El arco era de Amadeo
Ayer fue el cumpleaños 93 de uno de los símbolos de River y del fútbol argentino. Carrizo marcó una época y sus atajadas no serán olvidadas por mucho que pasen los años
Un sobretodo largo. De eso me acuerdo. Era un desfile de modas de una marca reconocida y entre los modelos vino él. Lo acompañaba un grupo de gente del ambiente artístico y de la mano de Ante Garmaz, en la Galería Plaza Europea, recientemente inaugurada, Amadeo caminaba con elegancia y de paso hacía algún jueguito con un balón. Varios chicos de acá lucían jeans de una marca de moda.
Era un sábado y el paso obligado de la barra de amigos hacia la Pi-zzería La Madrileña, antes de ir a Montecarlo (se salía mucho más temprano que ahora), para verlo a él y a algunas señoritas modelos y quedarnos extasiados. Por la belleza de ellas y porque ahí estaba el gran Amadeo. Las mujeres lo miraban, no digo con los cubiertos en la mano, pero llenas de admiración. Amadeo Carrizo habrá tenido cuarenta y algo de años, hacía poco había dejado de jugar y su relación con el fútbol se circunscribía a técnico de Deportivo Armenio. “Tengo algunos recuerdos sobre Deportivo Armenio, pero ya por cuestión de edad y tantos años no recuerdo con exactitud. Fue un momento muy divertido, yo fui a parar al club por medio de la marca Adidas, en la que yo era una especie de relacionista público”, indicó hace algún tiempo.
Los hombres, y recuerdo bien las caras, parecían tener frente a sí a una aparición. Es que Amadeo era un monumento vivo. Y lo sigue siendo. Cada vez que uno se cruza con él, sabe que es un mito viviente.
Imaginen ustedes casi 45 años atrás, por estos pagos, cuando no se veían partidos por tele, estar mano a mano con Amadeo Carrizo.
Amadeo nació el 12 de junio de 1926 en Rufino. Pocas veces un nombre basta, sin el apellido, para saber de quién se trata. Amadeo fue eso. Era el arquero de River. Era el mejor arquero del mundo para muchos, en pelea a la distancia con el ruso Lev Yashin y con puja local con Antonio Roma, el gran portero de Boca.
Amadeo fue arquero de River toda la vida. Es más, uno cree que lo seguirá siendo. Jugó 23 años en el Millonario y fue campeón en AFA en el 45, 52, 53, 55, 56 y 57. Creó un nuevo estilo, salió del arco, no dejó que se le cayera el travesaño encima y amplió el radio de acción de los porteros.
Esa tarde-noche en la galería, habló con todos, soportó algún pesado que le recordaba a Valentim o Sanfilippo y hasta explicó lo sucedido en el Mundial de Suecia 1958. Relató, también, con entusiasmo la epopeya de la Copa de las Naciones del 64, en ese momento, el único título internacional de la selección.
Su amabilidad posibilitó a los más jóvenes arrimarnos a escucharlo con sumo respeto. Si hasta mostró una dosis de consideración extrema cuando dio detalles de una visita junto a River para jugar ante Atenas, empate dos a dos, en 1965, con sillas dentro de la cancha del Albo a manera de plateas vip. Agrego hoy, haciendo base en el libro “Centro atrás”, que River formó esa tarde de marzo del 65 con Carrizo; Saínz, Varacka, Matosas y Grispo; Solari, Cap y Delem; Cubilla, Lallana y Mas.
Hijo de Manuel y María Magdalena, Amadeo debutó en la Primera de River el 6 de mayo de 1945, a los 19 años, en un partido frente a Independiente, victoria dos a uno. El Rojo fue con Cammaratta, Crucchi y Arrigó; Oscar Sastre, Lemmi y Batagliero; Cerviño, De la Mata, Erico, Pairoux y Mourin. River, con Carrizo, Vaghi y E. Rodríguez; Yacono, Giudice y Ramos; Muñoz, Gallo, Pedernera, Labruna y Loustau.
Cerviño, para el Rojo; Labruna y Gallo, para el Millo. Cerviño, entonces, a los 17 del primer tiempo le anotó el primer gol en Primera a Amadeo Carrizo.
Muchos hinchas de River llegaron esa tarde a la Galería con fotos para la firma. Esas en las que su pinta inconfundible dejaba ver gorra, rodilleras y una enorme pelota entre sus manos.
Maestro del fútbol y de la vida, fue récord de arco invicto allá por el 68 (batido luego por otros arqueros, Barisio entre ellos). Era el 14 de julio, había cumplido ya 42 años y jugaban Vélez y River en Liniers. Cuarenta mil personas se pararon para homenajearlo cuando el reloj indicó que había llegado el minuto del récord. Él se sacó la gorra, extendió emocionado su tembloroso brazo derecho y la mano izquierda se dedicó a secar lágrimas.
En alguna nota en El Gráfico manifestó cuál era el delantero al cual prefería no enfrentar: “A Sanfilippo. El petiso era un goleador extraordinario, sacaba el balazo rápido, abajo, muy difícil, porque si va a media altura tenés las manos ahí, pero si va a rastrón es muy difícil. Me hizo varios goles”. Y sobre grandes arqueros: “Hay uno al que no nombran mucho: Isaac López, de Chacarita. Me gustaba también la elegancia de Gabriel Ogando, de Estudiantes. Ya más acá, Pepé Santoro y el Tano Roma, que tenía una fuerza de creerse el mejor y eso valía mucho. Gatti fue sobresaliente en el juego de anticipación y Fillol parecía invulnerable”.
Jugó 520 partidos en River y 20 en la selección, con la que jugó el Mundial de 1958 en Suecia. Tuvo un extraordinario paso por Millonarios de Colombia entre el 69 y 70, que aún se recuerda por aquellas tierras.
Ese Amadeo lleno de historias del arco, repleto de atajadas, con algunas broncas por goles ajenos, ese Señor con mayúscula que desfiló su esbelta figura en la Galería Plaza Europea aquella tarde de sábado, ese don Amadeo es al que saludamos desde Puntal.
Y a los futboleros, los de River y los otros, nos gusta imaginarnos parados frente a él con un apretón de manos de caballeros. Como el que me dio la tardecita que me iba con los muchachos hacia la Pizzería La Madrileña. Recuerdo que miré para arriba y atiné a decir: “Usted es un grande, Amadeo… mi papá dice que es el mejor”. Él tendió su mano, tomó la mía y dijo: “Gracias, pibe… pero vos tenés que pensar que el más grande es tu papá. Y querelo mucho”.
¡Vaya a saber qué cara habré puesto! Sólo sé que no lo olvidé jamás.
Felicidades, Amadeo. Olvidé decirle lo bien que le quedaba el sobretodo largo.
Osvaldo Alfredo Wehbe
Era un sábado y el paso obligado de la barra de amigos hacia la Pi-zzería La Madrileña, antes de ir a Montecarlo (se salía mucho más temprano que ahora), para verlo a él y a algunas señoritas modelos y quedarnos extasiados. Por la belleza de ellas y porque ahí estaba el gran Amadeo. Las mujeres lo miraban, no digo con los cubiertos en la mano, pero llenas de admiración. Amadeo Carrizo habrá tenido cuarenta y algo de años, hacía poco había dejado de jugar y su relación con el fútbol se circunscribía a técnico de Deportivo Armenio. “Tengo algunos recuerdos sobre Deportivo Armenio, pero ya por cuestión de edad y tantos años no recuerdo con exactitud. Fue un momento muy divertido, yo fui a parar al club por medio de la marca Adidas, en la que yo era una especie de relacionista público”, indicó hace algún tiempo.
Los hombres, y recuerdo bien las caras, parecían tener frente a sí a una aparición. Es que Amadeo era un monumento vivo. Y lo sigue siendo. Cada vez que uno se cruza con él, sabe que es un mito viviente.
Imaginen ustedes casi 45 años atrás, por estos pagos, cuando no se veían partidos por tele, estar mano a mano con Amadeo Carrizo.
Amadeo nació el 12 de junio de 1926 en Rufino. Pocas veces un nombre basta, sin el apellido, para saber de quién se trata. Amadeo fue eso. Era el arquero de River. Era el mejor arquero del mundo para muchos, en pelea a la distancia con el ruso Lev Yashin y con puja local con Antonio Roma, el gran portero de Boca.
Amadeo fue arquero de River toda la vida. Es más, uno cree que lo seguirá siendo. Jugó 23 años en el Millonario y fue campeón en AFA en el 45, 52, 53, 55, 56 y 57. Creó un nuevo estilo, salió del arco, no dejó que se le cayera el travesaño encima y amplió el radio de acción de los porteros.
Esa tarde-noche en la galería, habló con todos, soportó algún pesado que le recordaba a Valentim o Sanfilippo y hasta explicó lo sucedido en el Mundial de Suecia 1958. Relató, también, con entusiasmo la epopeya de la Copa de las Naciones del 64, en ese momento, el único título internacional de la selección.
Su amabilidad posibilitó a los más jóvenes arrimarnos a escucharlo con sumo respeto. Si hasta mostró una dosis de consideración extrema cuando dio detalles de una visita junto a River para jugar ante Atenas, empate dos a dos, en 1965, con sillas dentro de la cancha del Albo a manera de plateas vip. Agrego hoy, haciendo base en el libro “Centro atrás”, que River formó esa tarde de marzo del 65 con Carrizo; Saínz, Varacka, Matosas y Grispo; Solari, Cap y Delem; Cubilla, Lallana y Mas.
Hijo de Manuel y María Magdalena, Amadeo debutó en la Primera de River el 6 de mayo de 1945, a los 19 años, en un partido frente a Independiente, victoria dos a uno. El Rojo fue con Cammaratta, Crucchi y Arrigó; Oscar Sastre, Lemmi y Batagliero; Cerviño, De la Mata, Erico, Pairoux y Mourin. River, con Carrizo, Vaghi y E. Rodríguez; Yacono, Giudice y Ramos; Muñoz, Gallo, Pedernera, Labruna y Loustau.
Cerviño, para el Rojo; Labruna y Gallo, para el Millo. Cerviño, entonces, a los 17 del primer tiempo le anotó el primer gol en Primera a Amadeo Carrizo.
Muchos hinchas de River llegaron esa tarde a la Galería con fotos para la firma. Esas en las que su pinta inconfundible dejaba ver gorra, rodilleras y una enorme pelota entre sus manos.
Maestro del fútbol y de la vida, fue récord de arco invicto allá por el 68 (batido luego por otros arqueros, Barisio entre ellos). Era el 14 de julio, había cumplido ya 42 años y jugaban Vélez y River en Liniers. Cuarenta mil personas se pararon para homenajearlo cuando el reloj indicó que había llegado el minuto del récord. Él se sacó la gorra, extendió emocionado su tembloroso brazo derecho y la mano izquierda se dedicó a secar lágrimas.
En alguna nota en El Gráfico manifestó cuál era el delantero al cual prefería no enfrentar: “A Sanfilippo. El petiso era un goleador extraordinario, sacaba el balazo rápido, abajo, muy difícil, porque si va a media altura tenés las manos ahí, pero si va a rastrón es muy difícil. Me hizo varios goles”. Y sobre grandes arqueros: “Hay uno al que no nombran mucho: Isaac López, de Chacarita. Me gustaba también la elegancia de Gabriel Ogando, de Estudiantes. Ya más acá, Pepé Santoro y el Tano Roma, que tenía una fuerza de creerse el mejor y eso valía mucho. Gatti fue sobresaliente en el juego de anticipación y Fillol parecía invulnerable”.
Jugó 520 partidos en River y 20 en la selección, con la que jugó el Mundial de 1958 en Suecia. Tuvo un extraordinario paso por Millonarios de Colombia entre el 69 y 70, que aún se recuerda por aquellas tierras.
Ese Amadeo lleno de historias del arco, repleto de atajadas, con algunas broncas por goles ajenos, ese Señor con mayúscula que desfiló su esbelta figura en la Galería Plaza Europea aquella tarde de sábado, ese don Amadeo es al que saludamos desde Puntal.
Y a los futboleros, los de River y los otros, nos gusta imaginarnos parados frente a él con un apretón de manos de caballeros. Como el que me dio la tardecita que me iba con los muchachos hacia la Pizzería La Madrileña. Recuerdo que miré para arriba y atiné a decir: “Usted es un grande, Amadeo… mi papá dice que es el mejor”. Él tendió su mano, tomó la mía y dijo: “Gracias, pibe… pero vos tenés que pensar que el más grande es tu papá. Y querelo mucho”.
¡Vaya a saber qué cara habré puesto! Sólo sé que no lo olvidé jamás.
Felicidades, Amadeo. Olvidé decirle lo bien que le quedaba el sobretodo largo.
Osvaldo Alfredo Wehbe