Los beneficios de una escrupulosa planificación
No es la primera vez que presentamos la queja: nuestra vasta y reconocida experiencia en repartir optimismo y buena onda nos hace tropezar una y otra vez con la realidad de que siempre, hasta cuando la mano viene bárbara, hay gente empeñada en buscarle el pelo al huevo. Mientras se suman las buenas noticias en el país y en el mundo acerca de la llegada inminente de las vacunas, una mejor que la otra, que van a permitirnos recuperar la alegría de vivir y los índices récord en muertes por accidentes de tránsito -porque no tenemos dudas de que la nueva normalidad alguna cosita va a heredar de la vieja-, acá aparecen los advertidores profesionales de que cualquier solución sólo es el punto de partida de nuevos problemas. Primero eran esos reparos a la Sputnik V porque faltaba supuestamente información, como si la gilada necesitara saber otra cosa aparte de que está aprobada por Vladimir Putin. Ahora el tema son los opinadores con cara de preocupados que se preguntan -con una respuesta implícita cantada que ni el más abombado puede dejar de captar- si los argentinos tenemos la capacidad organizativa para hacer frente a los desafíos logísticos que plantea una campaña de vacunación tan masiva. ¿Capacidad organizativa, están pidiendo? ¿Acaso no miraron por la tele las solemnes honras fúnebres prodigadas al Diego de la Gente? Hay gente que no se enteró de que este ya no es más un gobierno de CEOs, es un gobierno de científicos, así que habrá que espabilarnos con algunas de las innumerables pruebas brindadas esta semana de que está todo fríamente calculado.
Miremos, por ejemplo, el formidable logro diplomático del gobierno nac & pop, plasmado en haberle marcado la cancha desde el primer minuto, desde antes de su ingreso al partido en realidad, al presidente electo de los Estados Unidos -si es que Donald Trump al final se aviene a convalidar el horroroso fraude del que fue objeto para preservar la integridad del sistema, que la salud de las instituciones siempre ha sido su prioridad- al explicarle el perfil del representante norteamericano que queremos para la directiva del FMI. Con una estrategia cuidadosamente planificada, nos imaginamos de qué manera: “Mirá, primero Alberto conversa con Biden una hora y pico y no toca el tema ni de cerca. Después Felipe sale a decir que nuestro hombre prácticamente le ordenó al coso que saque al garca que está ahora en el FMI y ponga, digamos, a algún compañero de clase de Guzmán en la Universidad de Columbia, preferentemente en la cátedra Cómo patear todo para adelante del doctorado en gestión de crisis. Después decimos que eso fue un invento de Felipe, una “metida de pata” sería el término técnico, para luego ratificarlo en su puesto porque qué problema puede haber en que un canciller meta la pata en la relación con la primera potencia mundial porque confundió Olivos con la Casa Rosada. Y los tipos, desconcertados, piensan Estos sí que son bravos, más vale tenerlos de amigos, y terminan haciendo exactamente lo que queríamos”.
Como se ve, no era exacta la interpretación de que aquel que dejó su marca en la historia con la frase “para hacer política en la Argentina hay que hacerse el boludo” esta vez olvidó sus propias enseñanzas y quiso hacerse el piola. No señor, todo estaba pensado y salió a la perfección. Bueno, falta el último pasito, pero es un trámite, seguro que Biden está full time con encontrar un candidato al FMI que nos complazca, suponemos que no se distraerá con nimiedades de segundo orden como los récords de muertes y de internaciones por coronavirus, las elecciones de Georgia en las que está en juego la mayoría en el Senado o los amagues de Trump de atrincherarse en la Casa Blanca. Y en cuanto a Felipe, esperamos que siga avanzando con la relación cuando en enero concurra a la ceremonia de cambio de gobierno en el Madison Square Garden de Nueva York.
Pero la estrategia de planificarlo todo hasta en el más mínimo pormenor y después seguir escrupulosamente la hoja de ruta no se limita al plano diplomático. De hecho, salvo en lo concerniente a la economía, donde no vale la pena hacer planes porque es un campo donde las cosas se acomodan solas, todas las áreas de gobierno muestran esa obsesión por el detalle. Miremos, por ejemplo, este temita previsional. Aquí la estrategia fue así: “Mirá, primero clausuramos la ajustadora ley macrista de actualización de las jubilaciones, nos tomamos un año de fijar aumentos por decreto para estudiar la mejor fórmula, que asegure a la vez la mejora del poder adquisitivo de los jubilados y la sustentabilidad del sistema. Y una vez que hayamos logrado el ideal de repartir más gastando menos, un hallazgo matemático que sólo la combinación entre sensibilidad social y responsabilidad administrativa propia de un gobierno nac & pop puede concebir, a partir de la síntesis de un año de laburo de las mentes más brillantes en la materia, en el Senado Cristina viene y nos dice No, mejor hagamos esta otra cosa. Y va todo de nuevo, después de que la oposición, los medios hegemónicos y los economistas ortodoxos se hayan sacado con sus críticas infundadas a lo que sabíamos de arranque que no iba a correr”. Los jubilados chochos con esta escrupulosidad a la hora de planificar, porque si hay algo que no te hace falta cuando te ponés viejo son los imprevistos.
Eso sí, por cuidadoso que sea el diseño de los programas, es preciso que sus beneficiarios ayuden un poco. En el caso de las campañas de vacunación, no alcanza con mantener la cadena del frío y el calor en los corazones de los voluntarios, hay que convencer a los integrantes de los grupos de riesgo de que pongan el bracito, lo que puede dificultarse en aquellos que temen la inoculación de un microchip que los convierta en robots teledirigidos por Bill Gates. Miremos si no a los retobados terraplanistas de la Justicia que se empeñan en resistir la medulosamente planificada campaña para liquidar el lawfare. Primero fueron esos jueces macristas de Casación que no creyeron el argumento del esforzado ejército de abogados nac & pop de que el hecho de que hiciera quedar mal a sus clientes era razón suficiente para invalidar los testimonios de los treinta arrepentidos que se pusieron de acuerdo para desacreditar a De Vido y sus fieles colaboradores -más colaboradores que fieles, en los casos de los arrepentidos José López, Claudio Uberti o Víctor Manzanares-, e ignorar que a Cristina ya la absolvió la historia. Terrible, sí, pero apenas un aperitivo para el demencial desvarío de la Corte Suprema de dejar firme la condena de nuestro bien Amado Boudou.
No lo decimos por él, que se las banca: “No voy a cambiar, no me voy a callar, no me voy a esconder y ni siquiera voy a perder la alegría por las cosas que peleo”, humilló. Lo decimos por el daño que se le hace al culto a la planificación que aquí queda injustamente castigado. Revisemos cómo se gestó el caso por el cual Boudou fue condenado: “Mirá, Amado va a hacer como que se quiere quedar con la fábrica de hacer billetes para que después Cristina la expropie simulando que lo hace para encubrirlo. Alberto va a criticar la maniobra, las mentiras y el encubrimiento por escrito, para años más tarde reconciliarse con Cristina, volver al poder y combatir el lawfare, que la alianza gobernante va a denunciar mientras dice que a Boudou le pasa lo que le pasa por haber tocado oscuros intereses corporativos que vendrán buscando venganza. Es más, le pasa por haber perjudicado a los clientes de quien va a ser presidente de la Corte Suprema, que convencerá a los demás ministros, esos que no le dan ni tronco, de votar todos juntos y sin rendir cuentas por la culpabilidad de Boudou. Y así el lawfare va a quedar en evidencia, junto con la inocencia de todos los integrantes del proyecto nac & pop, menos los arrepentidos, o en todo caso los arrepentidos que no se desarrepientan”. Y sí, para planificar hay que planificar bien, a largo plazo y sin dejar que se escape el menor detalle para que no te vacunen.