Si los balances a los que habitualmente dan lugar las fechas conmemorativas incluyen por lo general la confrontación de los avances en la materia de que se trata con los desafíos que quedan por delante, en los correspondientes al Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que se celebra hoy, es inevitable la reiteración de un resumen contradictorio que a esta altura tiende a volverse rutinario. Mientras es cada vez mayor la visibilización de la problemática y el fortalecimiento de las herramientas institucionales para hacerle frente, la acumulación de casos concretos transmite la impresión de que la búsqueda de un cambio en la materia encuentra una resistencia que también crece en dureza y empecinamiento.
Desde hace tiempo, la concepción de la violencia doméstica como un asunto familiar que debe ser resuelto dentro de las paredes del hogar viene perdiendo terreno, a punto tal de que si bien da señales de subsistir en todos los estamentos de la sociedad ya casi no encuentra voces que la defiendan públicamente. Este proceso de toma de conciencia ha sido acompañado desde el Estado, en sus diferentes instancias, a través de la sanción de legislación específica y la creación de organismos y dependencias dedicados a trabajar en la prevención del flagelo o sobre sus consecuencias.
Aun cuando no han faltado las voces críticas hacia la morosidad del debate legislativo, las trabas burocráticas para poner en práctica normas ya sancionadas o la lentitud de la actuación de la Justicia, sería necio e injusto negar el valor de estos esfuerzos. Sin embargo, la abundancia de casos en la crónica cotidiana, que sólo recoge los más graves, deja en evidencia que el cambio cultural necesario para aprovecharlos en toda su magnitud se desplaza a una velocidad todavía menor, y que encontrar la mejor manera de acelerarlo es la parte más difícil de esta lucha.
En estos días se vivió un ejemplo con la campaña difundida por las redes sociales, una serie de historias breves en las que un hombre que representa diversas variantes del machismo y la misoginia es persuadido por otro más abierto y tolerante sobre lo disvalioso de su comportamiento respecto de las mujeres. Aunque generó el impacto buscado y despertó grandes elogios, también fue reprobado desde el feminismo con más formación teórica por resultar condescendiente y hacer hincapié sobre todo en el sufrimiento de la víctima y no en la vulneración de sus derechos, que existe independientemente de cuál sea su reacción frente a las agresiones.
En cualquier caso, debería rescatarse este y cualquier otro disparador que sirva para mantener vivo el debate, en vista de que todas las estadísticas en la materia –desde las emanadas de los juzgados que tratan las denuncias de violencia familiar hasta los relevamientos sobre la expresión más terrible del flagelo, los femicidios- demuestran la necesidad de seguir buscando formas de combatir la que ha sido definida como “la violación a los derechos humanos más extendida y frecuente en todo el mundo”. Es bueno que haya dejado de ser además la más ignorada, pero está claro que no es suficiente.
Aun cuando no han faltado las voces críticas hacia la morosidad del debate legislativo, las trabas burocráticas para poner en práctica normas ya sancionadas o la lentitud de la actuación de la Justicia, sería necio e injusto negar el valor de estos esfuerzos. Sin embargo, la abundancia de casos en la crónica cotidiana, que sólo recoge los más graves, deja en evidencia que el cambio cultural necesario para aprovecharlos en toda su magnitud se desplaza a una velocidad todavía menor, y que encontrar la mejor manera de acelerarlo es la parte más difícil de esta lucha.
En estos días se vivió un ejemplo con la campaña difundida por las redes sociales, una serie de historias breves en las que un hombre que representa diversas variantes del machismo y la misoginia es persuadido por otro más abierto y tolerante sobre lo disvalioso de su comportamiento respecto de las mujeres. Aunque generó el impacto buscado y despertó grandes elogios, también fue reprobado desde el feminismo con más formación teórica por resultar condescendiente y hacer hincapié sobre todo en el sufrimiento de la víctima y no en la vulneración de sus derechos, que existe independientemente de cuál sea su reacción frente a las agresiones.
En cualquier caso, debería rescatarse este y cualquier otro disparador que sirva para mantener vivo el debate, en vista de que todas las estadísticas en la materia –desde las emanadas de los juzgados que tratan las denuncias de violencia familiar hasta los relevamientos sobre la expresión más terrible del flagelo, los femicidios- demuestran la necesidad de seguir buscando formas de combatir la que ha sido definida como “la violación a los derechos humanos más extendida y frecuente en todo el mundo”. Es bueno que haya dejado de ser además la más ignorada, pero está claro que no es suficiente.

