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Padre e hija: una camára que enlazó momentos de General Cabrera

Más de una generación fue retratada por Héctor Rojo y su hija Carolina, quien desde sus diez años trabajó junto a su papá. Hoy, ella es directora de cine en Córdoba capital y recuerda sus primeros pasos en el mundo de lo audiovisual

El lente de su cámara captó y dejó el recuerdo plasmado en fotografías de las fechas especiales de más de una generación de habitantes de la ciudad de General Cabrera.

Casamientos, bautismos, festejos de cumpleaños, y cualquier fecha que quería ser recordada en los grandes álbumes familiares, Héctor Rojo se hacía presente para cumplir con su deber.

A su lado, una pequeña niña con rulitos y de baja estatura, de no más de 10 años, ayudaba a Héctor para poder captar cada momento exacto del evento a cubrir.

Ella era Carolina Rojo, su hija, quien hoy es directora de cine. La mayor de dos hermanas. Por su parte, la menor, Eliana, es diseñadora.

“En un principio, le modelábamos a mi papá, aunque nuestras caras no eran las mejores, eran de prueba. Llegaba un flash nuevo y había que probarlo”, recuerda Carolina.

Su papá trabajaba en una oficina contable. En 1972, para ayudar a un amigo, Jorge De Giorgi, inician y experimentan un poco el mundo de la fotografía.

“Era todo nuevo para ellos, en esa época no había tanto de dónde estudiar. Una de las cosas que me contaba y me parecían alucinantes es que se usaba la gigantografía aérea y toda la travesías que hacían”, dice Carolina, recordando la juventud de su papá junto a su amigo, y la aventura de escalar una torre para fotografiar la ciudad completa.

Jorge y Héctor se las ingeniaban como podían, incluso se subían al techo de la casa de Jorge y allí revelaban las fotografías en la noche con los líquidos y el desagüe de la estructura.

Admirador del fotógrafo argentino Pedro Luis Raota, Héctor experimentaba el arte y la estética de la fotografía.

Y ahí estaba presente siempre Carolina, quien siguió los pasos de su papá.

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“Lo acompañaba y le hacía el doble flash, y como era chiquita me escondía atrás de la cola del vestido de la novia, o detrás del tul, hacía esos como trabajitos para empezar a tener mis ahorros y de paso ayudarlo a él”, dice Carolina.

En su casa se respiraba arte, su papá con la camára y su mamá, Maria Ponzio, las anotaba a los talleres del Cepea y las incentivaba a desarrollar su parte artística.

Carolina hizo nueve años de literatura, además de teatro, pintura, entre otras disciplinas.

Con doce años, Carolina empezó a utilizar la filmadora de sus papás, y a sus quince años, ya sabía editar con una consola, que fue la primera de la familia Rojo.

“De a poquito, me empecé a animar yo a firmarle, y ya a mis 17 años éramos un equipo, él sacaba fotos y yo filmaba en los eventos sociales”, dice Carolina y agrega: “Al principio me costaba, que mis amigas salieran y yo estuviera trabajando, pero como no es algo que me gustaba tanto salir a boliches, no me costaba al contrario prefería ir más tarde”, relata la directora de cine.

“Si hubiera existido los after, seguro estaba yo”, dice Carolina riéndose, que cuando el reloj marcaba las 4 de la madrugada, luego de una larga jornada de trabajo, llegaba a su casa junto a su papá y disfrutaba de una taza de café o de un sandwich mientras miraban boxeo.

Carolina trabajó más de 15 años en eventos sociales, muchos de ellos, junto a su padre. Hoy recuerda el agradecimiento de la gente de General Cabrera que gracias al trabajo conjunto de la familia Rojo, conservan aún fotografias de los momentos más especiales.

“Mi viejo era muy serio, de pocas palabras. Era muy detallista con la fotografía y el encuadre. Sus fotos eran muy prolijas”, expresa Carolina y suma: “Él no se gastaba una foto de más, aunque fuera digital, sacaba una foto y salía perfecta”.

Héctor se jubiló siendo fotográfo, por lo que fueron muchos años ejerciendo este trabajo. “En el caso de mi viejo, la pasión por la fotografía, se fue disminuyendo de a poquito cuando ya no sentía que era una obligación para darnos de comer”, dice Carolina haciendo referencia que muchas veces la pasión está de la mano con el trabajo, pero otras no.

Pero Héctor siempre se buscaba su momento que más le gustaba que eran las fotos de estudio y de sesiones fotografícas.

“Donde él podía crear y desplegar un poco más su imaginación”, expresa su hija mayor.

La carpintería también era el pasatiempo favorito de su papá, el encuadrar las fotografías y realizaba los marcos.

“En sus últimos días, me acuerdo de haberle preguntado qué hubiera sido si no fuera fotográfo y me dijo que le hubiese gustado saber más de carpintería, para hacer cosas artísticas”, dice Carolina.

A comienzos del 2000 la cabrerense estaba terminando de estudiar Cine en la Universidad Nacional de Córdoba, actualmente vive en allí y es mamá de dos niñas.

“Cuando se jubiló mi papá, él hizo el rol de abuelo, sentado en el sillón y no sacó más fotos. Mi hermana cubre ese papel ahora en nuestras reuniones familiares”, dice Carolina, directora del largometraje “Madre Baile”, el cual recupera la historia de Leonor Marzano, creadora del cuarteto.

Una cámara, la herencia

Héctor falleció el año pasado, Carolina grabó un pequeño video de su papá, días antes de su pérdida y expresa: “De mi viejo, heredé mucho esto de no tenerle miedo a algo diferente, de lo poco usual. El interés por lo distinto, por lo poco común. Tenía ese gustito por eso, y eso lo saque de él, de hecho son temáticas que yo abordo en lo que hago, en mis producciones”, dice Carolina.