Opinión | Editorial

Un instrumento perfectible pero valioso

Más allá de las evaluaciones sobre el desempeño específico de cada candidato, muchas veces condicionadas por los posicionamientos políticos de quienes las realizan, el primero de los debates preelectorales ha dejado la sensación de que se está frente a un instrumento potencialmente valioso aun cuando en esta oportunidad no haya sido aprovechado apropiadamente.
Sin el nivel de expectativas que seguramente habría despertado si para el 27 de este mes se estuviera anticipando una competencia reñida y de final incierto, se desarrolló finalmente el primero de los dos debates preelectorales previstos en aplicación de la ley que en 2016 volvió obligatorio un mecanismo al que la dirigencia argentina ha sido históricamente reacia. Más allá de las evaluaciones sobre el desempeño específico de cada candidato, muchas veces condicionadas por los posicionamientos políticos de quienes las realizan, queda la sensación de que se está frente a un instrumento potencialmente valioso aun cuando en esta oportunidad no haya sido aprovechado apropiadamente.



Más allá de ciertas conclusiones extraídas de las primeras experiencias en la materia -como el superior desempeño de John F. Kennedy sobre Richard Nixon antes de la elección presidencial norteamericana de 1960-, existe un consenso generalizado en cuanto a que los debates tienen pocas posibilidades de ejercer una influencia significativa en el resultado, salvo en casos en que la diferencia entre los candidatos sea mínima. De todas formas, en la Argentina ha sido habitual que quienes aparecían como probables perdedores los reclamaran sistemáticamente con la esperanza de revertir la tendencia mientras los probables ganadores los negaban con cualquier excusa para evitar incurrir en riesgos innecesarios.



Estas especulaciones oportunistas y utilitarias soslayan que, independientemente de su incidencia en la decisión del electorado, un debate está en condiciones de realizar un aporte valioso en términos de cultura ciudadana, al estimular el interés de la sociedad en un aspecto de la vida comunitaria que le concierne directamente aun cuando una parte de ella suela permanecer inmersa en la indiferencia. Se trata de una forma de participación que refuerza el compromiso con el sistema democrático, que se beneficia incluso, y sobre todo, si se asume desde una posición crítica y exigente. 



De hecho, es desde esa perspectiva que se han formulado bien fundados cuestionamientos al formato utilizado en esta oportunidad luego de las arduas negociaciones entre los participantes y la Justicia Electoral, de las cuales emanó un debate que para muchos no justifica ser denominado como tal. Incluso cuando se entienda y se comparta plenamente la necesidad de establecer un sistema de reglas capaz de impedir desviaciones susceptibles de transformar el evento en una riña degradante, la impresión es que un exceso de prudencia y de rigidez le quitó sustancia a lo que no por ser un acto de enorme seriedad institucional debería carecer de nervio y emoción.



De todas formas, las mediciones de audiencia demostraron que no fueron pocos los argentinos que, a pesar de que con toda probabilidad la enorme mayoría de ellos ya tenía su voto decidido de antemano, decidieron restarle dos horas a su descanso dominical -o más, si se añaden los comentarios previos y posteriores- para participar de un acto ya convertido en rutinario dentro de los procesos electorales modernos. Cabe esperar que los lados más criticables de la experiencia, que sin duda los ha tenido, generen iniciativas que conduzcan a perfeccionar el instrumento y no a suprimirlo, dejándolo librado nuevamente a la voluntad de quienes pretenden subordinar el debate democrático a su conveniencia personal.