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La primera gran alegría

Por Osvaldo Alfredo Wehbe

La foto principal de aquella Copa de las Naciones de 1964 fue la de Ermindo Onega con los brazos en alto, el grito en la boca, arquero en el piso, cuando Argentina se ponía uno a cero en el Pacaembú ante Brasil. Era la segunda fecha de la Copa de las Naciones. Fue un campeonato organizado por la Confederación Brasileña de Deportes en ocasión de cumplir cincuenta años.

Ese número cincuenta encontraba a los brasileños muy cerca de la gloria, a los grandes festejos y no era para menos. Habían ganado los Mundiales de Suecia 58 y Chile 62; les había aparecido Pelé y brillaba Garrincha, era crack Vavá e iban asomando Gerson y Jairzinho. En definitiva, todo era una fiesta.

Se intentó organizar un pequeño mundial con varios invitados, pero muchos de ellos se vieron imposibilitados para jugar.

De todas maneras, se armó un cuadrangular de características lujosas. Jugaron Inglaterra, que dos años después ganaría su Mundial, Portugal con Eusebio y ese conjunto que sería revelación en el 66, el local Brasil y la Argentina con la carga de fracasos internacionales. Justamente en esos Mundiales ganados por Brasil, los nuestros habían defeccionado lo suficiente para tocar fondo.

El torneo se jugó entre el sábado 30 de mayo y el domingo 7 de junio de 1964.

Los partidos fueron diurnos y nocturnos y se disputaron en el Maracaná de Río de Janeiro y el Pacaembú de San Pablo con récords de recaudación.

La Copa se llamó "de las Naciones" y fue un precioso trofeo de cincuenta centímetros de alto, valuado en dos millones y medio de cruzeiros.

Eran tiempos de insignificante presencia televisiva en tierra adentro y la radio ocupaba el sitio de informante, casi exclusivo, para saber de la selección. Y salvo algunos campeonatos sudamericanos, no habíamos ganado algo importante.

Argentina debutó el 31 de mayo en el Maracaná ante Portugal. Se suponía que luego del debut el día anterior de Brasil, goleando a Inglaterra 5 a 1, lusitanos y argentinos jugaban para saber quién estaría más cerca del segundo puesto luego de la primera fecha del cuadrangular. Con goles del "Tanque" Alfredo Rojas a los 11 minutos y otro de Alberto Rendo a los 44, ambos en la etapa final, el equipo albiceleste dirigido por José María Minella ganó dos a cero. La cita siguiente era Brasil, el 3 de junio en San Pablo.

"Tratemos de perder con dignidad", decía un técnico amigo como cábala antes de los partidos de los sábados. Algo de eso habrá pasado por la mente de la gente y de los dirigentes argentinos. Tal vez no, para Minella y los jugadores.

Para empezar había que anular a Pelé. Y para eso se recurrió a José Mesiano, volante de Argentinos Juniors que salió con un 11 mentiroso en la casaca.

La historia, de tan conocida, no deja de tener connotaciones de epopeya, de gesto heroico, de victoria grande. Pelé se enojó y le fracturó la nariz a Mesiano a los 29 minutos. El referí suizo se hizo el zonzo y el 10 brasileño siguió jugando. Mientras, entraba Telch por Mesiano. La leyenda dice que Rattín le pidió al Cordero Telch que se fuera arriba, que de Pelé se encargaría él, lo que inmediatamente asustó al morocho.

Marcó el primero Onega, el segundo Telch, Amadeo Carrizo le atajó magistralmente un penal a Gerson y el increíble joven Telch hizo el tercero.3 a 0. Impensado. Una linda victoria. Al otro día empataban Inglaterra y Portugal en uno.

La definición quedaba para la tercera fecha que se jugaría en el Maracaná.

El 6 de junio, Argentina le arruinaba definitivamente la fiesta a Brasil. Ganamos uno a cero, no sin dificultades, a Inglaterra con gol del Tanque Rojas a los 29 minutos del segundo tiempo y se obtuvo la Copa de las Naciones, única bandera de victoria hasta 1978, por lo menos.

El 7 de junio, Brasil jugó para festejar los 50 años de la Confederación, sin sal, sin gusto, sin sabor a carnaval. Le ganó a Portugal cuatro a uno con un gol de Pelé, otro de Jairzinho y dos de Gerson. Eso sí, salió segundo.

La Copa ya viajaba a la Argentina. Campeón con el arco de Amadeo invicto. Con un plantel integrado por Carrizo y Righi como arqueros; Ramos Delgado, Magdalena, Vidal, Vieytez, Simeone, Vazquez, Rattín, Telch, Varacka, Mesiano, Ermindo Onega, Chaldú, Rendo, Enrique Fernández, Alfredo Rojas, Luis Artime, Prospitti, Willington, Bielli y Victorio Casa.

Tal vez, una de las primeras pisadas firmes a nivel internacional, proyectada más allá de Sudamérica. Una demostración que el fútbol argentino podía, a pesar de los desaciertos dirigenciales de la época que eran distintos a los de ahora, pero errores al fin.

Como decía aquella publicidad de cerveza antes del Mundial de Asia: "Tanta gloria, tanto fútbol ", en tiempos en que la camiseta era el único valor a la vista.

Y con el paso de los años es lo que ha perdurado. La camiseta. Esa por la que los jugadores de la selección en tiempos modernos han defendido casi con amateurismo desde Maradona a Messi, pasando por Kempes y Ruggeri.

La Copa de la Naciones de 1964 fue un buen mojón para arrancarse los títulos morales más tarde. Pasaron 54 años. Y la foto de Ermindo con los brazos arriba y Gilmar a sus pies tiene el valor de siempre.

Por eso antes, ahora y siempre, sigue siendo bueno cantar: "Brasil, decime que se siente...", una historia que ansiamos tenga continuidad desde la semana que viene en Rusia.



Osvaldo Alfredo Wehbe