Con el acompañamiento de una docente que se capacitó a lo largo del 2018, los chicos se embarcaron en un proyecto de robótica que les permitió activar el mecanismo de una barrera y de un molino, pero en menor escala.
“A principio de este año fuimos a retirar dos kits que nos envió el Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Provinica, a nosotros y a la escuela Mariano Moreno, las únicas de nivel primario de Río Cuarto”, explicó a Puntal Griselda Irusta, la directora de la escuela María Madre de Calcuta. Ambas instituciones trabajan en jornadas extendidas de ciencia.
“Lo recibimos, nos capacitamos, y las maestras compartieron las experiencias con sus colegas”, añadió. “Yo quería que los niños que se van, los de sexto grado, por lo menos pudieran ver de qué se trataba la robótica”, señaló Irusta.
El kit de tecnología y robótica consiste en una serie de piezas para distintos modelos de diferentes complejidades. “En un principio, no nos animábamos, por desconocimiento”, contó la directora. Luego, una maestra que ingresó como suplente comenzó a buscar información y entró en contacto con otras personas para que la capacitaran.
“Armaron una barrera y una vuelta al mundo, y después la programaron para que funcione”, señaló Irusta.
“Pensábamos que no iban a poder, porque había dos kits para 22 niños, cuando lo ideal es que trabajen 3 niños por kit, pero nos sorprendieron: los niños sabían más de lo que nos imaginábamos, tienen mucha agilidad”, expresó.
Además, la directora comentó que en general, los chicos no tienen acceso a computadoras en sus casas, por lo que todo el aprendizaje se realizó dentro del ámbito escolar.
La escuela ubicada en Ciudad Nueva cumplió 10 años en junio y recibe a 130 estudiantes del sector. “Nos conocemos todos, vienen los padres y hacemos trabajos con ellos. Los chicos no tienen que tomar un colectivo para venir a la escuela porque está cruzando la calle; nosotros hacemos visita domiciliaria cuando faltan, es un contacto diferente”, describe la directora.
En el centro educativo funciona un grado múltiple por la mañana, y los demás son de primero a sexto con una población aproximada de 20 a 25 alumnos por curso.
-¿Qué rescatás de esta experiencia educativa?
-Lo primero que rescatamos es el desarrollo de algunas competencias: poder trabajar con el otro, la colaboración y organización al momento de manipular tornillos. Había algunos que sabían más que otros, pero lo más valioso es poder lograr un trabajo colaborativo y el pensamiento crítico para seleccionar, elegir, cumplir roles.
Además, más allá del contexto, en que los chicos tienen poco acceso a la tecnología, nosotros apuntamos a que ellos se valoren y levanten la autoestima. La idea es continuar el año que viene trabajando en esta área.
Los programadores más jóvenes
Sentados alrededor de una mesa en una de las salas, aunque las clases hayan finalizado, Miqueas González, de 12, y Ruth López, de 11, reciben a este medio para contar su incursión en la robótica.
Las clases se realizaban una vez a la semana y solos los alumnos se organizaron en dos grupos: los chicos armaron el molino y las chicas la barrera. “Nos dividimos el trabajo: uno iba poniendo los tornillos, el otro alcanzaba las cosas y así”, explicó Ruth.
-Cuando vino la maestra con las cajas y les dijo que iban a hacer robots, ¿qué pensaron?
-Ruth: No sabía lo que era un robot. Quedamos todos sorprendidos en el curso. Cuando empezamos a trabajar nos empezó a gustar.
-¿Qué aprendieron?
-R: Aprendí a poner tornillos y cómo se acomodaban las cosas. Nunca había hecho nada de eso.
Todos aprendieron a programar en las computadoras que hay en la escuela, pero algunos tuvieron ese rol específico al momento de poner en acción los robots.
-¿Cómo fue el día que los pusieron en marcha?
-Miqueas: Fue lindo. Fueron varios pasos. No nos salió de entrada, tuvimos complicaciones porque nos faltaban partes, pero no nos enojamos ni nada, volvíamos a intentar.
El impulso necesario
Beatriz Alí es la maestra de grado que encabezó la formación en robótica.
-¿Cómo recibiste esta idea?
-B: Cuando llegó la propuesta, allá por abril, fue todo un poco rápido y uno medio que no entendió mucho. Fuimos a recibir los kits, tuvimos una leve capacitación, porque estaba más dirigido para el secundario, donde los profes tienen más conocimiento de física y de mecánica que nosotros, que es muy poco lo que vemos. Cuando volvimos intentamos replicárselo a nuestras compañeras para que ellas vieran lo que habíamos hecho y que aprendieran también. Y ahí costó... más con los adultos que con los niños. Hubo muchísima resistencia: no querían, o decían que no se podía, porque como en toda tecnología, hay momentos en los que sale muy bien y hay momentos en que no le das en la tecla a lo que tenés que apretar.
En cambio con los niños fue totalmente diferente desde el momento cero en que les dijimos que íbamos a dar robótica. Para meterlos en tema yo empecé a contarles la historia, les busqué videítos, hubo un grupo que sabía mucho de robots, de la inteligencia artificial y otros que no.
-Pareciera que es un asunto lejano, cuando en realidad todo lo que nos rodea tiene algo de robótica.
-Exactamente. Y ahí salió que un celular, una licuadora, una plancha, son todos artefactos que tienen una programación que los hace funcionar. A los chicos les llamó la atención mucho el tema cuando uno le decía todo lo eléctrico que usamos en casa: desde el exprimidor, todo les llamaba la atención, que todo se puede controlar.
-Como docente al frente de la experiencia, ¿qué fue lo más rico que pudieron sacar de este proyecto?
-B: Fue bastante importante porque los chicos se organizaron solos, trabajaron en grupo, el trabajo colaborativo, esperar el turno, que otro me alcanzara el tornillo, la participación, más allá del aprendizaje formal, fue todo un aprendizaje social el que tuvieron.
-¿Qué les dirías a otros colegas que quizás rechazaron las cajas, o cuando las vieron no se animaron a abrirlas?
-B: Que hay que perderle el miedo porque la tecnología nos está invadiendo cada vez más.
Magdalena Bagliardelli. Redacción Puntal