La eterna "mano política" en la causa por el ataque a la Amia
El nuevo aniversario del atentado contra la Amia llega en un momento en que las expectativas acerca de que alguna vez se pueda hacer justicia se encuentran en uno de los niveles más bajos de los últimos 26 años, con una verdad cada vez más esquiva debido a la combinación de incompetencia y especulación política que contaminó desde el principio todos los intentos de esclarecer lo ocurrido y sancionar a los responsables. Un panorama no demasiado diferente a los de los años anteriores, dentro del cual resalta la presencia en la Casa Rosada de un presidente que ha protagonizado uno de los más extraordinarios giros en torno del caso de los que se tengan memoria, acerca del cual no sólo se extraña cualquier tipo de explicación sino hasta el reconocimiento de que se haya producido.
En estos días se ha recordado una vez más el texto que Alberto Fernández publicó en un diario porteño en 2015, mientras estaba en el llano, duramente enfrentado a la entonces Presidenta de la Nación, a quien había prestado servicios como jefe de Gabinete. “Cristina sabe que ha mentido y que el memorando firmado con Irán sólo buscó encubrir a los acusados. Nada hay que probar (...) Sólo un necio diría que el encubrimiento presidencial a los iraníes no está probado”, proclamaba un mes después de la muerte del fiscal Alberto Nisman, que había presentado la denuncia del delito que el autor de aquella nota daba por demostrado como una obviedad que no requería de mayor argumentación.
Llamado a declarar en la causa por ese mismo encubrimiento el año pasado, una vez reconciliado con Cristina Kirchner y uncido por ella como candidato presidencial, el punto de vista había cambiado sustancialmente: lo escrito años atrás era simplemente “una opinión política” sobre un hecho que ni siquiera debería haber sido judicializado. Y según la versión conocida horas atrás, el memorándum pasó de ser el instrumento concebido para exculpar a los imputados iraníes, es decir, el arma utilizada para cometer el delito, a un intento de “destrabar el problema”: es decir, exactamente la excusa que siempre presentaron la actual vicepresidenta y sus colaboradores.
Obviamente, semejante giro, que implica no solamente la exculpación judicial sino también una especie de indulto político al manifestar comprensión respecto de las buenas intenciones que animaban la iniciativa -sólo falta que directamente pase a elogiar el escandaloso y a la postre fallido acuerdo- difícilmente refleje un genuino cambio de opinión. Fernández no “vio la luz” después de haberse equivocado, ni recibió información clave de la que antes no disponía. El viraje se vincula exclusivamente con el alineamiento con quien había criticado con tanta dureza, a quien en aquella ocasión llegó incluso a tratar, al recordar que también protegió a su vicepresidente Amado Boudou en el caso de la imprenta Ciccone, como una especie de encubridora serial.
Podría concluirse que la “evolución” del pensamiento y del discurso de Fernández en relación con el ataque a la Amia no hace más que reproducir el sello distintivo de una investigación que siempre estuvo expuesta a los vaivenes políticos, y que conoció intentos de manipulación de orígenes diversos que volvieron el esclarecimiento una verdadera utopía. Frente a antecedentes que incluyen hasta el pago a un imputado para que denuncie a sus cómplices, por orden de un juez y con fondos reservados de la Side, habría sido poco realista esperar algo demasiado diferente.