Una desafortunada justificación de la violencia
Aun cuando el juicio que acaba de concluir con la condena a la joven arquitecta cordobesa que mutiló sexualmente a su amante versó sobre un tipo de agresión que no es totalmente inédito, su desarrollo en un contexto en que problemáticas como la violencia de género y el empoderamiento femenino ocupan un lugar central en la agenda pública lo han vuelto parte de un debate en el que acaso no debería ser del todo bienvenido.
Luego de reinstalarse en la opinión pública con un impacto similar al que generó en su momento la difusión del episodio en sí, ocurrido hace casi dos años, el caso de la joven arquitecta cordobesa que mutiló sexualmente a su amante mientras estaba manteniendo una relación alcanzó un punto culminante, si bien no definitivo hasta tanto haya una sentencia firme, con la condena a trece años de prisión para la acusada. Aun cuando el juicio que acaba de concluir versó sobre un tipo de agresión que no es totalmente inédito, su desarrollo en un contexto en que problemáticas como la violencia de género y el empoderamiento femenino ocupan un lugar central en la agenda de la sociedad lo han vuelto parte de un debate en el que acaso no debería ser del todo bienvenido.
Las razones por las cuales el hecho terminó por ser encuadrado como una tentativa de homicidio en lugar de lesiones gravísimas, carátula que llevó hasta pocas semanas atrás y cuyo cambio obligó a convocar a un jurado popular, han quedado explicitadas en el debate aunque no han dejado conforme a la defensa. Pero en cualquier caso, no han quedado dudas acerca de la escrupulosa planificación del ataque, ejecutado con frialdad y sin dejar mayor margen para alegar emoción violenta o mucho menos legítima defensa.
Sin embargo, desde ciertos sectores que se autodenominan feministas no han faltado voces que defienden a Brenda Barattini con el argumento de que había sufrido reiterados abusos por parte del denunciante, quien la “trataba como a un objeto”, compartía imágenes de ella con sus amigos y la había perjudicado personal y profesionalmente. Ninguna de esas acusaciones fueron comprobadas, pero incluso de ser ciertas no habrían alcanzado por sí mismas como para justificar una respuesta de “justicia por mano propia” tan desproporcionada como la sufrida por la víctima.
Sin duda, existen circunstancias en que una mujer encerrada en una relación signada por la violencia y el sometimiento puede verse llevada a un estado de desesperación tal que agredir al hombre que la sumió en esa situación se le presente como la única salida posible. Sin embargo, y como ya se puso de manifiesto en otro caso resonante, el protagonizado por la condenada por homicidio Nair Galarza, todo indica que en otros casos hay otras opciones disponibles y que se agrede por elección. No es posible que se pretenda aplicar automáticamente un criterio asimilable al “algo habrá hecho” la víctima para encontrar atenuantes cada vez que los roles de agresor y agredido se invierten en relación con la manera en que se distribuyen en la gran mayoría de los casos.
En ese marco, quejarse porque Barattini o Galarza recibieron penas duras –no más que las contempladas por el Código Penal para delitos como los que cometieron, sin distinción del sexo del perpetrador– o porque en sus juicios no se aplicó la “perspectiva de género” termina por afianzar la imagen de que existe una especie de guerra en la que cualquiera que forme parte del bando propio merece ser defendido independientemente de lo que haya hecho. Ni el feminismo entendido como la búsqueda de la igualdad entre todos los seres humanos, ni la lucha contra la violencia machista, causas nobles en las que el conjunto de la sociedad y todos sus miembros deberían estar comprometidos, merecen quedar en entredicho por esa deformación.
Las razones por las cuales el hecho terminó por ser encuadrado como una tentativa de homicidio en lugar de lesiones gravísimas, carátula que llevó hasta pocas semanas atrás y cuyo cambio obligó a convocar a un jurado popular, han quedado explicitadas en el debate aunque no han dejado conforme a la defensa. Pero en cualquier caso, no han quedado dudas acerca de la escrupulosa planificación del ataque, ejecutado con frialdad y sin dejar mayor margen para alegar emoción violenta o mucho menos legítima defensa.
Sin embargo, desde ciertos sectores que se autodenominan feministas no han faltado voces que defienden a Brenda Barattini con el argumento de que había sufrido reiterados abusos por parte del denunciante, quien la “trataba como a un objeto”, compartía imágenes de ella con sus amigos y la había perjudicado personal y profesionalmente. Ninguna de esas acusaciones fueron comprobadas, pero incluso de ser ciertas no habrían alcanzado por sí mismas como para justificar una respuesta de “justicia por mano propia” tan desproporcionada como la sufrida por la víctima.
Sin duda, existen circunstancias en que una mujer encerrada en una relación signada por la violencia y el sometimiento puede verse llevada a un estado de desesperación tal que agredir al hombre que la sumió en esa situación se le presente como la única salida posible. Sin embargo, y como ya se puso de manifiesto en otro caso resonante, el protagonizado por la condenada por homicidio Nair Galarza, todo indica que en otros casos hay otras opciones disponibles y que se agrede por elección. No es posible que se pretenda aplicar automáticamente un criterio asimilable al “algo habrá hecho” la víctima para encontrar atenuantes cada vez que los roles de agresor y agredido se invierten en relación con la manera en que se distribuyen en la gran mayoría de los casos.
En ese marco, quejarse porque Barattini o Galarza recibieron penas duras –no más que las contempladas por el Código Penal para delitos como los que cometieron, sin distinción del sexo del perpetrador– o porque en sus juicios no se aplicó la “perspectiva de género” termina por afianzar la imagen de que existe una especie de guerra en la que cualquiera que forme parte del bando propio merece ser defendido independientemente de lo que haya hecho. Ni el feminismo entendido como la búsqueda de la igualdad entre todos los seres humanos, ni la lucha contra la violencia machista, causas nobles en las que el conjunto de la sociedad y todos sus miembros deberían estar comprometidos, merecen quedar en entredicho por esa deformación.