Opinión | Editorial |

Un caso argentino de enfermedad debida al “vapeo”

Más allá de lo discutible que resulta en términos de eficacia un método que propone combatir una adicción sin interrumpir el suministro de la sustancia que la provoca, la evidencia de que el cigarrillo electrónico ocasiona daños adicionales a la salud, aun cuando pueda anotársele algún éxito en la lucha contra el tabaquismo, ya parece incontrovertible.

Pocos días después de conocida una clara advertencia de las autoridades sanitarias de los Estados Unidos respecto de los peligros asociados al cigarrillo electrónico, la aparición en la Argentina de un caso en el que este relativamente novedoso elemento es sindicado como responsable de una seria patología confirma que se está frente a un problema incipiente que debe ser contenido antes de su propagación. Más allá de lo discutible que resulta en términos de eficacia un método que propone combatir una adicción sin interrumpir el suministro de la sustancia que la provoca, la evidencia de que este elemento en particular ocasiona daños adicionales, aun cuando pueda anotársele algún éxito en la lucha contra el tabaquismo, ya parece incontrovertible.



En principio, el llamado “vapeo” se vende como un método para dejar de fumar que emplea un criterio similar al de los menos cuestionables chicles o parches de nicotina. Como esta es la sustancia que genera en el cuerpo una dependencia que lleva al fumador a vivir su carencia como algo difícil de soportar, la idea es proveerla por una vía que no incluya el monóxido de carbono y demás sustancias que se ingieren junto al tabaco, cuyo vínculo con diversos tipos de cáncer, sobre todo de pulmón, y varias afecciones de las vías respiratorias, entre ellas la EPOC, está sobradamente probado por la ciencia.



Claro está, al no renunciar a la nicotina, el riesgo de volver al cigarrillo común está mucho más vigente que en quienes luego de un tiempo de soportar la abstinencia aprenden a convivir con su adicción. Pero de todas formas, no deja de ser cierto que los males del hábito de fumar son tan graves que muchas veces se prefiere alentar cualquier cosa que funcione, aun cuando esté lejos de constituir la solución ideal e incluso presente contraindicaciones concretas. Sin embargo, cada vez está más claro que el vapeo no debería ser incluido en este paquete de opciones, ni siquiera a manera de transición antes de abandonar por completo la ingesta de la droga (algo que puede ser meramente ilusorio) y cuando hasta puede ser para los adolescentes un modo de iniciarse en el consumo de nicotina antes de pasar al tabaco.



De hecho, como se mencionó en esta página tiempo atrás, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC) detectó casi 1500 casos de problemas pulmonares relacionados con el “vaping”, incluidos 33 que terminaron con la muerte del paciente. Estas cifras sugieren que el caso argentino, que obligó a mantener al enfermo con asistencia respiratoria en terapia intensiva durante varios días antes de darle el alta, seguramente no sería el único conocido si el seguimiento estadístico fuera más puntilloso.



Paradójicamente, el cigarrillo electrónico no está autorizado en la Argentina, pero el dispositivo y los líquidos saborizados para la recarga se pueden adquirir fácilmente por internet y también existen muchos kioskos donde se dispone del material. Es muy probable, entonces, que muchos de los consumidores directamente ignoren la prohibición o, peor todavía, crean que están consumiendo un producto inocuo que incluso les trae beneficios al ayudarlos a dejar de fumar. En un país donde los avances contra el tabaquismo son visibles –aun cuando todavía constituya un problema sanitario de primera magnitud–, acaso sería preciso que las campañas de concientización incorporaran entre sus advertencias la información sobre los peligros del “vapeo”, que ya ha perdido su máscara de aliado para revelarse claramente como un nuevo enemigo.