Opinión | González García

Un Ejecutivo con voces que se contradicen entre sí

La rotunda desautorización sufrida por el ministro de Salud, Ginés González García, en relación con un proyecto que iba camino a ser convertido en ley, deja en evidencia la precaria situación en la que da la impresión de encontrarse un integrante del gabinete que en el marco de la crisis sanitaria actual ocupa una de las posiciones más sensibles.

En un contexto en que las disidencias internas existentes en el oficialismo se manifiestan cada vez de manera más abierta y difícil de disimular, ha sorprendido, sin embargo, su irrupción en un debate en comisión en el Senado, en particular por su localización en un tema que no parece proclive a generar esa clase de rispideces. La rotunda desautorización sufrida la semana pasada por el ministro de Salud, Ginés González García, en relación con un proyecto que iba camino a ser convertido en ley, deja en evidencia la precaria situación en la que da la impresión de encontrarse un integrante del gabinete que en el marco de la crisis sanitaria actual ocupa una de las posiciones más sensibles.

El escenario fue un plenario de tres comisiones de la Cámara Alta convocado para discutir el proyecto de ley que proponía incluir en el programa médico obligatorio (PMO) de obras sociales y prepagas el tratamiento de los pacientes que padecen fibrosis quística. Invitado por los senadores, el ministro de Salud cuestionó en duros términos la iniciativa, vaticinó que generaría problemas de mayor peso que las soluciones que sería capaz de aportar, y hasta descalificó la media sanción que ya había materializado la Cámara de Diputados por haberse producido “sin ningún proceso de análisis".

El testimonio de González García generó una considerable dosis de desconcierto en un auditorio dentro del cual existía un amplio consenso en convertir el proyecto en ley dos días más tarde, sin cambiarle una coma. Parte de la sorpresa, como se señaló en la oportunidad, provenía del pedido explícito de rápida aprobación que había realizado la primera dama, Fabiola Yáñez, en un spot que había grabado ante la inminencia del tratamiento. Sin embargo, la contundencia del rechazo por parte del propio ministro de Salud hizo vacilar a los senadores, que por mayoría decidieron frenar la iniciativa y dedicarle estudios adicionales con participación de la cartera conducida por el objetor.

Pero las sorpresas no habían terminado, por cuanto minutos después de que González García abandonara la videoconferencia la vicepresidenta del bloque oficialista, Anabel Fernández Sagasti, comunicó: “El Presidente de la Nación se acaba de comunicar con la doctora Cristina Fernández de Kirchner y le ha pedido que el oficialismo de esta casa firme hoy dictamen tal y como está la media sanción de diputados”. Así fue como la decisión de seguir analizando el tema que acababan de tomar los senadores quedó sin efecto y el proyecto fue, efectivamente, convertido en ley durante la sesión del jueves pasado.

En principio, la validez de las objeciones de González García constituyen una cuestión técnica sobre la cual, según todo lo indica, los propios legisladores difícilmente estén en condiciones de pronunciarse con fundamento. Pero la grosera falta de coordinación entre el Presidente y su subordinado es una cuestión política de primera magnitud, que no puede ser subsanada con la excusa rutinaria de que “no todos en el Gobierno piensan exactamente lo mismo”.

Desde luego, el papel algo desdibujado de González García en el marco de la lucha contra el Covid-19, en la que aparece con frecuencia opacado por el protagonismo de la secretaria de Salud, Carla Vizzotti, viene sugiriendo que la relación de fuerzas dentro del gabinete no lo favorece demasiado. Pero la irrupción de este cortocircuito en un debate que, aunque importante para las personas enfermas de fibrosis quística y sus familias, tenía una presencia muy limitada en el conjunto de la sociedad aparece como síntoma de una fisura mucho más profunda que la que se veía a simple vista.