Ocho años, dos mandatos presidenciales y todo vuelve a empezar. Con un detalle no menor, se busca solucionar viejos problemas con antiguas recetas que ya demostraron su ineficiencia.
Con el dato inflacionario de marzo en la mano y antes que lo difunda el Indec, el Gobierno apuró un conjunto de medidas para demostrar alguna reacción frente al flagelo de la inflación que está carcomiendo aceleradamente las bases de la clase media baja y avanza hacia arriba de la pirámide social. El 4,7% hizo estallar las alarmas. El año había comenzado con un valor muy alto del 2,9%, cuando el presidente Mauricio Macri declaró en ese momento que los precios empezaban a ceder terreno y la curva de inflación comenzaría a mostrar un descenso que llevaría al acumulado de 2019 alrededor del 20 o 25 por ciento. Frente al 48% del año pasado no dejaba de ser una buena perspectiva.
Pero luego vino febrero con su realidad, que contradijo al Presidente, y trepó al 3,8%. Finalmente, esta semana se conoció el dato de marzo con el que el primer trimestre del año ya acumuló casi un 12%. Una vez más las proyecciones oficiales se parecieron poco a la realidad y esta vez fue el propio Presidente el encargado de pifiar. Ese atributo, hasta aquí, lo venía concentrando fuertemente el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, con sus baterías de brotes verdes y segundos semestres que se convirtieron en espejismos. La economía sigue dando malos resultados a la gestión de Macri, que subestimó los problemas y sobrevaloró la capacidad de su Gobierno para resolverlos. Ni los primeros eran tan simples, ni la segunda resultó tan letal.
Claro que en paralelo la actividad económica continúa en caída libre. El fuerte rebote inflacionario de 2019, que posiblemente superará al de 2018, se combina con una parálisis que las empresas vienen advirtiendo de manera desesperada. La industria sigue con una capacidad instalada en uso que apenas supera el 50% y el comercio y los servicios suman más de un año de caída en sus ventas. Es lo que Domingo Cavallo denominó “estanflación”. Casi el peor de los mundos.
A eso se suma un mercado cambiario que se mantiene inestable, por los movimientos externos y las enormes debilidades internas. El Gobierno se vio claramente superado por la situación y ensayó esta semanas respuestas que cuestionó con dureza cuando fueron aplicadas en la gestión de Cristina Fernández de Kirchner. Tenía razón en aquel entonces esa crítica porque se intentaba combatir una inflación del 25% anual con controles de precios, freno a las exportaciones y cepo cambiario. Después sumó algo más de cotillón con camiones que recorrían el país vendiendo pescado, carne, frutas y verduras. Lo central fue que el proceso de suba de precios nunca se detuvo y sobre eso se sumaron nuevos inconvenientes, porque aparecieron mercados deformados y caída de oferta en muchos productos, como la misma carne. El rodeo argentino vio perder millones de cabezas de ganado que aún no se terminaron de recuperar. La economía siempre ajusta por precio o por cantidad. Es como la ley de gravedad, es en vano perder tiempo en oponerse. La experiencia histórica y mundial muestra que combatir la inflación aplicando medidas sobre las consecuencias puede resultar rentable en el corto plazo, pero si no se llega a las raíces, el éxito será esfímero. Por eso, bajar la inflación suele ser un proceso bastante más difícil que poner topes a los precios. Eso resulta en un corto plazo, pero después empiezan a sentirse los efectos sobre la disponibilidad de productos. Este Gobierno lo vivió con precios claros. Mastellone ofrecía allí el sachet de leche Armonía a 25 pesos. Su primera marca, La Serenísima, superó los $ 40 y se acercó a los $ 50. La Armonía se consiguió en las góndolas hasta que la demanda fue tanta que la empresa decidió restringirla porque las ventas de la primera marca se habían derrumbado. Al tener un tope de precio, Mastellone ajustó por cantidad.
Pero el Gobierno, en contra de sus postulados fundamentales, avanzó esta semana con medidas similares a las que aplicó Cristina: precios congelados por seis meses (hasta las elecciones) y cortes de carne al 50% de su valor actual. Esto último con el agravante de que, tal como ocurrió en la gestión anterior, hay que llegar al Mercado Central de Buenos Aires para conseguirla o bien tener un frigorífico exportador con venta al público cerca. En Córdoba, el único es Logros SA, ubicado en Río Segundo. Allí se venderán costillas, vacío y matambre a $ 149 el kilo. Pero un detalle no menor es que no será carne de ternera o novillito, sino que se tratará generalmente de vaca. Son saldos exportables, y el 70% de la exportación actual está conformada por vacas a China. ¿Qué incidencia tendrá esto? Casi nula.
Además, el Gobierno anunció que congelará tarifas hasta fin de año, lo que agrega dificultad al objetivo comprometido con el FMI de déficit cero. Pero sin dudas generará alivio a los bolsillos, aunque de manera parcial. Muchas de esas tarifas se refieren al agua de Capital Federal y al costo mayorista de la electricidad; luego cada provincia con su distribuidora evaluará qué hacer. Es posible que también esos beneficios se concentren cerca del Obelisco en un año electoral en el que el Gobierno busca ganar algo de oxígeno para tener alguna chance de ser reelecto.
De todos modos, ese mínimo equilibrio dependerá del tipo de cambio. Si el mercado cambiario continúa inestable, es posible que las dificultades se agraven. En ese punto tiene tal vez la única muy buena noticia y es la supercosecha que llegó como un bálsamo. Es el único ingreso genuino de dólares a la economía y le permitirá, junto con las reservas del Banco Central, al menos mostrar poder de fuego. Pero hay que recordar que sólo podrá usarlo por encima de la banda de flotación y con un volumen diario acotado por el corset que le impuso el FMI en el acuerdo.
Pero luego vino febrero con su realidad, que contradijo al Presidente, y trepó al 3,8%. Finalmente, esta semana se conoció el dato de marzo con el que el primer trimestre del año ya acumuló casi un 12%. Una vez más las proyecciones oficiales se parecieron poco a la realidad y esta vez fue el propio Presidente el encargado de pifiar. Ese atributo, hasta aquí, lo venía concentrando fuertemente el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, con sus baterías de brotes verdes y segundos semestres que se convirtieron en espejismos. La economía sigue dando malos resultados a la gestión de Macri, que subestimó los problemas y sobrevaloró la capacidad de su Gobierno para resolverlos. Ni los primeros eran tan simples, ni la segunda resultó tan letal.
Claro que en paralelo la actividad económica continúa en caída libre. El fuerte rebote inflacionario de 2019, que posiblemente superará al de 2018, se combina con una parálisis que las empresas vienen advirtiendo de manera desesperada. La industria sigue con una capacidad instalada en uso que apenas supera el 50% y el comercio y los servicios suman más de un año de caída en sus ventas. Es lo que Domingo Cavallo denominó “estanflación”. Casi el peor de los mundos.
A eso se suma un mercado cambiario que se mantiene inestable, por los movimientos externos y las enormes debilidades internas. El Gobierno se vio claramente superado por la situación y ensayó esta semanas respuestas que cuestionó con dureza cuando fueron aplicadas en la gestión de Cristina Fernández de Kirchner. Tenía razón en aquel entonces esa crítica porque se intentaba combatir una inflación del 25% anual con controles de precios, freno a las exportaciones y cepo cambiario. Después sumó algo más de cotillón con camiones que recorrían el país vendiendo pescado, carne, frutas y verduras. Lo central fue que el proceso de suba de precios nunca se detuvo y sobre eso se sumaron nuevos inconvenientes, porque aparecieron mercados deformados y caída de oferta en muchos productos, como la misma carne. El rodeo argentino vio perder millones de cabezas de ganado que aún no se terminaron de recuperar. La economía siempre ajusta por precio o por cantidad. Es como la ley de gravedad, es en vano perder tiempo en oponerse. La experiencia histórica y mundial muestra que combatir la inflación aplicando medidas sobre las consecuencias puede resultar rentable en el corto plazo, pero si no se llega a las raíces, el éxito será esfímero. Por eso, bajar la inflación suele ser un proceso bastante más difícil que poner topes a los precios. Eso resulta en un corto plazo, pero después empiezan a sentirse los efectos sobre la disponibilidad de productos. Este Gobierno lo vivió con precios claros. Mastellone ofrecía allí el sachet de leche Armonía a 25 pesos. Su primera marca, La Serenísima, superó los $ 40 y se acercó a los $ 50. La Armonía se consiguió en las góndolas hasta que la demanda fue tanta que la empresa decidió restringirla porque las ventas de la primera marca se habían derrumbado. Al tener un tope de precio, Mastellone ajustó por cantidad.
Pero el Gobierno, en contra de sus postulados fundamentales, avanzó esta semana con medidas similares a las que aplicó Cristina: precios congelados por seis meses (hasta las elecciones) y cortes de carne al 50% de su valor actual. Esto último con el agravante de que, tal como ocurrió en la gestión anterior, hay que llegar al Mercado Central de Buenos Aires para conseguirla o bien tener un frigorífico exportador con venta al público cerca. En Córdoba, el único es Logros SA, ubicado en Río Segundo. Allí se venderán costillas, vacío y matambre a $ 149 el kilo. Pero un detalle no menor es que no será carne de ternera o novillito, sino que se tratará generalmente de vaca. Son saldos exportables, y el 70% de la exportación actual está conformada por vacas a China. ¿Qué incidencia tendrá esto? Casi nula.
Además, el Gobierno anunció que congelará tarifas hasta fin de año, lo que agrega dificultad al objetivo comprometido con el FMI de déficit cero. Pero sin dudas generará alivio a los bolsillos, aunque de manera parcial. Muchas de esas tarifas se refieren al agua de Capital Federal y al costo mayorista de la electricidad; luego cada provincia con su distribuidora evaluará qué hacer. Es posible que también esos beneficios se concentren cerca del Obelisco en un año electoral en el que el Gobierno busca ganar algo de oxígeno para tener alguna chance de ser reelecto.
De todos modos, ese mínimo equilibrio dependerá del tipo de cambio. Si el mercado cambiario continúa inestable, es posible que las dificultades se agraven. En ese punto tiene tal vez la única muy buena noticia y es la supercosecha que llegó como un bálsamo. Es el único ingreso genuino de dólares a la economía y le permitirá, junto con las reservas del Banco Central, al menos mostrar poder de fuego. Pero hay que recordar que sólo podrá usarlo por encima de la banda de flotación y con un volumen diario acotado por el corset que le impuso el FMI en el acuerdo.

