Con los suelos grises y el aire viciado por el humo que aún persiste en el ambiente, algunos postes humeando y hasta el alambre fundido por el fuego, vecinos de la zona serrana afrontan la dura realidad de haberlo perdido todo.
Los pequeños productores apuran el tranco a caballo para juntar los animales que lograron escapar de las llamas. “No nos quedó nada, pastos no hay. Algunas de las vacas que se salvaron del fuego se mueren estresadas o porque comieron yuyos venenosos. Los terneros que recuperamos los tenemos que criar nosotros”. Otras pocas ovejas y unos caballos aparecen entre las sierras deshidratados por andar hace días en medio de tierra arrasada.
Desde el límite con Punilla hasta Río de los Sauces, el fuego consumió todo a su paso: bosque nativo, campos de pasturas, pinares. Cientos de kilómetros de alambrados, con los postes reducidos a cenizas y el alambre fundido. Además de animales muertos y otros que aún esperan ser rescatados de entre las cenizas.
Así, los relatos de cada uno de los productores consultados por Puntal, quienes no recuerdan un desastre ambiental tan grande. “Hubo algo similar en 2003, pero la verdad es que ni se acerca. Acá el fuego jugaba con nosotros, saltaba de un lado a otro, aparecía por todos lados. Cruzaba el río”, detallaron.
Ayer las últimas llamas de un pinar en proximidades de Alpa Corral habían sido controladas, pero nada es definitivo. El fuego está latente.
“No nos quedó ni un alambrado”
Raúl Balmaceda vive con su mujer y su suegra en Las Leoneras, pasando la histórica Posta de Los Nogales hacia el oeste. De las poco más de 60 hectáreas de la propiedad familiar, unas 8 se salvaron del fuego.
Este productor ahora está ocupado en conseguir alimento para las vacas, caballos, ovejas y chivos que salvó de las llamas encerrándolos en un pequeño corral. “Nos han llegado unas donaciones, pero tenemos que repartir entre unos cuantos productores. Nos va a alcanzar por unos pocos días”, admite el hombre.
“Nosotros siempre fuimos afectados por los incendios. Pero esta vez aparecía por todos lados, era un fuego muy grande”.
Pasaron las llamas y quedó lo peor. Consultado sobre cuál era la necesidad urgente, dijo: “La verdad es que tenemos que esperar una bendición de Dios y es que llueva. Después tenemos que esperar que el pasto vuelva y recuperar los animales. Levantar los alambres, pero para esto hay que tener plata para comprar los postes, la madera es cara y no nos quedó ni una varilla”, relata con desazón.
“Las llamas saltaban el río”
La voz de Patricio Zabala denota cansancio. Hace pocas horas llega a su casa después de recorrer su campo, “Rodeo del Padre”, ubicado unos 18 kilómetros al noroeste de Alpa Corral, en cercanías de Las Lagunitas. Dedicado a la crianza de animales, afronta la dura tarea de rescatar las vacas y los terneros -que por esta época están naciendo- y que se encontraban entre los pinares para llevarlos a un lugar seguro.
La propiedad limita con el campo de la UNRC y el río de por medio impidió que el fuego llegara a la casa. “Gracias a Dios que no cruzó el río, porque si no nos quema todo. Con algunos amigos que habían venido apagamos el fuego”. Fueron más de 5 días de estar peleando con llamas que aparecían de todos los rincones.
Las pérdidas mayores fueron las malezas que servían de alimento a los animales y los alambrados. En los últimos días, algunas vacas que quedaron en los pinares murieron, ya no por el fuego, sino por ingerir yuyos venenosos. Tras la llegada de algunas ayudas en pasturas, ahora tratan de recuperar la hacienda.
“Hay terneros que están recién naciendo, entonces los destetamos y los tenemos en el corral para mejorar el estado de la vaca”, menciona Patricio.
Al igual que otros productores, Zabala reiteró que la urgencia es “que llueva” y esperar que la naturaleza se reinicie.
En un campo ubicado en el Paraje San José, entre Río de los Sauces y Alpa Corral, a unos 5 kilómetros de El Cano, otra familia enfrenta el duro paisaje que dejaron los incendios. Unas 600 hectáreas convertidas en cenizas y cientos de animales desperdigados y débiles luchan por subsistir.
María Isabel Carrizo de Zabala cuenta a Puntal que cada rincón del campo de la familia fue alcanzado por las llamas. Una parte del campo El Pantanillo limita con los Pinares de Rudi que quedaron devastados por las llamas.
Sobre los animales, detalla que hubo muertes de vacas, pero no por el fuego, sino estresadas o envenenadas cuando buscaban con qué alimentarse luego de pasadas las llamas.
“Algunas vacas abandonaron sus terneros. Los trajimos acá y los estamos criando ‘guachos’”.
300 hectáreas perdidas
Sobre la entrada vieja a Alpa Corral y el cruce hacia Río de los Sauces, a unos 2 kilómetros está el campo “La Mesada”, de la familia Acosta. “Fue uno de los primeros campos que se quemaron con el comienzo de los incendios”, expresa Karina Pereyra, esposa de uno de los propietarios.
“Nos quedamos sin nada. Hasta agua llevamos del pueblo. Ni hablar de que se quemaron alambres y postes. Hace unos años atrás llegó un fuego, pero lo lograron apagar rápido. Esta es la primera vez que es tan grande”, remarca.
Cerca de 300 hectáreas de esta propiedad fueron dañadas. De los animales, por el momento no contabilizan pérdidas, pero sí el deterioro por la falta de alimentos. “Conseguimos algunos rollos y ahora con las donaciones que nos acercaron vamos ayudando un poco”.
Así, como estos relatos hay decenas de vecinos que junto con baqueanos y bomberos le plantaron lucha a las voraces llamas que destruyeron cadenas productivas y los ecosistemas serranos.
Queda ahora la ardua tarea de volver a empezar. En medio, las dudas de cómo se iniciaron los incendios, puesto que repiten “la naturaleza sola no pudo generar una desgracia de esta dimensión”.

