El supermercado al que voy no es el que era. Se ha vuelto otro. Una larga cola de gente espera su turno para entrar. Ninguna sonrisa. En la puerta, dos policías con guantes blancos te rocían con alcohol. Las estanterías, desbordantes hace una semana, ahora dan muestras de agotamiento. En la calle, casi nadie. Sólo los autos son indicios de una multitud que no se ve. Hay retenes policiales; en algunas ciudades patrullan helicópteros. Llego a casa. Me lavo las manos porque los especialistas dicen que es una manera de evitar el riesgo. Lo hago una, dos, tres veces. Eso, el virus, lo ocupa todo: las conversaciones, las acciones, la manera en que se ha moldeado la rutina diaria. En las pantallas, imágenes de la tragedia en un país europeo: camiones militares que llevan centenares de cadáveres sin que se haya disparado una bala. Hago lo que me dicen. Me encierro. Para que eso no me alcance.

Ese párrafo, que hace apenas unos días hubiera sido apenas un ejercicio chapucero de ciencia ficción, hoy es una descripción de la vida cotidiana. Una escena de esta época en que entramos en cuarentena.

La ciencia ficción, la buena, es una incursión de la imaginación en los temores más profundos de los seres humanos. Es el mundo que nadie quiere vivir. Y que siempre se ubica en el futuro. O en mundos paralelos. Lo anómalo de la situación actual, lo extraordinario, es que ese futuro, que ese mundo de miedos, está aquí. Hoy. Ahora.

Y el miedo que desata es el más elemental que tenemos: el miedo a la muerte, la propia y la de los nuestros, que solemos solapar con la cotidianeidad y la rutina. Por eso, cuando el tema empezó a explotar, había quienes argumentaban que tenían preocupaciones más cercanas que un virus remoto: la cotidianeidad es anestesiadora porque, aun con sus complicaciones, nos da la sensación de que podemos manejarla.

Somos una sociedad que no piensa en la muerte, que la evita como si así pudiera exorcizarla. Prefiere dedicarse a correr detrás de la guita y del entretenimiento perpetuo. Por eso es infinitamente más valioso, cuando todo es normal, quien nos entretiene que quien puede salvarnos.

En las redes circuló en los últimos días algo que seguramente es una noticia falsa pero que contiene una enorme carga de verdad. Una supuesta científica española dice: “Ustedes que le pagan un millón de euros a Messi y a Cristiano Ronaldo y a mi sólo 1.800, vayan y pídanles a Messi y a Cristiano Ronaldo que los cure”.

Ahora que ese miedo se hizo corpóreo, la mirada de todos se volvió hacia dos sectores principalmente: los gobiernos y los científicos.

La crisis actual habilita una pregunta: ¿qué pasaría si no hubiera Estado? ¿Qué ocurriría en una situación sanitaria límite como la actual si estuviéramos librados a nosotros mismos o, peor aún, a los equilibrios del mercado?

El Estado, y los gobiernos, hacen siempre lo que están haciendo ahora: organizan, planifican, dirigen. La diferencia es que en una crisis de dimensiones humanitarias su nivel de exposición crece exponencialmente y sus márgenes de error se estrechan.

¿Qué Estado es preferible hoy, ante el coronavirus? ¿Uno fuerte, con un sistema sanitario extendido y abastecido, con capacidad de respuesta, con médicos y aparatología de primer nivel? ¿O uno abandonado, empobrecido, presupuestariamente debilitado? El primero no aparece por milagro el día en que surge un virus que nos amenaza; es una construcción de años, continua, persistente.

Por estos días en que el miedo se ha esparcido, es común escuchar a personas que renegaban del Estado y de su voracidad fiscal, que lo defenestraban por meterle la mano en el bolsillo constantemente, reclamarle ahora que tenga una capacidad de respuesta propia del mundo desarrollado. Le exigen en este contexto que llegue a todos lados, que los salve, que sea lo que hasta ayer no debía ser.

El desarrollo de la crisis depende en gran parte del Estado y la etapa posterior también. El durante y el después del coronavirus. Para enfrentar la pandemia, evitar que se desmadre, curar a los enfermos y atacar las consecuencias económicas y sociales que sobrevendrán inevitablemente.

Incluso, la particularidad de la cuarentena obligatoria decretada por el gobierno de Alberto Fernández es un desafío para el Estado. Porque está en juego una de sus prerrogativas fundamentales, esa que aparece en momentos de emergencia: el monopolio del uso de la fuerza y la posibilidad de decidir sobre la movilidad de las personas. Es la disposición de los cuerpos lisa y llana, sin sutilezas ni mecanismos de ocultamiento.

Si fracasa en esa etapa, entonces habrá mostrado su impotencia. De ahí, que el gobierno de Fernández esté amenazando con decretar el estado de sitio si los niveles de incumplimiento se disparan. Porque, a pesar del bombardeo de información, de la dantesca situación que viven Italia y España, hay gente que no cree que sea para tanto y que pretende seguir con su vida normal.

El coronavirus tiene, entre sus múltiples facetas, una dimensión política. El Presidente está sometido a una enorme presión. No sólo porque se enfrenta a una crisis sanitaria inédita, cuyo alcance es desconocido, sino porque debe hacerlo con las arcas devastadas, una economía paralizada, una recesión que lleva dos años, una moneda endeble y con su liderazgo político aún en construcción.

Sin embargo, allí mismo reside para él una oportunidad.

Hasta ahora, la mayoría de la gente ha destacado el manejo de la situación que ha mostrado Fernández. Una encuesta que la consultora CB cerró ayer y que alcanzó 1.500 casos en todo el país señala que el 65,3% de los argentinos están muy conformes con las medidas adoptadas por el Presidente durante la crisis. Casi el 60% está de acuerdo con la cuarentena total. En paralelo, siete de cada diez encuestados criticaron a Cristina Fernández por viajar a Cuba mientras el país entraba en una fase fundamental para contener el avance del virus.

Alberto dispone de la chance de construirse como líder y de salir de la sombra de Cristina. No la tiene fácil. Porque el enemigo lo trasciende y el resultado, para usar una metáfora futbolera, no depende sólo de él.