Opinión | Editorial

Una amenaza que no debería ser sobredimensionada

Más allá de lo comprensible que resulta la actitud de subir la guardia frente a lo que se percibe como una agresión cuyo nivel de peligrosidad no alcanza a vislumbrarse con precisión, se impone advertir sobre la necesidad de que cualquier medida que se tome para defenderse del coronavirus no debe terminar por volverse más dañina que el propio microorganismo.
Una vez más, el mundo se ve conmovido por la irrupción de una enfermedad de la que nadie había escuchado hablar hasta hace pocas semanas, transformada súbitamente en una amenaza mayor que cualquiera de las conocidas para buena parte de la prensa, del público en general y de las autoridades políticas de diferentes lugares del mundo. Más allá de lo comprensible que resulta la actitud de subir la guardia frente a lo que se percibe como una agresión cuyo nivel de peligrosidad no alcanza a vislumbrarse con precisión, se impone advertir sobre la necesidad de que cualquier medida que se tome para defenderse del coronavirus no debe terminar por volverse más dañina que el propio microorganismo.



La publicación de cifras sobre el progresivo aumento del número de casos y de víctimas fatales, infaltable en todos los medios de comunicación a lo largo de los últimos días, apuntala la sensación de que se está ante una ola incontenible que tarde o temprano podría cubrir todo el planeta, frente a la cual urge erigir barreras para cubrirse. En este punto, surge la demanda de medidas drásticas y radicales, sin demasiada escrupulosidad a la hora de distinguir en qué casos son prudentes y oportunas y en cuáles se vuelven puramente efectistas, meros fuegos de artificio, o directamente contraproducentes.



En ese sentido, vale destacar la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de no reaccionar frente a este tipo de brotes -o al menos frente a este en particular, por ahora- con la imposición de restricciones demasiado estrictas al traslado de personas o de bienes, y mucho menos con virtuales cierres de fronteras. La experiencia de años ha permitido establecer que estrategias de este tipo no dan en la práctica grandes resultados en términos de contención de la enfermedad, mientras en cambio sí perjudican las economías de los países involucrados, al perturbar el comercio y el turismo.



Aunque en este caso no se ha arribado al mismo nivel de paranoia, es oportuno recordar que al cabo de la alarma mundial generada en su momento por el primer brote de la temible “gripe A”, se reveló que en rigor era menos letal que la gripe común de todos los inviernos. También el coronavirus tiene una mortandad relativamente baja en relación con el número total de enfermos, y siempre las víctimas fatales tenían patologías preexistentes que aumentaban su vulnerabilidad. Tampoco se trata de una enfermedad incapacitante, que deje secuelas irreversibles una vez completada la recuperación del paciente.



Desde luego, nada de esto significa que las autoridades sanitarias deban ignorar este brote y actuar como si nada hubiera sucedido: está claro que debe seguirse con atención toda la información al respecto, en particular la suministrada por los organismos internacionales, que son los más aptos para recomendar los pasos a seguir. Se trata, sin embargo, de tener una reacción equilibrada, acorde con la magnitud de la amenaza y no dictada por el pánico.

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