Opinión | Editorial

Una señal constructiva y necesaria

Una vez que la natural exacerbación de las pasiones propia de una competencia en curso ha dejado de tener un motivo racional para subsistir fuera de la campaña electoral, el encuentro entre un presidente que deja el cargo y otro que se apresta a reemplazarlo debería ser algo absolutamente normal. En la Argentina, sin embargo, es una rareza que se roba gran parte de la atención pública y justifica el elogio a la actitud de sus protagonistas.
Las primeras 24 horas posteriores a la jornada electoral que consagró como el próximo presidente de la Nación al candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández, dejaron un saldo variado que va entre el análisis de resultados que una vez más dejaron muy mal paradas a las consultoras que difundieron encuestas de intención de voto a la danza de versiones sobre la posible integración del nuevo gabinete, con foco particular en el impacto sobre los mercados financieros, que fue significativo pero no tan devastador como el verificado inmediatamente después de las primarias del 11 de agosto. No obstante, es indudable que el dato político más trascendente está dado por la reunión celebrada en la Casa Rosada entre el mandatario en ejercicio y su sucesor designado, cuya sola concreción ya implica un mensaje positivo que además se ve potenciado por lo que ha trascendido acerca de su desarrollo.



Desde luego, y como se ha señalado con toda razón antes y después del encuentro, en un estado de cosas ideal no debería haber ningún motivo para sorprenderse. La coexistencia entre un presidente en retirada y otro electo pero todavía sin el poder formal es es una circunstancia inevitable que se reproduce periódicamente en el devenir de una democracia republicana, y llevarla adelante del modo más civilizado posible no puede menos que redundar en beneficio de todos: del que se va, del que llega y del pueblo cuyo interés supremo se han comprometido a custodiar como máxima prioridad.



Si esto es así siempre, mucho más debería serlo en una coyuntura tan delicada como la que se vive, con una economía sumamente castigada en lo macro y también en el seno de los hogares, que no agota su capacidad de añadir zozobra y sufrimiento y amaga continuamente con colapsar. Sin embargo, las profundas divisiones de la sociedad argentina, exacerbadas desde los dos sectores que electoralmente vienen de ser representados por los participantes de la reunión de ayer en la Casa Rosada, son una invitación a aguardar la transición con escepticismo, mucho más si se recuerda cómo fue la última, hace apenas cuatro años.



Por eso lo que debería ser un encuentro absolutamente normal, una vez que la natural exacerbación de las pasiones propia de una competencia en curso no tiene un motivo racional para subsistir fuera de la campaña, es en la Argentina una rareza que se roba gran parte de la atención y justifica el elogio a la actitud de sus protagonistas. Aun cuando se rechacen los posicionamientos y las propuestas, incluso las trayectorias de uno y otro dentro y fuera de la gestión pública, resulta tranquilizador que al menos por el momento, en este instante particular, hayan dado señales de estar a la altura de las altas responsabilidades que les toca afrontar en esta hora.



Desde luego, dado que la transición recién empieza, es de imaginar que no será nada fácil mantener la armonía puesta de manifiesto en el arranque a lo largo de todo el proceso: después de todo se trata de adversarios políticos con diferentes puntos de vista políticos e ideológicos. Cabe esperar que la buena recepción que ha tenido en todos los ámbitos ese mensaje de buena voluntad transmitido por el encuentro de ayer ayude a reforzar la actitud generosa y constructiva que el país demanda, por válidos que se encuentren los motivos para seguir confrontando.