El fútbol no es mérito y por eso está llena la historia de campeones morales. Sin embargo, siempre es bueno reconocer procesos y trayectorias porque no se llega de casualidad a ocupar lugares protagónicos en el competitivo fútbol argentino y menos en la segunda división, esa que habitan gigantes de la talla de Belgrano, Chacarita, Ferro o Platense, que le disputó hasta el último minuto un lugar en la final a Estudiantes de Río Cuarto. El Celeste se abrió camino entre todos ellos con un reconocimiento que se tuvo que ganar desde el primer momento en que pisó la categoría. Y, a fuerza de convicciones y de ratificación de ideas, se fue levantando para ponerse a la altura de quienes aparecían a priori como los grandes candidatos. Los de siempre. Sus virtudes lo llevaron a cambiar rápidamente sus objetivos, esos que muchos le asignaban de entrada, cuando llegó silbando bajito del Federal A. Muchos creían que Estudiantes iba a cuidar su lugar en la Primera Nacional, pero el León de a poco fue levantando la puntería, ganando partidos chivos, esos en los que además de los puntos está en juego el respeto. Y las luces empezaron a enfocarlo. A tal punto que se consolidó en la pelea de arriba cuando llegó la lamentable pandemia que nos detuvo en el tiempo. Y congeló la pelota.

Cuando retornó el fútbol, se organizó una definición diferente a la original y a Estudiantes le costó acomodarse tras el larguísimo parate. Pero no perdió. Empató cuatro partidos seguidos y la cosa se ponía muy difícil para aspirar a un ascenso. Sin embargo, aparecieron otra vez el ritmo olvidado, el toque, la frescura y así hilvanó tres triunfos -el último, por goleada- para hacerse dueño de un lugar en la final por el ascenso a la Primera del fútbol argentino. Sí, a esa categoría en la que juegan el River de Gallardo, el Boca de Russo, Racing, Independiente, San Lorenzo, Vélez y Huracán. Gigantes de verdad a los que Estudiantes quería comenzar a enfrentar para medirse, porque los gigantes que se le cruzaron en el camino no resultaron para el León algo de temer.

Pero en el camino debía sortear el último escollo: Sarmiento de Junín. Sí, el juego de sentido entre Sarmiento y Estudiantes, el maestro y los alumnos, se hizo hasta el hartazgo. Hasta en las escalinatas del estadio se escuchaba a unos esperanzarse con que el alumno superara al maestro y otros con que el padre de la escuela no podía perder con los estudiantes.

Al margen del título trillado que por suerte no es, el equipo de Junín también llegaba por méritos propios después de ganar un grupo igual de difícil que el de Estudiantes. Dejó en el camino a Rafaela.

En verdad, el partido tuvo 35 minutos de alto vuelo para el Celeste, que a esa altura merecía ir ganando por dos goles, pero sólo había convertido uno, de la mano de Bruno Sepúlveda. Los nervios de Sarmiento se observaban dentro de la cancha, pero también desde el banco y los palcos habitados por dirigentes y jugadores que habían quedado fuera de los suplentes. Los reclamos se hicieron ya tan insoportables y constantes que llegó el momento en el que el árbitro debió parar el juego para amonestar a un integrante del banco verde. Sí, un suplente recibió amarilla y sentenció su ausencia en la final.

Cuando la persiana se empezaba a bajar en la primera parte, una jugada aislada de Sarmiento, que había empezado a ir con más ganas que recursos, terminó con la pelota dentro del arco de Ardente: 1 a 1 y a los vestuarios a descansar. El segundo tiempo fue otro partido. Mayor dominio verde pero sin poder modificar el resultado y llegó lo que nadie en la cancha de Unión de Santa Fe, donde se disputó el cotejo, quería. Fue el tiempo de los penales.

Arranque positivo para el Celeste porque el primero de Sarmiento se fue muy alto, por encima del travesaño. La pelota casi sortea la popular y cae al boulevard Pellegrini. Y atrás, la garantía de Ortigoza. “El Gordo” tomó la pelota y ya todos sabían que el arquero verde la iba a tener que buscar en el fondo del arco. Y así fue. Ventaja celeste. Pero no la pudo sostener y finalmente fue derrota, cuando Ardente no convirtió el suyo y Sepúlveda, el autor del gol en el primer tiempo, tampoco pudo vencer las manos de Vicentini. Festejo verde, tristeza celeste.

Pero las lágrimas y la bronca que emanaron como reflejo de ese momento deben abonar la recuperación. De las caídas se sale poniéndose de pie. Y Estudiantes ya demostró que es capaz de enfrentar a gigantes, de sobreponerse a momentos de máxima tensión. Lo tendrá que hacer una vez más; deberá rugir más fuerte para volver a enfocarse en el objetivo en el que sólo el plantel, el cuerpo técnico y los dirigentes creían cuando comenzaron a abrirse paso en la Primera Nacional. El ascenso a la máxima categoría sigue ahí. Es hora de sacudirse el polvo, ponerse de pie y volver a enfrentar los escollos con la misma fuerza y convicción.