. Sus éxitos se sobreentienden, sus fracasos se sobredimensionan, emergen un cansancio y una exasperación a veces justificados, a veces rayanos con el infantilismo, inclusive en sociedades a las que les ha ido bastante mejor que a la argentina con la continuidad institucional y, sin embargo, se resisten a reconocer su carácter esencial para aspirar a cualquier estadio superior.
En ese marco, y sin que signifique de ningún modo dejar de lado críticas y cuestionamientos a todo aquel comportamiento que lo justifique en una dirigencia pródiga en generar decepciones, cabe exhortar a la ciudadanía a renovar el compromiso con la democracia mediante un acto sencillo y a la vez trascendente como el de emitir el voto. Y a que lo haga, de ser posible, con una convicción respecto de los valores republicanos independiente de la alegría, la frustración o el prudente escepticismo con que al final del día habrán de recibirse los resultados.
Se trata de la novena elección presidencial en los últimos treinta y seis años, desde la que el 30 de octubre de 1983 consagró a Raúl Alfonsín en un momento en que la expectativa de que la democracia que acababa de recuperarse tuviera una existencia prolongada en el tiempo se sostenía más en los deseos colectivos que en una evaluación objetiva de la situación que pusiera en la balanza la ajetreada historia de este país. Un país que llevaba más de medio siglo durante el cual el respeto por las instituciones venía siendo la excep- ción y la apuesta para transformarlo en regla era cuanto menos un alarde de audacia, cuando justamente emergía de un ciclo de violencia política extrema enervada por el regimen criminal que acababa de ceder el poder pero seguía en alguna medida al acecho.
Aquellas fueron las circunstancias en las que arrancó este ciclo virtuoso que ya lleva treinta y seis años, que millones de votantes no tienen demasiado presentes porque carecen de la experiencia directa de vivir dentro de un régimen dictatorial, y por lo tanto están en condiciones de dar, felizmente, la democracia por sentada. Recordarlas en un día como hoy resulta oportuno para revalorizar el acto de introducir un sobre en una urna, convertido en rutinario pero no hace tanto tiempo vedado debido a su poder transformador.
Desde luego, sería una necedad negar que desde 1983 las amenazas contra la democracia parecen haber cambiado y ahora las más graves parecen anidar en su propio seno, enarboladas por algunos de quienes pretenden ser protagonistas activos de la vida pública sin una praxis acorde con los valores intrínsecos del sistema. Sus éxitos se sobreentienden, sus fracasos se sobredimensionan, emergen un cansancio y una exasperación a veces justificados, a veces rayanos con el infantilismo, inclusive en sociedades a las que les ha ido bastante mejor que a la argentina con la continuidad institucional y, sin embargo, se resisten a reconocer su carácter esencial para aspirar a cualquier estadio superior.
En ese marco, y sin que signifique de ningún modo dejar de lado críticas y cuestionamientos a todo aquel comportamiento que lo justifique en una dirigencia pródiga en generar decepciones, cabe exhortar a la ciudadanía a renovar el compromiso con la democracia mediante un acto sencillo y a la vez trascendente como el de emitir el voto. Y a que lo haga, de ser posible, con una convicción respecto de los valores republicanos independiente de la alegría, la frustración o el prudente escepticismo con que al final del día habrán de recibirse los resultados.