Opinión | Gobierno

El Presidente de las oportunidades perdidas

 

Alberto Fernández es el presidente de las oportunidades perdidas. Jamás supo aprovechar, en los 27 largos meses que lleva en el poder, ni siquiera en aquellos en los que acumuló un caudal político que lo invitaba a la audacia, las chances de construir un liderazgo propio que le permitiera independizarse, aunque sea en parte, de las ataduras que le tendió su antigua socia política y actual enemiga interna, Cristina Fernández.

La oportunidad más reciente, y tal vez la última, la dilapidó Fernández en 18 minutos, en ese discurso que osciló entre la insustancialidad y el error y que, en teoría, iba a desatar la guerra contra la inflación pero que no dejó otra cosa que desconcierto y la constatación indubitable de que el Gobierno es impotente para atacar seriamente la suba de precios.

Fernández armó su propia trampa, se encerró a sí mismo y se mordió hasta autoinfligirse heridas que deterioraron aún más su ya golpeada imagen ante la sociedad.

Podría haber sido otra la historia y su resultado. Fernández venía de cerrar un acuerdo con el Fondo Monetario que evitó el default, consiguió una mayoría abrumadora tanto en Diputados como en el Senado y, fundamentalmente, la figura de Cristina salió afectada y disminuida, después de que su hijo Máximo consiguiera sumar a sólo 37 diputados sobre 257 en su cruzada contra el acuerdo, y de que ella misma, que llegó en 2019 como dueña indiscutida de la Cámara Alta, se quedara con apenas 13 votos. La vicepresidenta, frustrada y aislada, ni siquiera se quedó en su silla para presenciar su propia derrota.

Es cierto que a Fernández el acuerdo con el FMI no le deja demasiado para festejar más allá del hecho de haber evitado un desastre mayor e inmediato. Pero, en lo político, implicaba que si él está debilitado, su principal adversaria también, y que podría, asentado en los socios que le quedan y en los gobernadores, haber inaugurado un discurso que hablara de una nueva etapa, nada fácil por cierto pero que iniciaría al menos un camino económico con una perspectiva de normalidad.

Sin embargo, el Presidente no puede consigo mismo. Agobiado por una crisis económica que ha entrado en otra fase, con una velocidad más vertiginosa y por eso mismo más peligrosa, reaccionó imprudentemente ante el dato de que la inflación se disparó al 4,7 por ciento en febrero y de que no hay indicios además que prometan una desaceleración. Ante ese hecho económico, no tuvo mejor idea que generar una expectativa vacía de contenido, que incluso fue tomada para la risa y la burla, al prometer que ahora sí empezaría la guerra contra la inflación. Puso fecha: sería el viernes.

Y el viernes, cuando finalmente apareció, no hizo más que hablar de generalidades sin sustancia, en un discurso deshilachado e incapaz de convencer a nadie, y así no hizo más que atizar la incertidumbre.

¿Para qué habló Fernández si no tenía nada que decir?¿Por qué no esperó, si estaba convencido de que debía lanzar un paquete de medidas, a que estuviera listo y fuera coherente, en vez de verse obligado por él mismo a salir a hablar de la nada y a horadar aún más su ya castigada credibilidad?

El país vive un momento crítico. El Gobierno lo vive también. No sólo por la economía sino principalmente por la política. El Frente de Todos ha demostrado ser un experimento que, electoralmente, funcionó sólo una vez pero que, en términos gubernamentales, ha fracasado con contundencia. No ha encontrado ni un acuerdo de convivencia ni una manera de funcionar que atenúe las diferencias al menos hacia afuera. Ahora, con el acuerdo con el FMI como detonante, parece haber ingresado en una fase autodestructiva.

¿Qué fue si no la reciente actuación de Máximo y Cristina en el Congreso?¿O la patética carta que el secretario de Energía, Darío Martínez, sin duda filtró a los medios y que advertía que el país se quedará sin gas en breve porque Martín Guzmán no libera los fondos?

¿Así van a funcionar quienes fueron socios, sin filtro alguno y llevando a la escena pública cada una de sus internas? Peleas y tironeos por los fondos existen constantemente en todos los gobiernos, incluso en los más pequeños. Pero rara vez llegan a los medios porque quienes los protagonizan son conscientes de que en la exposición ninguno tiene para ganar sino sólo para perder.

El oficialismo parece no ser del todo consciente de la realidad social que vive el país, de la tensión permanente que padece la gente ante el aumento constante de los precios. Hay un dato que marca la magnitud del deterioro:el salario mínimo vital y móvil a marzo es de 33.000 pesos y la canasta que marca la línea de la indigencia se ubicó en 37.413 pesos. El salario mínimo está 4.413 pesos por debajo de la línea ya no de la pobreza sino de la indigencia. Literalmente, ese sueldo no alcanza ni siquiera para comer en esta versión de gobierno peronista.

La crisis económica y política está preocupando a las administraciones provinciales, que ven al Ejecutivo nacional sin capacidad de respuesta. En Córdoba, en el gobierno de JuanSchiaretti, señalan que Alberto está ante una “tormenta perfecta”, que combina componentes explosivos. El elemento que más zozobra provoca es hasta dónde se sostendrá la estabilidad social.

La cuestión energética será un problema de los próximos meses. El planteo de Martínez, imprudente políticamente, no deja de ser real. En Córdoba ya recibieron el diagnóstico de que podría faltar gasoil para levantar la cosecha y, además, que también se complicará la provisión de gas. El agravante es que el país no tiene los dólares necesarios para importar esos insumos; y, aun si dispusiera de ellos, no podría comprarlos porque los jugadores más relevantes del tablero internacional se están sobrestockeando ante las consecuencias de la guerra entre Rusia y Ucrania y la perspectiva de incertidumbre sostenida en la economía internacional.

Ante la crisis energética inminente, el gobierno nacional está sondeando alternativas; una de ellas es modificar la legislación y habilitar que los vehículos en el país funcionen con un mayor porcentaje de biocombustibles. Ahí se abre, dicen en El Panal, una oportunidad para Córdoba.

En el gobierno provincial consideran que, en medio de la crisis, Alberto y su equipo van hacia una intensificación del discurso confrontativo que pone otra vez al campo en la vereda de enfrente. Y allí también perciben un riesgo: dicen que la tensión que se percibe entre los productores contiene un peligro que la Nación no está dimensionando.

“Nos está afectando a todos los gobiernos. Nos preocupa la estabilidad del sistema;ya sabemos que estas crisis son imprevisibles:no se sabe cuándo ni por dónde empiezan ni dónde terminan”, graficó un funcionario.

Desde que prometió iniciar la guerra contra los precios, Alberto Fernández se convirtió en un meme. Esa derivación, lejos de ser graciosa, evidencia un estado de situación:la palabra del Presidente está sobredevaluada y carece de la capacidad de ser performativa, es decir, de influir sobre la realidad en el sentido deseado.

Sería normalmente una situación grave. Pero más lo es ahora, cuando es posible comprender que las oportunidades que perdió Alberto no lo afectaron sólo a él sino fundamentalmente al país, huérfano en esta coyuntura de un liderazgo que esté a la altura de la crisis que lo sacude.

, aunque sea en parte, de las ataduras que le tendió su antigua socia política y actual enemiga interna, Cristina Fernández.

La oportunidad más reciente, y tal vez la última, la dilapidó Fernández en 18 minutos, en ese discurso que osciló entre la insustancialidad y el error y que, en teoría, iba a desatar la guerra contra la inflación pero que no dejó otra cosa que desconcierto y la constatación indubitable de que el Gobierno es impotente para atacar seriamente la suba de precios.

Fernández armó su propia trampa, se encerró a sí mismo y se mordió hasta autoinfligirse heridas que deterioraron aún más su ya golpeada imagen ante la sociedad.

Podría haber sido otra la historia y su resultado. Fernández venía de cerrar un acuerdo con el Fondo Monetario que evitó el default, consiguió una mayoría abrumadora tanto en Diputados como en el Senado y, fundamentalmente, la figura de Cristina salió afectada y disminuida, después de que su hijo Máximo consiguiera sumar a sólo 37 diputados sobre 257 en su cruzada contra el acuerdo, y de que ella misma, que llegó en 2019 como dueña indiscutida de la Cámara Alta, se quedara con apenas 13 votos. La vicepresidenta, frustrada y aislada, ni siquiera se quedó en su silla para presenciar su propia derrota.

Es cierto que a Fernández el acuerdo con el FMI no le deja demasiado para festejar más allá del hecho de haber evitado un desastre mayor e inmediato. Pero, en lo político, implicaba que si él está debilitado, su principal adversaria también, y que podría, asentado en los socios que le quedan y en los gobernadores, haber inaugurado un discurso que hablara de una nueva etapa, nada fácil por cierto pero que iniciaría al menos un camino económico con una perspectiva de normalidad.

Sin embargo, el Presidente no puede consigo mismo. Agobiado por una crisis económica que ha entrado en otra fase, con una velocidad más vertiginosa y por eso mismo más peligrosa, reaccionó imprudentemente ante el dato de que la inflación se disparó al 4,7 por ciento en febrero y de que no hay indicios además que prometan una desaceleración. Ante ese hecho económico, no tuvo mejor idea que generar una expectativa vacía de contenido, que incluso fue tomada para la risa y la burla, al prometer que ahora sí empezaría la guerra contra la inflación. Puso fecha: sería el viernes.

Y el viernes, cuando finalmente apareció, no hizo más que hablar de generalidades sin sustancia, en un discurso deshilachado e incapaz de convencer a nadie, y así no hizo más que atizar la incertidumbre.

¿Para qué habló Fernández si no tenía nada que decir?¿Por qué no esperó, si estaba convencido de que debía lanzar un paquete de medidas, a que estuviera listo y fuera coherente, en vez de verse obligado por él mismo a salir a hablar de la nada y a horadar aún más su ya castigada credibilidad?

El país vive un momento crítico. El Gobierno lo vive también. No sólo por la economía sino principalmente por la política. El Frente de Todos ha demostrado ser un experimento que, electoralmente, funcionó sólo una vez pero que, en términos gubernamentales, ha fracasado con contundencia. No ha encontrado ni un acuerdo de convivencia ni una manera de funcionar que atenúe las diferencias al menos hacia afuera. Ahora, con el acuerdo con el FMI como detonante, parece haber ingresado en una fase autodestructiva.

¿Qué fue si no la reciente actuación de Máximo y Cristina en el Congreso?¿O la patética carta que el secretario de Energía, Darío Martínez, sin duda filtró a los medios y que advertía que el país se quedará sin gas en breve porque Martín Guzmán no libera los fondos?

¿Así van a funcionar quienes fueron socios, sin filtro alguno y llevando a la escena pública cada una de sus internas? Peleas y tironeos por los fondos existen constantemente en todos los gobiernos, incluso en los más pequeños. Pero rara vez llegan a los medios porque quienes los protagonizan son conscientes de que en la exposición ninguno tiene para ganar sino sólo para perder.

El oficialismo parece no ser del todo consciente de la realidad social que vive el país, de la tensión permanente que padece la gente ante el aumento constante de los precios. Hay un dato que marca la magnitud del deterioro: el salario mínimo vital y móvil a marzo es de 33.000 pesos y la canasta que marca la línea de la indigencia se ubicó en 37.413 pesos. El salario mínimo está 4.413 pesos por debajo de la línea ya no de la pobreza sino de la indigencia. Literalmente, ese sueldo no alcanza ni siquiera para comer en esta versión de gobierno peronista.

La crisis económica y política está preocupando a las administraciones provinciales, que ven al Ejecutivo nacional sin capacidad de respuesta. En Córdoba, en el gobierno de Juan Schiaretti, señalan que Alberto está ante una “tormenta perfecta”, que combina componentes explosivos. El elemento que más zozobra provoca es hasta dónde se sostendrá la estabilidad social.

La cuestión energética será un problema de los próximos meses. El planteo de Martínez, imprudente políticamente, no deja de ser real. En Córdoba ya recibieron el diagnóstico de que podría faltar gasoil para levantar la cosecha y, además, que también se complicará la provisión de gas. El agravante es que el país no tiene los dólares necesarios para importar esos insumos; y, aun si dispusiera de ellos, no podría comprarlos porque los jugadores más relevantes del tablero internacional se están sobrestockeando ante las consecuencias de la guerra entre Rusia y Ucrania y la perspectiva de incertidumbre sostenida en la economía internacional.

Ante la crisis energética inminente, el gobierno nacional está sondeando alternativas; una de ellas es modificar la legislación y habilitar que los vehículos en el país funcionen con un mayor porcentaje de biocombustibles. Ahí se abre, dicen en El Panal, una oportunidad para Córdoba.

En el gobierno provincial consideran que, en medio de la crisis, Alberto y su equipo van hacia una intensificación del discurso confrontativo que pone otra vez al campo en la vereda de enfrente. Y allí también perciben un riesgo: dicen que la tensión que se percibe entre los productores contiene un peligro que la Nación no está dimensionando.

“Nos está afectando a todos los gobiernos. Nos preocupa la estabilidad del sistema; ya sabemos que estas crisis son imprevisibles: no se sabe cuándo ni por dónde empiezan ni dónde terminan”, graficó un funcionario.

Desde que prometió iniciar la guerra contra los precios, Alberto Fernández se convirtió en un meme. Esa derivación, lejos de ser graciosa, evidencia un estado de situación: la palabra del Presidente está sobredevaluada y carece de la capacidad de ser performativa, es decir, de influir sobre la realidad en el sentido deseado.

Sería normalmente una situación grave. Pero más lo es ahora, cuando es posible comprender que las oportunidades que perdió Alberto no lo afectaron sólo a él sino fundamentalmente al país, huérfano en esta coyuntura de un liderazgo que esté a la altura de la crisis que lo sacude.