Tiempos donde el tiempo ya no es el mismo, cambiamos los hábitos, las maneras de relacionarnos. Se ausentaron las deliberaciones y se silenciaron los bares, los espacios compartidos. Se multiplicaron los delivery, las ganancias de las empresas de películas y series on line. Se vaciaron las aulas, se frustraron vacaciones, espectáculos deportivos y culturales.
De repente todo un planeta y una especie (humana) sintió que los proyectos de corto o largo plazo debían aprender a esperar. La tan presente ansiedad que nos rodea no encontró espacios para seguir corriendo y consumiendo la vida y nos sentimos extraños al tener que encauzar nuestras energías hacia nuevos sitios no siempre definidos, síntoma (¿y nostalgia?) de un tiempo vivido que no admitía esperas.
A las explicaciones sanitarias sobre la pandemia se sumaron los análisis periodísticos que buscan dar respuestas para calmar la nueva cara de la incertidumbre: la angustia sobre el futuro. Nos dimos cuenta de que no éramos tan fuertes como parecíamos, ni tan seguros como creíamos ni tan solventes como nos mostrábamos. Se impuso otra vida aunque más real que nunca, que sorprende y desorienta por lo que éramos hasta hace apenas 75 días y ya no somos…
La pandemia vino acompañada de otras pandemias: desbordes emocionales, violencia, deterioro de la economía y de la calidad de vida, cambio de las condiciones laborales, endeudamiento del mundo y tantas otras. Comienza ahora un tiempo distinto, y un futuro que acumula angustias ante la sorpresa de lo inesperado.
Tiempos de múltiples espacios que antes eran propios de las relaciones humanas, y que hoy ocupa la tecnología, hasta llegar a presagiarse que será el eje de un nuevo modelo de relaciones en la sociedad.
¿Se modificarán los modos de enseñar y aprender? ¿Cómo será concebido el trabajo? ¿Se desplazarán franjas de trabajadores al teletrabajo? ¿Y los hábitos comerciales y la atención profesional? ¿Cuál será el rol de los sindicatos y de empresarios agremiados? ¿Cómo se adaptarán las pequeñas y medianas empresas?
La nueva realidad necesitará espacios de deliberación social para enfrentar los interrogantes y los cambios, para reparar y dar sentido a la vida compartida en comunidad. No pueden resolverlos unos pocos. Tampoco serán los algoritmos ni la más radical revolución tecnológica los que puedan realizarlos.
Es una ardua tarea humana la que queda por delante para construir el bien común en este tiempo. Y más que nunca deberíamos abonar el camino a través de la reflexión y la deliberación respetuosa, deberíamos desplazar las posiciones intempestivas, concluyentes y unilaterales en las que cada uno intente salvarse solo y como puede.

