Tal como era de esperar, el paso del presidente Alberto Fernández por el Vaticano dejó como saldo un encuentro cordial en el que predominaron las coincidencias en cuanto a la preocupación por la situación social y la necesidad de hacer frente a problemáticas como la pobreza y el narcotráfico. No obstante, el cuidado puesto por ambas partes para esquivar todo posible cortocircuito originado en el que aparece como el principal elemento disruptivo en la relación bilateral no pudo impedir que la cuestión del aborto tomara un protagonismo que ninguna de las dos deseaba y que según todo lo indica habrá de mantener en el futuro inmediato.
Como se va convirtiendo en una inquietante costumbre, Fernández ha vuelto a apuntar al periodismo menos afín con el proyecto político que encarna, al que adjudicó "una enorme necesidad de mostrar discrepancias, de hacer parecer que nos estamos peleando con la Iglesia” debido a las numerosas notas que hicieron foco en lo que él habría preferido que ni se mencionara. Sin embargo, frente a la confusión entre los comunicados oficiales de las partes en torno del temario de las reuniones del presidente con el Papa y con su secretario de Estado, resultaba inevitable que un periodista con pretensión de objetividad señalara la contradicción inicial y relatara la secuencia de aclaraciones y desmentidas. No hacerlo sería no cumplir apropiadamente con su trabajo.
El problema es que, se lo mencione o no, se lo trate de manera más o menos explícita o se lo deslice entre líneas, el aborto constituye un punto de fricción inevitable a partir de las tomas de posición de todos los involucrados. Basta pensar en el rechazo de la Iglesia a la iniciativa del expresidente Mauricio Macri de dar vía libre al tratamiento legislativo del tema, aun cuando él personalmente se pronunció “en defensa de la vida”. ¿Cómo podría no reprobar a su sucesor, por más que lo sienta más cercano ideológicamente en temáticas económicas y sociales, cuando éste sí está en favor de la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, e incluso ha prometido impulsarla con un proyecto propio?
Habrá que ver cómo la relación bilateral celebrada luego de esta visita se ve afectada por la reactivación del debate en el Congreso, respecto de la cual Fernández acaba de ratificar su compromiso. Lo ha hecho mientras reafirmaba su pretensión de llevar adelante la iniciativa sin exacerbar las divisiones existentes en la sociedad, un propósito que no se entiende del todo cómo planea cumplir.
Cabe advertir que la composición del Senado no ha cambiado en un sentido que permita prever un resultado diferente del registrado en 2018, cuando rechazó el proyecto que venía de ser sancionado en Diputados. Salvo que algunos senadores modifiquen su voto frente a un intenso activismo -que algunos calificarían como presión- del Poder Ejecutivo, como el que se verificó en 2010 en oportunidad de la aprobación de la ley de matrimonio igualitario, contra la cual la Iglesia -cuya principal figura en la Argentina era precisamente el actual Papa- militó firme pero infructuosamente.
En cualquier caso, da toda la impresión de que el año en curso el debate por el aborto cumplirá el mismo papel que en 2018, cuando matizó el abrumador protagonismo de la crisis económica en la agenda pública aunque sin aliviar sus consecuencias. Y afectará la relación con la Iglesia en un grado que no dependerá del tratamiento que le dé al tema la prensa, sino de la energía que cada parte esté dispuesta a desplegar en defensa de sus respectivas posturas.
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