Hablar de una nueva normalidad se ha convertido en un cliché de la pandemia. Tanto que hoy, apenas cinco meses después del inicio de la cuarentena, es un concepto difuso, que no alcanza a delimitarse semánticamente, que se escapa por insustancial. Sin embargo, en Río Cuarto, justo cuando el virus ha dejado de amagar y ha entrado indubitablemente en la ciudad, el oficialismo está embarcado en fijar el término, darle carnadura y llevarlo al plano de la realidad. Principalmente porque lo necesita, porque debe construir una cotidianidad que conviva con dos realidades paralelas: la sanitaria y la electoral.
Desde que volvió a tener casos, Río Cuarto presenció una escalada; la curva crece, la cifra se va multiplicando. El gobierno de Juan Manuel Llamosas persigue dos objetivos ante esa constatación: que la aceleración de contagios no se dispare peligrosamente y, a la vez, que la presencia del virus se desdramatice. La desdramatización no consiste en desconocer la gravedad del cuadro sanitario ni la capacidad de daño del Covid-19, sino en admitir que el virus llegó, está y seguirá en Río Cuarto y que, como dice Llamosas, “hay que aprender a convivir con él”.
Esa convivencia, en lo sanitario no implica desaprensión sino exactamente lo contrario: como el virus acecha, la gente debe internalizar los cuidados básicos, convertirlos en habituales. Pero, además, el gobierno apunta a construir una normalidad que se extienda a otros planos: el económico y el político.
Ahora que se informan nuevos contagios cada día, la pregunta que surge inevitablemente es si Río Cuarto dará marcha atrás en sus habilitaciones, si retrocederá de fase. El gobierno no solamente ha descartado esa posibilidad -siempre son decisiones condicionadas por supuesto a la realidad epidemiológica- sino que avanza en la dirección contraria: desde la semana próxima volverán los gimnasios y los natatorios, habrá carreras de caballos, y podría haber más flexibilizaciones en el corto plazo.
Esa contraposición entre la marcha del virus y la rigidez de la cuarentena aparece como contradictoria y hasta riesgosa. Sin embargo, en el gobierno municipal -con la venia por supuesto de la Provincia- están dispuestos a sostenerla. Primero, porque necesitan que haya actividad económica, que la rueda gire, que la ciudad trabaje, venda, genere ingresos. Pero, además, porque esas aperturas crean un contexto compatible con la concreción de las elecciones de septiembre. Si casi todo está abierto, si se puede comprar, salir a correr, ir a un bar o a un restaurante, si no está prohibido entrenar en un gimnasio ni al aire libre, entonces ¿por qué no ir a votar? Con protocolos, con distanciamiento, con más escuelas, pero votar al fin.
Ese es el discurso arraigado por estas horas en el Palacio Municipal. El gobierno está dispuesto a sostener la fecha del 27 de septiembre y a evitar nuevas demoras. “Las elecciones se tienen que hacer, no podemos seguir estirando los tiempos. El virus va a estar y los expertos nos dicen que es posible ir a las urnas. Es necesario que se normalice la situación institucional; no podemos seguir con la prórroga indefinidamente”, señaló un funcionario de primera línea del llamosismo.
Esa afirmación contiene un grado de razonabilidad pero, a la vez, de especulación. Porque a medida que corre el tiempo, los riesgos para el intendente se acrecientan, principalmente por el malhumor que genera el deterioro económico derivado de la pandemia.
Por eso la apertura de la gran mayoría de los rubros posee también un fin político: reducir la carga de la bronca, ir apagando los focos de descontento, que además militan su enojo en las redes y en las calles.
En el gobierno admiten que el escenario electoral no es el que era. Los 20 puntos de diferencia de marzo ya no existen, como tampoco existe el país de aquel lejano primer trimestre. Sin embargo, en el oficialismo impera una lectura, al menos hacia afuera, que convierte la merma en la intención de votos en un fenómeno temporal, explicado por una reacción emocional de un sector de la población que está, aseguran, más enojado con la política que con Llamosas. “Cuando llegue el momento de decidir, la gente va a pensar con más detenimiento, va a considerar lo que se hizo en los últimos cuatro años y definirá si, realmente, Llamosas tiene la culpa de lo que está pasando o si es algo que lo sobrepasa. Nosotros creemos que un porcentaje alto de los que se fueron van a volver”, indicó un funcionario del Ejecutivo.
Para atemperar esos enojos, el oficialismo tiene preparados anuncios para las próximas semanas, enfocados más que nada en lo económico. Quiere dar razones para que, efectivamente, esos que se alejaron piensen en regresar.
Pero, además, ayer empezó a ejecutarse un operativo para construir a Llamosas como candidato en la pandemia, para reconfigurarlo y disipar el principal motivo de críticas.
Todo el país vive una situación compleja por la multiplicidad de los frentes abiertos. Pero Río Cuarto le suma además un condimento adicional: debe elegir a su intendente en un contexto de atipicidad extrema. Por lo tanto, cada acción sanitaria o económica está atravesada, simultáneamente, por el componente electoral. La llegada de la plana mayor del Ministerio de Salud de la Provincia y de la cúpula del COE Central apunta en ese sentido. La multiplicación de casos en el sur justifica esa presencia; pero las elecciones también.
Hasta ahora, desde su aparición en la vida cotidiana, el COE era una entidad superestructural que imponía decisiones, restricciones, modos de actuar. Ayer, se exteriorizó un movimiento en sentido contrario: fue Llamosas el que apareció proponiendo un plan preventivo, una serie de medidas para evitar que los casos se transformen en brote, y fue el COE el que rápidamente lo aceptó.
Es decir, se mostró a un intendente tomando la iniciativa, proponiendo ampliar la capacidad instalada para atender a los enfermos, poniéndose por delante de la situación. Allí se entrevé una estrategia con las urnas entre ceja y ceja. Porque apunta a desactivar un dato que surgió en las encuestas y que, tal vez, es el que genera más preocupación: la mayoría de la gente le reprocha al jefe comunal no haber actuado de la manera esperada durante la cuarentena.
Para Llamosas, la llegada de los casos se ha convertido en un desafío. Y en una oportunidad.

